Nota introductoria de
RAMÓN XIRAU
UNIVERSIDAD
NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
COORDINACIÓN DE DIFUSIÓN CULTURAL
DIRECCIÓN DE LITERATURA
MÉXICO, 2008
ÍNDICE
NOTA
INTRODUCTORIA RAMÓN XIRAU 3
PIEDRA DE SOL 7
NOTA
INTRODUCTORIA
OCTAVIO PAZ (1914) es hoy en día uno de los grandes
poetas de lengua castellana. Me atrevo a decir que es el más grande. Su obra,
que se inicia en la revista Taller, se
contrapone, en buena medida, a la de los poetas de Contemporáneos (Gorostiza, Villaurrutia, Novo) y se contrapone a
ella porque, aun cuando Paz sea un poeta de la soledad, no se queda en un mundo
aislado y solitario como sus inmediatos antecesores, sino que busca
constantemente la comunión, la comunidad, en cuatro experiencias fundamentales:
la del amor, la de la imagen poética, la de lo sagrado y la de la presencia.
Experimentador de soledades, Paz alcanza a ir más allá de ellas para
encontrarse con los otros, con el otro que ya está, latentemente, en nosotros
mismos.
Es característico de la obra de Paz que
después de una de sus “épocas” (en realidad toda su poesía muestra una honda
continuidad) publique un gran poema extenso: así, después de Ladera Este (1962-1968), este poema que
es Blanco (1966); así, en años
recientes, este extraordinario libro en prosa, prosa que es tanto reflexión
como poesía, que se llama El mono
gramático (1972), y en 1974, Pasado
en claro. Así, en 1957, Piedra de
sol, este poema que el lector tiene en sus manos. Habría que decir que
ninguno de estos poemas termina una época. De hecho son poemas que sintetizan
mucho de lo que Paz ha escrito en años anteriores y que también anuncian nuevas
modalidades dentro de la evolución de su poesía.
Piedra
de sol es un poema clave. En la primera edición, Paz hacía notar que el
poema consta de 584 endecasílabos y que “este número de versos es igual al de
la revolución sinódica del planeta Venus”. Los seis versos que inician y
terminan el poema son versos de pureza, versos de una realidad perfecta y
hermosa. Con esta realidad llena de paz y de pureza, con este paraíso poético
se abre y se cierra el ciclo de Piedra de
sol. En el cuerpo del poema, encontraremos redenciones y caídas,
nacimientos y muertes, negaciones y afirmaciones. Consideremos el amor. El amor
aparece, en primer término como posibilidad de comunicación: “voy por tu cuerpo
como por el mundo”. Pero este amor mítico y perfecto se desmiembra en nombres:
Melusina, Laura, Isabel, Perséfona, María —nombres todos ellos simbólicos. El
amor se personaliza y al hacerlo entraña división, soledad, escisión. Melusina
deja de ser mujer para convertirse en “atroz escama”, su presencia es ausencia
(“no hay nadie, no eres nadie…”). Sin embargo, en el acto amoroso existe la
eternidad: “…el mundo cambia / si dos, vertiginosos y enlazados / caen sobre la
yerba”. Cuando Paz se refiere a España —aquella España en la cual estuvo
presente, aquel Madrid bombardeado y asediado— está ante el desastre y sin
embargo, el amor, aun en el cataclismo, puede ser una vía de salvación, de
unión casi sagrada: “Los dos se desnudaron y se amaron / por defender nuestra
ración de tiempo y paraíso.” Soledad y ruina; también comunión, comunión en el
amor. Y es que de hecho, lo que redime a los hombres, lo que da un sentido
sagrado a sus vidas es siempre el amor, amor que es unión de los opuestos —como
unión de los opuestos es la imagen poética cuando une plumas y piedras para que
el poeta pueda decir: las plumas son piedras. Octavio Paz lo ha dicho muy
claramente en uno de sus textos en prosa, texto de juventud que se encuentra en
Las peras del olmo: “Creo que los
poetas de todos los tiempos han afirmado lo mismo: el deseo es un testimonio de
nuestra condición desgarrada; asimismo, es una tentativa por recobrar nuestra
mitad perdida. Y el amor, como la imagen poética, es un instante de
reconciliación de los contrarios.” Esta reconciliación que los hombres pueden
llegar a alcanzar a pesar de su aislamiento, a pesar de andar por el mundo como
“mitad perdida”, es siempre sagrado. Un texto más reciente de Octavio Paz, Conjunciones y disyunciones, libro por
cierto insuficientemente leído, da una significación muy clara a esta
experiencia fundamental: hay que vivir el presente, hay que vivir el amor, hay
que vivir la “presencia amada”. Es la única posibilidad de salvación para
Occidente; lo es también, para todos los hombres.
