En los inicios fue el silencio. Un vacío sin alas, sin voz. Luego, el silencio se hizo
palabra. El vacío se hizo cuerpo, y voló muy alto el espíritu. Luz y sombras
coronan el umbral.
Un camino estrecho siguió mis pasos, caminé en un sendero de piedras y fuego.
Seguí, sigo día y noche el camino de la luz, la entrega a la levedad.
Miró desde las alas la llanura milenaria desolada, llena de piedras que ruedan
duras.
Aves invisibles vuelan por los aires, por las impurezas van, y derraman su
predicamento celeste. Lágrimas.
Un peso me tiene cautivo. La levedad, la entrega se asemejan a la nada. Al final
del sendero te espera una oscuridad sin estrellas.
¿Quién eres? ¿Quién te responde?
Soy el que habla, la palabra que predica su voz, sus voces. Hay una semilla en tu
pecho, o muerte en el lecho que no duerme, ni sueña. Todas las noches y los días
son uno. Deja de ponerle nombre a la vida que fluye, la vida no tiene magnitud. La
humanidad es un segundo o una eternidad.
He encontrado un río, un afluente claro y lleno de peces plateados, ahí me miro
como en una vigilia sin voz, sin cuerpo, los latidos son la música del universo que
gira en mi mente, el límite no tiene alas ni centro. Se expande la vida, como
muerte va y deja una misiva que nadie sabe leer.
He respirado un jardín florido. Una flor ha florecido en mi pecho. Respirar es una
consigna de vida o muerte. El aire fluye en la montaña, en la pradera verde. El
agua fluye, es el Heraldo más sagrado de la existencia.
He mirado un horizonte grana, espero paciente un cielo más azul, un mar dulce.
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