domingo, 7 de septiembre de 2025

***Error 404: Humanidad no encontrada




Gabriel Núñez Palencia (apócrifo)

Amanecí distinto. No distinto como cuando uno despierta con cruda, ni distinto como cuando la vecina decide barrer la calle a las seis de la mañana. No. Amanecí mitad humano, mitad robot. La mitad derecha seguía siendo la de siempre: piel morena, un lunar cerca de la oreja y la pierna que truena con el frío. La izquierda, en cambio, era puro fierro cromado, lucecitas intermitentes y un pitido raro que parecía alarma de microondas.

Lo primero que pensé fue: “Chin, ya me hackearon los sueños… o peor: Error 404, humanidad no encontrada.”

Me levanté tambaleando, y al intentar rascarme la cabeza, mi mano metálica me dio un coscorrón que casi me reinicia de fábrica. Mi mamá, desde la cocina, gritó:
—¡Ya levántate que se te va a enfriar el café!
—¡Ya voy, pero creo que necesito enchufarme primero! —le respondí, y ni yo mismo sabía si era broma.

Avancé al espejo y lo que vi no era bonito. Mitad humano, mitad tostadora futurista. La boca humana seguía pidiendo café, pero la otra mitad, la digital, pedía actualización de software. Un letrero invisible me apareció en la mente: “Espacio insuficiente. Elimine archivos innecesarios.”
—¿Archivos innecesarios? —me pregunté—. ¿Se referirán a mis recuerdos de la primaria o a los memes del WhatsApp?

Intenté servirme café, pero la mano-robot no respondía: se quedó pasmada, como celular barato. Tuve que darle un par de golpes en la mesa hasta que reaccionó y, en vez de levantar la taza, me prendió el ventilador interno. Terminé regando café por todo el mantel.

En ese momento pensé en Kafka, el señor que escribió lo del hombre-bicho. Al menos él se convirtió en cucaracha, que come basura y no necesita cargador. Yo en cambio ya andaba buscando enchufe como desesperado. Peor tantito: me di cuenta de que la pierna izquierda tenía indicador de batería. Y estaba en rojo.

El colmo fue cuando salí a la calle y los chamacos me empezaron a gritar:
—¡Míralo, míralo, es el Iron Man del tianguis!
Otros más crueles soltaron:
—¡Es el primo pobre de Terminator!

Lo cierto es que nadie me preguntó si quería ser cyborg. Y menos, uno chafa. Porque ni superpoderes ni rayos láser. Nomás traigo la memoria saturada, las actualizaciones que nunca terminan y la eterna angustia de quedarme sin carga en el peor momento, como cuando hablo con alguien importante.

¿Y saben qué es lo más irónico? Que en medio de mi crisis tecnológica me di cuenta de que, a pesar de ser mitad robot, sigo teniendo que ir a trabajar. La empresa no da permisos por mutación cibernética. Al contrario, creo que me van a explotar más: “Tú ya eres mitad máquina, no te cansas, no te quejes.”

La humanidad se nos está yendo de las manos. Nos creemos modernos porque traemos el celular pegado a la oreja, pero lo único que hacemos es pasmarnos cuando se congela la pantalla. Yo, convertido en cyborg improvisado, no soy otra cosa que la caricatura de todos: seres humanos que dependemos de cargar la pila, de liberar espacio, de borrar fotos repetidas para seguir respirando en este mundo digital.

En la noche, al acostarme, pensé:
—Si mañana despierto completo de metal, ojalá al menos tenga Bluetooth.

Y me dormí, rezando por no necesitar actualización a medianoche, mientras en mi cabeza brillaba un pequeño letrero rojo: “Error 404: Humanidad no encontrada.”



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