El lector tiene ante sus ojos —y en sus
oídos— una de las obras capitales de la literatura contemporánea. Cada lector
sacará sus propias conclusiones de un poema como Piedra de sol. Espero tan sólo que estas palabras iniciales y algo
esquemáticas sirvan para orientar la lectura y para que el escritor tenga una
perspectiva que no excluye —todo poema es móvil, todo poema corresponde a
nuestras experiencias personales— otras lecturas posibles; otras recreaciones
del poema.
RAMÓN XIRAU
PIEDRA
DE SOL
La treizième revient… c’est encor la première; et c’est toujours la seule
—ou c’est le seul moment; car es-tu reine, ô toi, la première ou dernière?
es-tu roi, toi le seul ou le
dernier amant?
GÉRARD DE NERVAL (Arthémis)
un sauce de cristal, un chopo de agua, un alto
surtidor que el viento arquea, un árbol bien plantado mas danzante, un caminar
de río que se curva, avanza, retrocede, da un rodeo y llega siempre: un caminar
tranquilo
de estrella o primavera sin premura, agua que con los
párpados cerrados mana toda la noche profecías, unánime presencia en oleaje,
ola tras ola hasta cubrirlo todo, verde soberanía sin ocaso como el
deslumbramiento de las alas
cuando se abren en mitad del cielo,
un caminar entre las espesuras de los días futuros y
el aciago fulgor de la desdicha como un ave petrificando el bosque con su canto
y las felicidades inminentes entre las ramas que se desvanecen, horas de luz
que pican ya los pájaros,
presagios que se escapan de la mano,
una presencia como un canto súbito, como el viento
cantando en el incendio, una mirada que sostiene en vilo al mundo con sus mares
y sus montes,
cuerpo de luz filtrada por un ágata,
piernas de luz, vientre de luz, bahías, roca solar,
cuerpo color de nube, color de día rápido que salta,
la hora centellea y tiene cuerpo, el mundo ya es
visible por tu cuerpo,
es transparente por tu transparencia,
voy entre galerías de sonidos, fluyo entre las
presencias resonantes, voy por las transparencias como un ciego, un reflejo me
borra, nazco en otro, oh bosque de pilares encantados, bajo los arcos de la luz
penetro
los corredores de un otoño diáfano,
voy por tu cuerpo como por el mundo, tu vientre es una
plaza soleada, tus pechos dos iglesias donde oficia la sangre sus misterios
paralelos, mis miradas te cubren como yedra, eres una ciudad que el mar asedia,
una muralla que la luz divide en dos mitades de color durazno, un paraje de
sal, rocas y pájaros
bajo la ley del mediodía absorto,
vestida del color de mis deseos como mi pensamiento
vas desnuda, voy por tus ojos como por el agua, los tigres beben sueño en esos
ojos, el colibrí se quema en esas llamas, voy por tu frente como por la luna,
como la nube por tu pensamiento,
voy por tu vientre como por tus sueños,
tu falda de maíz ondula y canta, tu falda de cristal,
tu falda de agua, tus labios, tus cabellos, tus miradas, toda la noches
llueves, todo el día abres mi pecho con tus dedos de agua, cierras mis ojos con
tu boca de agua, sobre mis huesos llueves, en mi pecho hunde raíces de agua un
árbol líquido, voy por tu talle como por un río, voy por tu cuerpo como por un
bosque, como por un sendero en la montaña que en un abismo brusco se termina,
voy por tus pensamientos afilados y a la salida de tu blanca frente mi sombra
despeñada se destroza, recojo mis fragmentos uno a uno
y prosigo sin cuerpo, busco a tientas,
corredores sin fin de la memoria, puertas abiertas a
un salón vacío donde se pudren todos los veranos, las joyas de la sed arden al
fondo, rostro desvanecido al recordarlo, mano que se deshace si la toco,
cabelleras de arañas en tumulto
sobre sonrisas de hace muchos años,
