Aquel día, nada humano le interesaba al
Lobo, tanto habían desconfiado de él, tanto le habían perseguido: ¡ Uf...! Que
vivir era al todo o nada. Había tomado tantas gallinas, ovejas e incluso una
tierna vaquilla, y ahora, en la Comarca
de Tracatraca, a nadie le era indiferente; si en cambio, para él todo era
indiferencia: ir de un lado a otro del bosque huyendo o, a donde le llevaran sus narices, garras,
dientes y fieros deseos carnales...
El leñador había tenido algunos encuentros
con el lobezno, situación nada
afortunada para ambos: un par de cicatrices, una humana, la otra muy
animal. El Lobo sabía de la existencia
de una hermosa niña rubia de capa roja, de mucha lengua, pero de falda muy
corta; la que con frecuencia cruzaba el bosque para visitar a su abuela, ya muy anciana y rancia.
Él a la menor oportunidad devoraría esas
piernas y pechos apetitosos y prometedores: rasgaría esa piel de nieve y
carmín. La haría enteramente suya, lo mismo que a esa lengua parlanchina
también suya y ligera. ¡Faltaba más,
faltaba menos...! La deseaba desde que
tenía memoria. Toda la carne quería, pero en especial la de la niña de capa
color grana y falda diminuta.
Al Lobo no le interesaba la carne de
ancianas deshidratadas, y la de animales, la digería por ser un ser carnívoro y
con hambre, con mucha hambre..., pero sus reflexiones existenciales eran muy
propias: ¡Pensaran que soy un Lobo sanguinario, de ninguna manera, se han
equivocado, soy un Lobo como tantos otros! Los hay apuestos y de palabra dulce;
los hay de atuendo fino o de cuna pobre, y los hay sagaces y convincentes; yo
sería de estos últimos, ¡por supuesto...!
El Lobo feroz había devorado ya a diversas
mozas de Tracatraca, jóvenes y ya maduras, pero nunca a ninguna de edad avanzada, por estar estas
más secas que el mismo Sahara. Era un
ser odiado en toda la comarca y regiones aledañas, y traía a cuestas varias
denuncias y múltiples y soeces reclamos
filiares.
Caperuza, por su parte, era una niña
coqueta y con muchos deseos que le acaloraban el cuerpo: ligera como el viento.
Tenía una abuela alcahueta que en su juventud había servido en un burdel de
mala muerte. Por ello su madre desconfiaba de enviarla a casa de la abuela tan adentrada en el
espeso bosque, pero no había más remedio, el remordimiento era tan fuerte que
al final cedía.
Ya pasada la tarde, casi de noche, la
Caperuza se las ingeniaba para llevarle algunos bocadillos a la abuela, que
toleraba y compartía sus ligerezas,
incluso en su propia casa. Esa tarde el Lobo baboso y morboso, como siempre, la
espiaba en todos y cada una de sus aventuras y viajes, ello le incitaba, le
hacía desear aún más la suave carne blanca.
La Caperuza, en ese preciso y oscuro
instante, hacia de las suyas con el hijo del leñador, quien también le deseaba
en demasía, lo mismo que el padre de este. Todos, todos en Tracatraca deseaban
a la niña de la capa roja, tan grana como la tibia sangre...
Los ojos y la baba del lobezno no dejaban
de inquietarse por lo que veían y se saboreaban. Cuando el hijo del leñador ya
se había retirado por un sendero del bosque y la Caperuza palmeaba su capa para
desprender la paja y alguna ramillas adherida a la tela, el Lobo se acercó sin
más a ella:
_¡Hola! -dijo engalanado el atrevido
animal.
_¡Hola¡ ¿qué tal? -Se escuchó la voz dulce
y seductora que incitó a la bestia.
_¿Hacia dónde te diriges ternura...?
_Voy a visitar a la Abuela; el camino es
corto...
_Pero peligroso -inquirió el Lobo feroz -Ve
por el más largo, pero seguro...
_¿Seguro?, sí ¡seguro!, seguro... -Se
escuchaba entonces la dulce tonada que como melodía entonaban los labios de
ella. Mientras, la bestia se alejaba...
El Lobo feroz aprovechó para llegar a la
casa de la abuela que por alcahueta, se vio seducida por la galantería de tan
apuesto personaje. Tomó el audaz animal algunas prendas del guarda ropa de la anciana, y cambió de
este modo su apariencia: delineó sus labios para lucir ahora como una vestida,
una atrevida loba seductora.
La Caperuza al entrar y verle, tuvo tantas
excitaciones y ganas de hacerlo, que se le lanzó en fiera lucha sobre la cama.
El Lobo babeando y jadeando, no dejaba de lamer y roer ningún milímetro de la
nívea desnudez. Al fin el lobo se había comido a la Caperucita Roja. Y se la
siguió comiendo y merendando en todo momento y lugar, sin importarle ni
importarles nada. La Caperuza quedó prendada, y preñada de una extraña pasión,
más animal que su amor propio, que no lo tenía.
Así fue como finalmente la Caperuza se fugó
con la bestia para vivir huyendo, iba de una campera a otra con aquel galán, prófugo de la justicia; con
quien procrearía tres curiosos lobitos, que nunca de los nuncas conocerían abuela ni bisabuela, ni Tracatraca alguna...
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