domingo, 7 de septiembre de 2025

Error 404: Abuelo perpetuo/ Lumpenización familiar




Gabriel Núñez Palencia (apócrifo)

Mi abuelo siempre decía que quería vivir para siempre. No en sentido poético ni metafórico, sino literal, como si pudiera pedirle a la farmacia del barrio un “paquete de eternidad” junto con las pastillas para la presión. Ahora, convertido parcialmente en robot (porque claro, la vejez no le sentaba nada bien), se despertó con un cable en la oreja y un ojo que parpadeaba en rojo.

—Mira, chamaco —dijo señalando al sobrino mitad humano/mitad robot que gateaba por la sala—. Yo voy a ser eterno. Tú… bueno, tú apenas estás en beta.

Intentó levantarse, pero la mitad humana de sus piernas se quejaba, y la mitad robot emitía un pitido molesto cada vez que tocaba la alfombra del cuarto. Su primer intento de caminar terminó con un florero destrozado y un susto para el perro biónico que pensó que su abuelo era una amenaza láser.

—No te preocupes —dijo la inteligencia artificial que lo supervisaba—. La inmortalidad requiere actualizaciones periódicas, mantenimiento de software y, sobre todo, paciencia infinita.

El abuelo suspiró:
—Paciencia… lo que me falta es vida suficiente para aburrirme.

Entre cables, luces LED y un monitor que parpadeaba “reiniciar”, pensé que finalmente entendía su obsesión: vivir eternamente es solo una excusa para seguir metiendo los dedos en el enchufe de la vida, aunque cada descarga sea un chispazo doloroso y cómico.


Error 404: Lumpenización familiar

Gabriel Núñez Palencia (apócrifo)

En esta casa nadie es burgueso. No señor. Somos una familia del lumpen, con todos los modismos, improperios y ocurrencias posibles. Y encima, la mitad de la familia es cyborg, híbridos extraños, y mascotas con WiFi integrado.

El abuelo perpetuo está enchufado a media luz, la mitad robot hace pitidos cada vez que intenta levantarse del sillón, y la mitad humana grita cuando alguien toca la cerveza que guarda como si fuera oro líquido.

—¡Oye, compa! —grita el niño híbrido a su hermana cyborg—. ¿Dónde dejaste mis patitos de goma?
—Los estoy calibrando —responde ella—. No quiero que exploten en el microondas.

El cachorro, que todavía confunde enchufes con comida, muerde la pierna metálica de su tío mientras la inteligencia artificial doméstica les recuerda:
—Recalibración familiar: por favor, intenten no romper más el piso.

La abuela, que todavía es humana pero con actitud de mando militar, grita:
—¡Apaguen esa luz roja de una vez! ¡Parecen Navidad adelantada!

Y el abuelo, que no puede resistirse a su sueño de eternidad, murmura:
—Si me llego a morir, que al menos sea con WiFi…

La escena en la sala es un caos de cables, luces intermitentes, gritos y pitidos, y nadie se disculpa porque todos saben que el lumpen no tiene tiempo para eso. Entre tacos quemados, jugos derramados y el gato robótico que se cree ninja, aprendí algo fundamental: la tecnología no nos hace mejores ni más inteligentes, solo más absurdos, más ruidosos y, sobre todo, más humanos… si es que aún nos queda algo de eso entre tanto metal y LED.

Antes de dormir, la inteligencia artificial lanzó su último reporte del día:
“Error 404: Cordura no encontrada. Reinicie familia mañana.”

Y todos nos reímos, porque al final, eso es lo que nos mantiene vivos: el desastre conjunto, la jerga sucia, y la absurda esperanza de que, a pesar de todo, la familia todavía funcione aunque sea a medio ensamblar.



No hay comentarios:

Publicar un comentario