a la salida de mi frente busco, busco sin encontrar,
busco un instante, un rostro de relámpago y tormenta corriendo entre los
árboles nocturnos, rostro de lluvia en un jardín a oscuras,
agua tenaz que fluye a mi costado,
busco sin encontrar, escribo a solas, no hay nadie,
cae el día, cae el año, caigo con el instante, caigo a fondo, invisible camino
sobre espejos que repiten mi imagen destrozada, piso días, instantes caminados,
piso los pensamientos de mi sombra,
piso mi sombra en busca de un instante,
busco una fecha viva como un pájaro, busco el sol de
las cinco de la tarde templado por los muros de tezontle: la hora maduraba sus
racimos y al abrirse salían las muchachas de su entraña rosada y se esparcían
por los patios de piedra del colegio, alta como el otoño caminaba envuelta por
la luz bajo la arcada y el espacio al ceñirla la vestía de una piel más dorada
y transparente,
tigre color de luz, pardo venado por los alrededores
de la noche, entrevista muchacha reclinada en los balcones verdes de la lluvia,
adolescente rostro innumerable, he olvidado tu nombre, Melusina, Laura, Isabel,
Perséfona, María, tienes todos los rostros y ninguno, eres todas las horas y
ninguna, te pareces al árbol y a la nube, eres todos los pájaros y un astro, te
pareces al filo de la espada y a la copa de sangre del verdugo, yedra que
avanza, envuelve y desarraiga al alma y la divide de sí misma,
escritura de fuego sobre el jade, grieta en la roca,
reina de serpientes, columna de vapor, fuente en la peña, circo lunar, peñasco
de las águilas, grano de anís, espina diminuta y mortal que da penas
inmortales, pastora de los valles submarinos y guardiana del valle de los
muertos, liana que cuelga del cantil del vértigo, enredadera, planta venenosa,
flor de resurrección, uva de vida, señora de la flauta y del relámpago, terraza
del jazmín, sal en la herida, ramo de rosas para el fusilado, nieve en agosto,
luna del patíbulo, escritura del mar sobre el basalto, escritura del viento en
el desierto,
testamento del sol, granada, espiga, rostro de llamas,
rostro devorado, adolescente rostro perseguido, años fantasmas, días circulares
que dan al mismo patio, al mismo muro, arde el instante y son un solo rostro
los sucesivos rostros de la llama, todos los nombres son un solo nombre, todos
los rostros son un solo rostro, todos los siglos son un solo instante y por
todos los siglos de los siglos cierra el paso al futuro un par de ojos,
no hay nada frente a mí, sólo un instante rescatado
esta noche, contra un sueño de ayuntadas imágenes soñado, duramente esculpido
contra el sueño, arrancado a la nada de esta noche, a pulso levantado letra a
letra, mientras afuera el tiempo se desboca y golpea las puertas de mi alma el
mundo con su horario carnicero,
sólo un instante mientras las ciudades, los nombres,
los sabores, lo vivido, se desmoronan en mi frente ciega, mientras la
pesadumbre de la noche mi pensamiento humilla y mi esqueleto, y mi sangre
camina más despacio y mis dientes se aflojan y mis ojos se nublan y los días y
los años sus horrores vacíos acumulan,
mientras el tiempo cierra su abanico y no hay nada
detrás de sus imágenes el instante se abisma y sobrenada rodeado de muerte,
amenazado por la noche y su lúgubre bostezo, amenazado por la algarabía de la
muerte vivaz y enmascarada el instante se abisma y se penetra, como un puño se
cierra, como un fruto que madura hacia dentro de sí mismo
y a sí mismo se bebe y se derrama el instante
translúcido se cierra y madura hacia dentro, echa raíces, crece dentro de mí,
me ocupa todo, me expulsa su follaje delirante, mis pensamientos sólo son sus
