viernes, 5 de diciembre de 2025

*Liturgia del deseo *. Gabriel Núñez Palencia



 

 

Tú, en la cama,  encendida. Tu cabello oscuro y suelto como río creciente. Ese vestido rojo tuyo caído, y tus ojos, tus ojos iluminando la noche también desnuda, como tus senos, y la breve cintura:  las ventanas, las puertas  abiertas, lo mismo que tus piernas, y una prenda única, cubriendo celosa,  la joya de mi  deseo.

 

A la ventana, una desbandada de aves y corceles blancos en irrefrenable vuelo y carrera. De nuevo el vestido rojo en el suelo, y tus ojos, tus ojos  iluminando mi cuerpo expuesto al frío,  a esa hoguera de tu cuerpo, de tus piernas. Cascos de caballos desbocados, a galope a pelo, aves al viento.

 

Luego tú ahí, prendida,  expuesta, sin nada, sólo mordiendo mis labios,  una manzana roja y jugosa, dulce  como tu boca, blanca como tus dientes que me muerden. Tus labios entreabiertos  saboreando mis ansias, sin palabras. Después tu mano, en tu sexo y en el mío lujuriosa, lasciva. Tus movimientos rítmicos, los corceles, las aves  blancas aún en vuelo, la  carrera irrefrenable. Yo y mi lluvia de besos y caricias y envestidas, galopando a pelo. Tú al vuelo.  El  fuego se aviva, nos abraza, nos consume. Tu alcoba se incendia, los caballos siguen en su carrera infinita. Tu cabellera explota, aves salen de tu boca, se desborda el río inundándolo todo, flotamos en una cama y sobre un mar tranquilo  y azul profundo,  como tus ojos, y vienes a mi oído y dices:  te amo, muchas veces lo dices, hasta que se duerme la noche y se cansa tu boca, y despierto sin alcobas encendidas o camas que flotan en aguas tranquilas.

 

Al suelo, ese vestido rojo tuyo que imagino caído, y tus ojos iluminando la siguiente noche, y la siguiente, y la siguiente; todas las noches desnudas de todos los días y meses y años, como tus senos y tu breve cintura, que ahora palpo en el vacío  y bajo las sabanas huérfanas de mi sueño. Las ventanas y puertas  cerradas, herméticas y sin llamado alguno, sin te amos a mi oído; la noche a secas y  sin corceles ni aves  blancas, ni hogueras, ni joyas ocultas, ni viento, ni pieles expuestas, ni ojos azul profundo, ni palabras que se cansan en tu boca. Solo un silencio frío y  sin correspondencia ni remitente ni giro postal alguno.

 

Solo, sólo es que tengo frío,...sólo es que: te sueño, solo,  que imagino  que te amo en una cama encendida, y aún sin conocerte, y sin saber quien eres. Tú. Yo, soy el iluso que te escribe esto, a lo que algunos y algunas que escriben llaman y llamaremos, por los siglos de los siglos: letras.

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