miércoles, 3 de diciembre de 2025

El Lobo y la niña Caperuza Gabriel Núñez Palencia


 

 

 

 


 

Aquel día, nada humano le interesaba al Lobo, tanto habían desconfiado de él, tanto le habían perseguido: ¡ Uf...! Que vivir era al todo o nada. Había tomado tantas gallinas, ovejas e incluso una tierna vaquilla, y ahora,  en la Comarca de Tracatraca, a nadie le era indiferente; si en cambio, para él todo era indiferencia: ir de un lado a otro del bosque huyendo  o, a donde le llevaran sus narices, garras, dientes y fieros deseos carnales...

 

El leñador había tenido algunos encuentros con el lobezno, situación nada  afortunada para  ambos:  un par de cicatrices, una humana, la otra muy animal. El Lobo sabía  de la existencia de una hermosa niña rubia de capa roja, de mucha lengua, pero de falda muy corta; la que con frecuencia cruzaba el bosque para visitar a su abuela,  ya muy anciana y rancia.

 

Él a la menor oportunidad devoraría esas piernas y pechos apetitosos y prometedores: rasgaría esa piel de nieve y carmín. La haría enteramente suya, lo mismo que a esa lengua parlanchina también  suya y ligera. ¡Faltaba más, faltaba menos...! La  deseaba desde que tenía memoria. Toda la carne quería, pero en especial la de la niña  de capa  color grana y  falda diminuta.

 

Al Lobo no le interesaba la carne de ancianas deshidratadas, y la de animales, la digería por ser un ser carnívoro y con hambre, con mucha hambre..., pero sus reflexiones existenciales eran muy propias: ¡Pensaran que soy un Lobo sanguinario, de ninguna manera, se han equivocado, soy un Lobo como tantos otros! Los hay apuestos y de palabra dulce; los hay de atuendo fino o de cuna pobre, y los hay sagaces y convincentes; yo sería de estos últimos, ¡por supuesto...!

 

 

El Lobo feroz había devorado ya a diversas mozas de Tracatraca, jóvenes y ya maduras, pero nunca  a ninguna de edad avanzada, por estar estas más secas que el mismo  Sahara. Era un ser odiado en toda la comarca y regiones aledañas, y traía a cuestas varias denuncias y múltiples y soeces  reclamos filiares.

 

Caperuza, por su parte, era una niña coqueta y con muchos deseos que le acaloraban el cuerpo: ligera como el viento. Tenía una abuela alcahueta que en su juventud había servido en un burdel de mala muerte. Por ello su madre desconfiaba de enviarla  a casa de la abuela tan adentrada en el espeso bosque, pero no había más remedio, el remordimiento era tan fuerte que al final cedía.

 

Ya pasada la tarde, casi de noche, la Caperuza se las ingeniaba para llevarle algunos bocadillos a la abuela, que toleraba  y compartía sus ligerezas, incluso en su propia casa. Esa tarde el Lobo baboso y morboso, como siempre, la espiaba en todos y cada una de sus aventuras y viajes, ello le incitaba, le hacía desear aún más la suave carne blanca.

 

La Caperuza, en ese preciso y oscuro instante, hacia de las suyas con el hijo del leñador, quien también le deseaba en demasía, lo mismo que el padre de este. Todos, todos en Tracatraca deseaban a la niña de la capa roja, tan grana como la tibia sangre...

 

Los ojos y la baba del lobezno no dejaban de inquietarse por lo que veían y se saboreaban. Cuando el hijo del leñador ya se había retirado por un sendero del bosque y la Caperuza palmeaba su capa para desprender la paja y alguna ramillas adherida a la tela, el Lobo se acercó sin más a ella:

 

_¡Hola! -dijo engalanado el atrevido animal.

_¡Hola¡ ¿qué tal? -Se escuchó la voz dulce y seductora que incitó a la bestia.

_¿Hacia dónde te diriges ternura...?

_Voy a visitar a la Abuela; el camino es corto...

_Pero peligroso -inquirió el Lobo feroz -Ve por el más largo, pero seguro...

_¿Seguro?, sí ¡seguro!, seguro... -Se escuchaba entonces la dulce tonada que como melodía entonaban los labios de ella. Mientras, la bestia se alejaba...

 

El Lobo feroz aprovechó para llegar a la casa de la abuela que por alcahueta, se vio seducida por la galantería de tan apuesto personaje. Tomó el audaz animal algunas prendas  del guarda ropa de la anciana, y cambió de este modo su apariencia: delineó sus labios para lucir ahora como una vestida, una atrevida loba seductora.

 

La Caperuza al entrar y verle, tuvo tantas excitaciones y ganas de hacerlo, que se le lanzó en fiera lucha sobre la cama. El Lobo babeando y jadeando, no dejaba de lamer y roer ningún milímetro de la nívea desnudez. Al fin el lobo se había comido a la Caperucita Roja. Y se la siguió comiendo y merendando en todo momento y lugar, sin importarle ni importarles nada. La Caperuza quedó prendada, y preñada de una extraña pasión, más  animal que su amor  propio, que no lo tenía.

 

Así fue como finalmente la Caperuza se fugó con la bestia para vivir huyendo, iba de una campera a otra  con aquel galán, prófugo de la justicia; con quien procrearía tres curiosos lobitos, que nunca de los nuncas conocerían  abuela ni bisabuela, ni Tracatraca  alguna...

 

 

 

 

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