pájaros, su mercurio circula por mis venas, árbol mental, frutos sabor de
tiempo,
oh vida por vivir y ya vivida, tiempo que vuelve en
una marejada y se retira sin volver el rostro, lo que pasó no fue pero está
siendo y silenciosamente desemboca en otro instante que se desvanece:
frente a la tarde de salitre y piedra armada de
navajas invisibles una roja escritura indescifrable escribes en mi piel y esas
heridas como un traje de llamas me recubren, ardo sin consumirme, busco el
agua, y en tus ojos no hay agua, son de piedra, y tus pechos, tu vientre, tus
caderas son de piedra, tu boca sabe a polvo, tu boca sabe a tiempo emponzoñado,
tu cuerpo sabe a pozo sin salida, pasadizo de espejos que repiten los ojos del
sediento, pasadizo que vuelve siempre al punto de partida, y tú me llevas ciego
de la mano por esas galerías obstinadas hacia el centro del círculo y te
yergues como un fulgor que se congela en hacha, como luz que desuella,
fascinante como el cadalso para el condenado, flexible como el látigo y esbelta
como un arma gemela de la luna, y tus palabras afiladas cavan mi pecho y me
despueblan y vacían, uno a uno me arrancas los recuerdos,
he olvidado mi nombre, mis amigos gruñen entre los
cerdos o se pudren comidos por el sol en un barranco,
no hay nada en mí sino una larga herida, una oquedad
que ya nadie recorre, presente sin ventanas, pensamiento que vuelve, se repite,
se refleja y se pierde en su misma transparencia, conciencia traspasada por un
ojo que se mira mirarse hasta anegarse de claridad:
yo vi tu atroz escama, Melusina,
brillar verdosa al alba, dormías enroscada entre las sábanas y al despertar
gritaste como un pájaro y caíste sin fin, quebrada y blanca, nada quedó de ti
sino tu grito, y al cabo de los siglos me descubro con tos y mala vista,
barajando viejas fotos:
no hay
nadie, no eres nadie,
un montón de ceniza y una escoba, un cuchillo mellado
y un plumero, un pellejo colgado de unos huesos, un racimo ya seco, un hoyo
negro y en el fondo del hoyo los dos ojos de una niña ahogada hace mil años,
miradas enterradas en un pozo, miradas que nos ven
desde el principio, mirada niña de la madre vieja que ve en el hijo grande un
padre joven, mirada madre de la niña sola que ve en el padre grande un hijo
niño, miradas que nos miran desde el fondo de la vida y son trampas de la
muerte —¿o es al revés: caer en esos ojos es volver a la vida verdadera?,
¡caer, volver, soñarme y que me sueñen otros ojos
futuros, otra vida,
otras nubes, morirme de otra muerte! —esta noche me
basta, y este instante que no acaba de abrirse y revelarme dónde estuve, quién
fui, cómo te llamas, cómo me llamo yo:
¿hacía planes para el verano —y
todos los veranos— en Christopher Street, hace diez años, con Filis que tenía
dos hoyuelos donde bebían luz los gorriones?, ¿por la Reforma Carmen me decía
“no pesa el aire, aquí siempre es octubre”, o se lo dijo a otro que he perdido
o yo lo invento y nadie me lo ha dicho?, ¿caminé por la noche de Oaxaca,
inmensa y verdinegra como un árbol, hablando solo como viento loco y al llegar
a mi cuarto —siempre un cuarto— no me reconocieron los espejos?, ¿desde el
hotel Vernet vimos al alba bailar con los castaños —“ya es muy tarde” decías al
peinarte y yo veía manchas en la pared, sin decir nada?, ¿subimos juntos a la
torre, vimos caer la tarde desde el arrecife?,
¿comimos uvas en Bidart?, ¿compramos gardenias en
Perote?, nombres, sitios,
calles y calles, rostros, plazas, calles, estaciones,
un parque, cuartos solos, manchas en la pared, alguien se peina, alguien canta
a mi lado, alguien se viste,
cuartos, lugares, calles, nombres, cuartos,
Madrid, 1937, en la Plaza del Ángel las mujeres cosían
