sábado, 6 de diciembre de 2025

*El Profeta* Gabriel Núñez Palencia

En los inicios fue el silencio. Un vacío sin alas, sin voz. Luego, el silencio se hizo 
palabra. El vacío se hizo cuerpo, y voló muy alto el espíritu. Luz y sombras 
coronan el umbral. 
 Un camino estrecho siguió mis pasos, caminé en un sendero de piedras y fuego. 
Seguí, sigo día y noche el camino de la luz, la entrega a la levedad. 
 Miró desde las alas la llanura milenaria desolada, llena de piedras que ruedan 
duras.
 Aves invisibles vuelan por los aires, por las impurezas van, y derraman su 
predicamento celeste. Lágrimas.
 Un peso me tiene cautivo. La levedad, la entrega se asemejan a la nada. Al final 
del sendero te espera una oscuridad sin estrellas. 
 ¿Quién eres? ¿Quién te responde? 
Soy el que habla, la palabra que predica su voz, sus voces. Hay una semilla en tu 
pecho, o muerte en el lecho que no duerme, ni sueña. Todas las noches y los días 
son uno. Deja de ponerle nombre a la vida que fluye, la vida no tiene magnitud. La 
humanidad es un segundo o una eternidad. 
 He encontrado un río, un afluente claro y lleno de peces plateados, ahí me miro 
como en una vigilia sin voz, sin cuerpo, los latidos son la música del universo que 
gira en mi mente, el límite no tiene alas ni centro. Se expande la vida, como 
muerte va y deja una misiva que nadie sabe leer. 
 He respirado un jardín florido. Una flor ha florecido en mi pecho. Respirar es una 
consigna de vida o muerte. El aire fluye en la montaña, en la pradera verde. El 
agua fluye, es el Heraldo más sagrado de la existencia.
 He mirado un horizonte grana, espero paciente un cielo más azul, un mar dulce.


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