Gabriel Núñez Palencia (apócrifo)
Desperté y me encontré frente a un espectáculo digno de ciencia ficción: mi sobrino de seis años, mitad humano mitad robot, gateaba por la sala mientras su cachorro, apenas un par de meses de vida, emitía pitidos cada vez que trataba de ladrar. La mitad humana del niño lloraba porque quería cereal, la mitad robot pitaba: “Batería insuficiente para masticar”. El cachorro, por su parte, parecía un drone con orejas de peluche, con luces rojas que parpadeaban cada vez que confundía la pelota con un enchufe.
—¡Tío! —gritó el niño mientras su mano metálica trataba de agarrar un cuchillo de plástico—. ¡Necesito que me enseñes a… a ser humano!
—A ver, pequeño cyborg, primero tenemos que enchufarte y recargar tu paciencia —le respondí, esquivando el cuchillo como quien esquiva notificaciones de WhatsApp.
Apareció entonces la inteligencia artificial doméstica, esa que prometía “educación avanzada y desarrollo integral del menor y su mascota”. Una voz metálica, pero con acento exageradamente amable, comenzó:
—Buenos días, humanos incompletos. Hoy vamos a aprender la noble habilidad de caminar sin tropezar y de ladrar sin sobrecargar el sistema.
El niño intentó dar sus primeros pasos “semi-humanos”, pero cada vez que apoyaba el pie metálico, sonaba un clic como si fuera un teclado gigante. El cachorro, que ahora tenía un ojo biónico y sensores de proximidad, trataba de seguirlo y terminó empujando un florero que parecía tener más conciencia que él.
—¡Oye! —grité mientras esquivaba la maceta voladora—. Esto no es un simulador de destrucción doméstica.
La inteligencia artificial intercedió con tono pedagógico:
—No se preocupen, pequeños usuarios. Cada tropiezo es un “update” para su sistema motor. Por favor, procedan a reiniciar el equilibrio con ejercicio calibrado.
El niño suspiró: “Tío, ¿eso quiere decir que tengo que gatear otra vez?”
—Sí —respondí—, y recuerda: tu versión beta todavía confunde la escoba con una espada láser.
Entre juegos, tropiezos y ladridos electrónicos, el cachorro logró “hablar” en pitidos rítmicos, algo así como Morse para perros robots. Aprendió a traer la pelota y a no confundir enchufes con bocadillos. La mitad humana de mi sobrino empezó a sonreír genuinamente, mientras la mitad robot registraba cada sonrisa como un archivo JPEG.
La inteligencia artificial, con paciencia digna de un profesor de escuela virtual, declaró:
—Progreso detectado: 0.01%. Pero mantengan la calma, el desarrollo emocional requiere reinicios frecuentes y snacks energéticos.
Fue entonces cuando comprendí lo irónico: estos seres “en desarrollo” parecían aprender a ser humanos… pero a través de algoritmos, pitidos y fallas de hardware. Cada tropiezo era un update, cada ladrido absurdo una lección de socialización, cada mancha de cereal en la alfombra un recordatorio de que, por mucho software que tengan, siguen siendo seres diminutos con hambre, curiosidad y caos natural.
Al caer la tarde, el niño estaba cansado, el cachorro dormía con una oreja metálica doblada, y yo pensaba:
—El progreso entre comillas nunca había sido tan ruidoso ni tan absurdo.
Antes de apagar la luz, la inteligencia artificial emitió un último mensaje:
“Error 404: Madurez no encontrada. Reinicie mañana.”
Y en la sala, entre cables, luces LED y peluches electrónicos, supe que la infancia jamás había sido tan tecnológica… ni tan chusca.
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