y cantaban con sus hijos, después sonó la alarma y hubo gritos, casas
arrodilladas en el polvo, torres hendidas, frentes escupidas y el huracán de
los motores, fijo:
los dos se desnudaron y se amaron por defender nuestra
porción eterna, nuestra ración de tiempo y paraíso, tocar nuestra raíz y
recobrarnos, recobrar nuestra herencia arrebatada por ladrones de vida hace mil
siglos, los dos se desnudaron y besaron porque las desnudeces enlazadas saltan
el tiempo y son invulnerables, nada las toca, vuelven al principio, no hay tú
ni yo, mañana, ayer ni nombres, verdad de dos en sólo un cuerpo y alma, oh ser
total… cuartos a la deriva
entre ciudades que se van a pique, cuartos y calles,
nombres como heridas, el cuarto con ventanas a otros cuartos con el mismo papel
descolorido donde un hombre en camisa lee el periódico o plancha una mujer; el
cuarto claro que visitan las ramas del durazno; el otro cuarto: afuera siempre
llueve y hay un patio y tres niños oxidados; cuartos que son navíos que se
mecen en un golfo de luz; o submarinos: el silencio se esparce en olas verdes,
todo lo que tocamos fosforece; mausoleos del lujo, ya roídos los retratos,
raídos los tapetes; trampas, celdas, cavernas encantadas, pajareras y cuartos
numerados, todos se transfiguran, todos vuelan, cada moldura es nube, cada
puerta da al mar, al campo, al aire, cada mesa es un festín; cerrados como
conchas el tiempo inútilmente los asedia, no hay tiempo ya, ni muro: ¡espacio,
espacio, abre la mano, coge esta riqueza, corta los frutos, come de la vida,
tiéndete al pie del árbol, bebe el agua!,
todo se transfigura y es sagrado, es el centro del mundo cada cuarto, es la primera noche, el primer día, el mundo nace cuando dos se besan, gota de luz de entrañas transparentes el cuarto como un fruto se entreabre o estalla como un astro taciturno y las leyes comidas de ratones, las rejas de los bancos y las cárceles, las rejas de papel, las alambradas, los timbres y las púas y los pinchos, el sermón monocorde de las armas, el escorpión meloso y con bonete, el tigre con chistera, presidente del Club Vegetariano y la Cruz Roja, el burro pedagogo, el cocodrilo metido a redentor, padre de pueblos, el Jefe, el tiburón, el arquitecto del porvenir, el cerdo uniformado, el hijo predilecto de la Iglesia que se lava la negra dentadura con el agua bendita y toma clases de inglés y democracia, las paredes invisibles, las máscaras podridas que dividen al hombre de los hombres, al hombre de sí mismo, se derrumban
por un instante inmenso y vislumbramos nuestra unidad perdida, el desamparo que es ser hombres, la gloria que es ser
hombres y compartir el pan, el sol, la
muerte,
el olvidado asombro de estar vivos;
amar es combatir, si dos se besan el mundo cambia, encarnan los deseos, el pensamiento encarna, brotan alas en las espaldas del esclavo, el mundo es real
y tangible, el vino es vino, el pan
vuelve a saber, el agua es agua, amar es
combatir, es abrir puertas, dejar de ser
fantasma con un número
a perpetua cadena condenado por un amo sin rostro; el mundo cambia si dos se miran y se reconocen, amar es desnudarse de los nombres: “déjame ser tu puta”, son palabras de Eloísa, mas él cedió a las leyes, la tomó por esposa y como premio lo castraron después; mejor el crimen, los amantes suicidas, el incesto de los hermanos como dos espejos enamorados de su semejanza, mejor comer el pan envenenado, el adulterio en lechos de ceniza, los amores feroces, el delirio, su yedra ponzoñosa, el sodomita que lleva por clavel en la solapa un gargajo, mejor ser lapidado en las plazas que dar vuelta a la noria que exprime la sustancia de la vida, cambia la eternidad en horas huecas, los minutos en cárceles, el tiempo
