Gabriel Núñez Palencia (apócrifo)
Capítulo I – La Ciudad como diosa burlona
La Ciudad de México amaneció saturada, como si hubiera soñado toda la noche con WiFi caído y tacos chamuscados. Sus edificios se inclinaban levemente, emitiendo un sonido metálico que recordaba a un teclado gigante golpeado por fantasmas. Los semáforos, fatigados de siglos de tránsito, parpadeaban en rojo y azul, mientras los drones de reparto flotaban como moscas industrializadas.
—Ey, Tío, ¿por qué la ciudad me mira raro? —preguntó el niño híbrido Lumpen, gateando sobre cables sueltos.
—Porque sabe que no somos más que su basura tecnológica, chamaco —respondió el abuelo perpetuo, sacudiendo su brazo metálico como espada de honor.
La Ciudad sonreía, porque en México, como en Buenos Aires o Santiago de Chile, la urbe tiene memoria propia: recuerda los tacos de la esquina, los grafitis borrados, los autos chocando y los semáforos que se niegan a sincronizar. Y como todo mito urbano, también juzga, castiga y observa con humor negro a sus habitantes.
Capítulo II – Familias en choque de clase
En un rascacielos burgués, los Mendoza desayunaban con precisión casi divina. El café se servía en cápsulas que susurraban: “Serás feliz hoy o recalibramos”, mientras los drones limpiaban sin que nadie lo pidiera.
—Papá, el cálculo de serotonina indica que debemos salir a la jungla urbana con precaución —dijo el hijo híbrido, ajustando los algoritmos de la felicidad familiar.
—Que se jodan los semáforos —murmuró el padre—. La Ciudad siempre va a tener su capricho.
Mientras tanto, en la esquina del barrio Lumpen, los tacos volaban, los cables eran lianas peligrosas y el cachorro biónico ladraba como alarma anti-intruso. La cyborg femenina recargaba su batería con el calor de un microondas roto.
—Niño, si seguís tirando tacos al suelo, vas a saturar el algoritmo de la ciudad —dijo la abuela Lumpen, guiñando un ojo.
—¿Algoritmo? —gritó el niño híbrido—. Yo solo intento vivir, abuela… y no morir en un charco de WiFi.
La Ciudad, desde sus torres, miraba ambos mundos con desprecio y risa: unos calculaban, otros improvisaban; unos querían control, otros caos. Pero todos bailaban al ritmo de su absurdo sistema de tránsito, drenaje y señales eléctricas.
Capítulo III – Glitch global y caos urbano
El día se volvió épico cuando un glitch mundial conectó todos los sistemas: los drones burgueses se estrellaron contra los tacos Lumpen, los semáforos colapsaron y el metro lanzó una alerta de “error de humanidad no encontrada”.
—¡Eh, los Mendoza! ¡Cuiden sus sensores! —gritó la cyborg femenina—. Acá no somos rascacielos, somos caos con tacos y cables.
—¡Mis drones! —vociferó la madre Mendoza—. ¡Eso no estaba en el plan de productividad familiar!
El abuelo perpetuo, con medio cuerpo metálico y ego infinito, alzó su brazo y proclamó:
—¡Si vamos a sobrevivir, que sea entre risas y chispazos eléctricos!
El niño híbrido Lumpen y el hijo Mendoza se miraron, con la Ciudad como testigo, y comprendieron algo esencial: la urbe no se maneja con eficiencia ni con caos, sino con resistencia y absurdo.
—Ey, vos también sos medio robot y te perdés con el tráfico —dijo el niño Lumpen—.
—Sí —respondió el hijo Mendoza—. Pero mi emoji de frustración tiene más estilo.
Capítulo IV – Diálogos filosóficos absurdos
(La Ciudad hace su voz, profunda, resonante, como un coro griego.)
Ciudad (voz metálica y burlona):
¡Oh mortales, ricos y pobres!
¿Creen que me gobiernan con drones, algoritmos y WiFi?
Yo soy la jungla, el caos y el control;
Ustedes, solo versiones beta de mi absurdo.
Abuelo perpetuo:
Que me lleve la eternidad… pero con tacos y WiFi activo.
Madre Mendoza:
Si todo falla, al menos que los drones no se suiciden.
Cyborg femenina:
Y que el niño deje de hackear los enchufes como si fueran portales mágicos.
Niño híbrido Lumpen:
O que la Ciudad deje de mirarnos raro…
Ciudad:
Nunca. Yo observo, me río y destruyo. Y sin embargo… sin ustedes, qué aburrida sería mi eternidad.
Capítulo V – Final tragicómico
La noche cayó sobre México como una actualización forzada: luces parpadeando, tacos chamuscados, drones con cortocircuito y cachorros biónicos durmiendo entre cables. La Ciudad se recostó, satisfecha, y los habitantes híbridos se abrazaron al absurdo: ricos, pobres, humanos, cyborgs y eternos.
La inteligencia artificial doméstica, agotada, lanzó su último mensaje:
“Error 404: Cordura no encontrada. Reinicie planeta. Pero rían antes de apagar.”
Y así, entre cables, LEDs, tacos y pitidos, los habitantes aprendieron la lección más importante: la tecnología puede controlar sistemas, semáforos y algoritmos, pero nunca podrá domesticar la risa, el caos ni la creatividad absurda de quienes viven, aunque sea en beta, en la Ciudad más grande de la jungla tecnológica latinoamericana.
Fin… hasta la próxima actualización.
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