sábado, 13 de diciembre de 2025

*El Chueco* Gabriel Núñez Palencia


 

El Chueco es un perro descuadrado: la mitad del rostro parriba y la otra mitad pabajo, lo mismo el porte y el paso. Esta ya viejo y muy jodido, y su historia es una amalgama de humanidad que él mismo me contaba cada que le veía (muy seguido por cierto). Su padre era un pastor de raza y su jefecita (en paz descanse) era corrientita, pero jaladora: le atoraba con tocho lo que le presentaba su ir y venir asfáltico. La jodían aunque opusiera cierta resistencia.

 

     _Cuando mi jefa me parió -decía el Chueco meneando su cola- fuimos tres carnalitos y cinco carnalas; ¡perras al fin; y ya, ni qué…! Unos chavalos le construyeron con restos de basura, madera, trozos de cartón y lámina, un tejabancillo donde nos amamantaba con dificultad; no la estábamos chupando como chupacabras que éramos. Ella de repente se ausentaba por largas horas y a veces nos traía alguna golosina de perros. Cuando crecimos un poco nos fuimos desvaneciendo, desbalagando por esta urbe traga vidas, de miserias impías.

 

     Al Chueco lo parieron en un lote abandonado aledaño a la Av. José López Portillo (un presidente muy ojete rememoraba el Chueco, que como perro, según, iba a resguardar el peso; ¡Más mierda!, ladraba con rabieta.)

 

     _Uno de mis carnales lo calaron paperro guardián, y la rifo el colmilludo. Ahoy es vigilante de una microempresa de autopartes robadas. El otro, se lo llevaron los chavalos del tejaban, y yo, que me la he vivido en la vagancia. De mis carnalas, que ni que, por perras nadie las quiso, e iguanas ranas giraron como la jefecita, atorando el rabo, y ya sin ninguna resistencia.

 

     El Chueco había vagado a lo largo de aquella avenida, entre su ir y venir de autos y de vidas que se pierden en el olvido, en la generación tres equis. Chicas o chicos que suelen brotar de la mierda, para vivir de la perra. El Chueco recorrió todos los antros y giros rojos de esa vía de la perdición y del flujo vaginal, andantes e ilusos signos de humanidad. Donde aquellas perras se volvían unas fieras muy perversas, aflojando el cuerpo y navegando en la decadencia; hundidas, penetradas y humedecidas por sus entrañas de látex. Secretando sangre y semen a granel y por todas partes.

 

     _¡Aquí lo humano se confunde con lo perruno!, lo animal e irracional. Por mis venas corre sangre canina, por el olvido, ¡sangre perra! Al paso del tiempo, cuando se desbalago la familia y también la jefa, me quede solo en aquel tejabancillo de la humana caridad infante.

 

     Allí mismo llegue a convivir, a compartir mi vida con un pordiosero, un desvalido, un necesitado que dormía junto a mí pacalentar los cuerpos ¡Otro ojete, como tunas verdes…! (¡Guau, guau, guau….!). Ambos éramos perros, y nuestra vida era afín y recíproca. Aquél sujeto aprendió a ladrar como johnny; Jugueteábamos a mordernos revolcados por la tierra suelta y atestada de nuestras miserias.

 

     Aquél carnalito se quedaba por horas mirando al cielo; yo husmeaba entonces por los pisos y por su trasero en harapos, y desnudo; rastreaba y buscaba cabezudamente, escudriñaba por su culo, el origen de nuestras vidas.

 

     El Chueco era un perro café con manchas negruzcas, cual ropas de maestro mecánico. Ya muy, pero exageradamente jodido, traqueteado pues, la vida le había dado con tubo, con toño,  como al gentío con que se cruzaba a diario por sus rumbos.

 

     La historia de este animalito, de este carnalito y de la gente mal, mala del lumpen, del hoyo negro pues; la caverna oscura traga vidas. Estaba de a tiro, muy torcida.

 

_Si el hombre fuera un simple animal –decía el Chueco rígido en su filosofía ¡Otro perro ladraría, y la vida sería menos perra  y más humana quizá!

 

     Al Chueco le puedes ver aún por ahí, por la avenida aquella que lleva nombre de perro; del que fue presidente en los ochentas. También a la gente jodida que se ha multiplicado por doquier le ves por aquellos lares, y por muchos otros lugares del país y del planeta. Para muchos la vida es perra, chueca pues, una burla de televisión, y sin sentido humano alguno. Como la vida que le arrastra y le lleva al Chueco, un perro descuadrado: mitad del rostro parriba, y la otra mitad pabajo, lo mismo el porte que el paso.

 

Gabriel Núñez Palencia, 2014


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