en monedas de cobre y mierda abstracta;
mejor la castidad, flor invisible que se mece en los tallos del silencio, el difícil diamante de los santos que filtra los deseos, sacia al tiempo, nupcias de la quietud y el movimiento, canta la soledad en su corola, pétalo de cristal es cada hora, el mundo se despoja de sus máscaras y en su
centro, vibrante transparencia, lo que
llamamos Dios, el ser sin nombre, se
contempla en la nada, el ser sin rostro
emerge de sí mismo, sol de soles,
plenitud de presencias y de nombres;
sigo mi desvarío, cuartos, calles, camino a tientas por los corredores del tiempo y subo y bajo sus peldaños y sus paredes, palpo y no me muevo, vuelvo adonde empecé, busco tu rostro, camino por las calles de mí mismo bajo un sol sin edad, y tú a mi lado caminas como un árbol, como un río caminas y me hablas como un río, creces como una espiga entre mis manos, lates como una ardilla entre mis manos, vuelas como mil pájaros, tu risa me ha cubierto de espumas, tu cabeza es un astro pequeño entre mis manos, el mundo reverdece si sonríes comiendo una naranja, el mundo cambia
si dos, vertiginosos y enlazados, caen sobre la yerba: el cielo baja, los árboles ascienden, el espacio sólo es luz y silencio, sólo espacio abierto para el águila del ojo, pasa la blanca tribu de las nubes, rompe amarras el cuerpo, zarpa el alma, perdemos nuestros nombres y flotamos a la deriva entre el azul y el verde, tiempo total donde no pasa nada
sino su propio transcurrir dichoso,
no pasa nada, callas, parpadeas (silencio: cruzó un ángel este instante
grande como la vida de cien soles), ¿no pasa nada, sólo un parpadeo? —y el
festín, el destierro, el primer crimen la quijada del asno, el ruido opaco y la
mirada incrédula del muerto al caer en el llano ceniciento, Agamenón y su
mugido inmenso y el repetido grito de Casandra más fuerte que los gritos de las
olas, Sócrates en cadenas (el sol nace, morir es despertar: “Critón, un gallo a
Esculapio, ya sano de la vida”),
el
chacal que diserta entre las ruinas de Nínive, la sombra que vio Bruto antes de
la batalla, Moctezuma en el lecho de espinas de su insomnio, el viaje en la
carreta hacia la muerte —el viaje interminable mas contado por Robespierre
minuto tras minuto, la mandíbula rota entre las manos—, Churruca en su barrica
como un trono escarlata, los pasos ya contados de Lincoln al salir hacia el
teatro, el estertor de Trotski y sus quejidos de jabalí, Madero y su mirada que
nadie contestó: ¿por qué me matan?, los carajos, los ayes, los silencios del
criminal, el santo, el pobre diablo, cementerios de frases y de anécdotas que
los perros retóricos escarban, el delirio, el relincho, el ruido oscuro que
hacemos al morir y ese jadeo de la vida que nace y el sonido de huesos
machacados en la riña y la boca de espuma del profeta y su grito v el grito del
verdugo y el grito de la víctima… son llamas
los ojos y son llamas lo que miran, llama la oreja y el sonido llama, brasa los labios y tizón la lengua, el tacto y lo que toca, el pensamiento y lo pensado, llama el que lo piensa, todo se quema, el universo es llama, arde la misma nada que no es nada sino un pensar en llamas, al fin humo:
no hay verdugo ni víctima…
¿y el
grito
en la tarde del viernes?, y el silencio que se cubre de signos, el silencio que dice sin decir, ¿no dice nada?, ¿no son nada los gritos de los hombres?, ¿no pasa nada cuando pasa el tiempo? —no pasa
nada, sólo un parpadeo del sol, un movimiento apenas, nada, no hay redención,
no vuelve atrás el tiempo, los muertos están fijos en su muerte y no pueden
