jueves, 4 de diciembre de 2025

*La eterna Reclusión" (cuento ) Gabriel Núñez Palencia


 .

 

 

ROBERTO

 

Los separos eran muy fríos  me aterraba la idea de estar recluido, se sentía la impotencia que han de sentir los condenados. Aún no me declaraban no me declararían nunca, pero ahí estaban otros dos: un chico que dijo llamarse Genaro y un anciano llamado Humberto. Ellos y yo en un mismo espacio,  reducidos ante una vida reducida para ellos  ellos, comprada por mí a deseo. Los celadores hoscos, ceñudos y fríos en el actuar: malos y violentos, de película.

 

...Debía matarla, ¡claro que debía matarla, matarla!

 

A mí quizá me darían  una pena larga pero soy inmensamente rico, asesine a una mujer, sí. Los tres habíamos infringido la ley humana; yo una divina, la cual no entiendo. No, no  sabía aun que hicieron ellos para merecer su destino -ni me importa-  ¿qué les llevó a ese estado y lugar?

 

Genaro era flaco y de tes blanca como nieve,  de cabello negro, ojos hundidos muy oscuros, y de voz delgada; era la suya una canción triste, no hablaba: cantaba el chico.

 

Humberto, no tenía cabello y el poco que tenía era muy fino y completamente blanco y ralo; sólo tenía un par de dientes y quizá ninguna muela; sus ojos eran muy claros, eran los suyos una mirada misericordiosa.  Su complexión era robusta, pero encorvada por los años que llevaba a cuestas.

 

_Oye chico, ¿cómo te llamas?

_ Genaro

_ ¿Por qué tiemblas? No tengas miedo, lo hecho, hecho.

_ ¿Es  la primera vez que te encierran?

_ No, ya había  caído, pero por cosas menores.

 

Los celadores en ese momento se llevaban al anciano, quizá para interrogarlo. Roberto y Genaro quedaron en el más absoluto ensimismamiento. Un silencio infranqueable  se interpuso entre ellos: el arrepentimiento para  el chico, la posición para el otro.

 

GENARO

 

Si muestro miedo, lo huelen  y puede ser peor, no sé que he de esperar aquí al lado de estos. Ni sé porque trajeron a ese anciano, y al caballero aquel de porte y ropa fina, no imagino tampoco que hace aquí él -con seguridad saldrá más pronto que el Sol- yo robe  a mano armada, y sin querer cause mal -mucho mal- mate al tendero, pasaré aquí sepa, cuánto tiempo.

 

Hace mucho frío, tengo mucha hambre, debí escuchar a la abuela y su letanía, al párroco de la iglesia, a mi hermana Sofía. A mi novia Lucía. ¡Ah, Lucy!, la pena que te he de estar causado.

 

El tendero aquel día tenía un presentimiento, se lo había dicho a su mujer e hijos en el desayuno. Se sentía con un vacío interno, una tristeza sin sentido, acaso no lo tenía todo, al menos una familia.

 

_ No sé qué me pasa mujer, pero siento un vacío inmenso.

_ ¡Solo ha de ser un resfriado!

_ No, esto es algo extraño y diferente, siento unas ganas de soltarme a llorar y sin motivo.

_ Es raro papá,  siempre has sido un hombre con mucha voluntad y determinación.

_ No lo se hijo, pero tengo un presentimiento indescriptible.

 

Lucia en esos momentos sufría el encierro de Genaro, a quien había prometido fidelidad eterna  y dado lo mejor de sí, incluyendo su cuerpo. Llevaba en el vientre la semilla de aquel al que amaba, y al que en lo sucesivo amaría solamente en visitas conyugales de una hora, hasta fastidiarse y terminar de puta.

 

...Pero, era inevitable tenía que robar, necesitaba el dinero, lo necesitaba, lo necesitaba.

 

Sofía estaba desesperada no tenían recursos para enfrentar el juicio y sentencia de su hermano menor. Finalmente cedía a las bajas inclinaciones y deseos de un abogado que prometió liberar a Genaro:

 

_ Reduciré los atenuantes del caso, moveré influencias y yo pagare su fianza, ¡saldrá libre pronto, ahora desnúdate Sofía, y se buena conmigo!

 

HUMBERTO

 

A Humberto le conducían con empellones insulsos hacia otro  separo: un primer interrogatorio.

 

...No creo que se atrevan con un anciano, la mala suerte ha sido mi sombra y si pequé, que me perdone mi Señor padre, la ahogue porque no soportaba verla en ese estado, pero la amaba. ¡Por Dios que la amaba!, por eso le ayudé, por eso estoy aquí, me consuela que ella no se dio cuenta de lo que hice en su favor, la virgencita esta de testigo, sufría, sufría, sufría.

 

_ ¿Por qué mataste a la  anciana, viejo?

_ No lo sé.

_ ¿Aceptas que lo hiciste entonces...?

_ Sé que ella me lo hubiera pedido.

_ Eso es absurdo, ella estaba inconsciente, ¿ o no?

_ ¡Sufría, sufría, sufría!

 

Cuando estaban juntos Humberto y Erendira disfrutaban de la mutua soledad, pero cuando ella empezó por desconocerlo, y luego cuando se quedaba en blanco mirando a la nada, él se fue envejeciendo más de la cuenta, lo mataba la tristeza de ver como ella se moría poco a poco ante sus ojos incrédulos.

 

_ ¿Qué hace usted aquí en mi casa?

_ ¡Soy yo Ere, tu marido?

_ No, ¿quién le dejó entrar?, ¿quién es usted? ¡Váyase !

_ ¡Pero Ere, qué te sucede?

_ ¡Váyase  le digo, váyase o grito!

 

ROBERTO

 

Antes del anochecer pague lo que pidieron, lo necesario y salí como de uno de eso sueños molestos e imprevisibles, salí sabiendo que debía matarla y sin deberla ni temerla. No me importaba en absoluto la suerte de aquellos dos, el de la mujer que asesiné, menos aún.

 

Sofía daba positivo en la prueba de embarazo, los celadores en la prueba por uso de estupefacientes. La prueba de Elisa sería positiva para todos, pero no lo sabían, y no se  la practicarían ni en sueños.

 

Sin molestarse siquiera por presentarlos debidamente ante el Ministerio Público, como debía ser, Genaro y Humberto ya adentro, fueron trasladados a un centro de reclusión de máxima seguridad;  afuera, la eterna reclusión seguiría.

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