morirse de otra muerte, intocables, clavados en su gesto, desde su soledad,
desde su muerte sin remedio nos miran sin mirarnos, su muerte ya es la estatua de
su vida, un siempre estar ya nada para siempre, cada minuto es nada para
siempre, un rey fantasma rige tus latidos y tu gesto final, tu dura máscara
labra sobre tu rostro cambiante: el monumento somos de una vida ajena y no
vivida, apenas nuestra,
—¿la vida, cuándo fue de veras nuestra?, ¿cuándo somos de veras lo que somos?, bien mirado no somos, nunca somos a solas
sino vértigo y vacío, muecas en el espejo, horror y vómito, nunca la vida es
nuestra, es de los otros, la vida no es de nadie, todos somos la vida —pan de
sol para los otros, los otros todos que nosotros somos—, soy otro cuando soy,
los actos míos son más míos si son también de todos, para que pueda ser he de
ser otro, salir de mí, buscarme entre los otros, los otros que no son si yo no
existo, los otros que me dan plena existencia, no soy, no hay yo, siempre somos
nosotros, la vida es otra, siempre allá, más lejos, fuera de ti, de mí, siempre
horizonte, vida que nos desvive y enajena, que nos inventa un rostro y lo
desgasta, hambre de ser, oh muerte, pan de todos, Eloísa, Perséfona,
María, muestra tu rostro al fin para que
vea mi cara verdadera, la del otro, mi cara de nosotros siempre todos, cara de árbol y de panadero, de chofer y de nube y de marino, cara de sol y arroyo y Pedro y Pablo, cara de solitario colectivo, despiértame, ya nazco: vida y muerte
pactan
en ti; señora de la noche, torre de
claridad, reina del alba, virgen lunar,
madre del agua madre, cuerpo del mundo,
casa de la muerte, caigo sin fin desde
mi nacimiento, caigo en mí mismo sin
tocar mi fondo, recógeme en tus ojos,
junta el polvo disperso y reconcilia mis
cenizas, ata mis huesos divididos, sopla
sobre mi ser, entiérrame en tu tierra,
tu silencio dé paz al pensamiento
contra sí mismo airado; abre la mano,
señora de semillas que son días, el día es inmortal, asciende, crece, acaba de nacer y nunca acaba, cada día es nacer, un nacimiento es cada amanecer y yo amanezco, amanecemos todos, amanece el sol cara de sol, Juan amanece
con su cara de Juan cara de todos,
puerta del ser, despiértame, amanece, déjame ver el rostro de este día. déjame ver el rostro de esta noche, todo se comunica y transfigura, arco de sangre, puente de latidos, llévame al otro lado de esta noche, adonde yo soy tú somos nosotros, al reino de pronombres enlazados, puerta del
ser: abre tu ser, despierta, aprende a
ser también, labra tu cara, trabaja tus
facciones, ten un rostro para mirar mi
rostro y que te mire, para mirar la vida
hasta la muerte, rostro de mar, de pan,
de roca y fuente, manantial que disuelve
nuestros rostros en el rostro sin
nombre, el ser sin rostro,
indecible presencia de presencias…
quiero seguir, ir más allá, y no puedo: se despeñó el instante en otro y otro, dormí sueños de piedra que no sueña y al cabo de los años como piedras oí cantar
mi sangre encarcelada, con un rumor de
luz el mar cantaba, una a una cedían las
murallas, todas las puertas se desmoronaban y el sol entraba a saco por mi frente, despegaba mis párpados cerrados, desprendía mi ser de su envoltura, me arrancaba de mí, me separaba de mi bruto dormir siglos de piedra y su magia de espejos revivía un sauce de cristal, un chopo de agua, un alto surtidor que el viento arquea, un árbol bien plantado mas danzante, un caminar de río que se curva, avanza, retrocede, da un rodeo y llega siempre:
México, 1957
Tomado de Octavio Paz: Libertad
bajo palabra, colección “Letras mexicanas”, F.C.E., México, 1957.
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