La avenida Sullivan olía a gasolina, perfume barato y tacos de pastor. El neón vibraba como un corazón urbano que no dormía. En la banqueta, ellas se acomodaban: cigarro en mano, falda levantada, ojos cansados y labios pintados para engañar al mundo.
—Pinche frío, ¿no? —dijo Yuli, la más vieja, arrugas profundas y manos temblorosas—. Si no fuera por nosotras, esta ciudad se aburriría hasta llorar, pensó, exhalando humo y sarcasmo mientras del estéreo de un taxi se filtraba José José:
“Ya lo pasado, pasado…”
Yuli lo cantó como burla y plegaria al mismo tiempo.
Marly, quince y medio, rimel corrido y cerveza tibia en mano, se balanceaba de nervio. Que no me toque otro rucón con olor a vinagre y sudor, por favor…, pensó. —Nomás que no me toque otro pinche rucón, me vomito —susurró, intentando disimular su miedo con una risa floja.
—Aprende, chamaca —intervino Cricy, cuarentona y dura—. Esto no va de ascos ni de ganas. Dependiendo el sapo, es la pedrada. Si trae billete, mejor todavía, pensó, recordando al cliente que le pagó solo para no ser golpeado por un padrote rival.
La Flaca, exreclusa reincidente, hueso y nervios, mascullaba palabras mientras la patrulla se acercaba. En prisión todo era más simple: golpes y tiempo. Aquí es peor; nunca sabes quién te va a traicionar.
Luna, madre soltera después de una borrachera, miraba al niño que otro vecino distraído arrastraba como muñeco. No puedo ni llorar; si lloro, el mundo me aplasta más rápido.
Gilda, la argentina, arrastraba la voz de tango: “Vine por futuro y miren, clavada en esta esquina de mierda”. Si mi mamá me viera… seguro se moriría de risa o de vergüenza.
Pili, una migrante mixteca, callaba salvo cuando el tequila le rompía la timidez. La tierra me dio la espalda, la ciudad me devora y yo bailo entre ambas, como idiota, pensó.
Reina, la voluptuosa y bisexual, miraba a las amigas con ojos que decían más que palabras. Si no es con ellas, no vale la pena, sonrió interiormente.
Sofi, veinteañera, con su belleza de anuncio, soñaba con escapar. Un buen cliente, uno que no sea un asco… eso podría ser mi boleto.
La radio de un taxi comenzó a sonar: Lupita D’Alessio, desafinada y gloriosa:
“¡Mírame, soy la misma de ayer…!”
Todas, ebrias y tensas, lo cantaron al unísono, como himno de guerra y resistencia.
Entonces, un Mustang rojo se estacionó. Bajó un hombre trajeado, mirada fría: el padrote de Sofi.
—¿Dónde está mi lana, culera? —gritó.
Sofi tembló, pero Yuli se plantó frente a él.
—Con ella no, cabrón.
La tensión explotó. Padrotes salieron de autos, clientes confundidos se escondían, policías bajaron de la patrulla, sirenas apagadas. La banqueta se convirtió en campo de batalla: botellas volaban, tacos y cerveza, gritos, insultos y carcajadas.
Marly tropezó, gritando, mientras Luna protegía al niño. Reina y Sofi golpeaban a padrotes que intentaban “rescatar” clientes. Crícy negociaba con un policía con sonrisa de sádico, mientras La Flaca lanzaba piedras desde la esquina. Gilda comentaba en tono absurdo:
—¡Qué lindo país, che! Todo es un circo.
Clientes despistados corrían de un lado a otro:
—¡Yo solo quería un polvo! —gritó uno.
—Pues toma, cabrón, y de regalo un golpe —respondió Reina, pateando su auto.
Entre gritos y golpes, la radio del taxi cambiaba a Yuri:
“Maldita primavera…”
Y todas la cantaron, carcajada tras carcajada, lanzando vasos vacíos y insultos como confeti.
Cuando las luces se apagaron y los padrotes cojeaban hacia sus carros, la banqueta estaba rota y vibrante: vidrios, botellas, cuerpos, humo y tacos.
Yuli encendió un último cigarro y miró el cielo gris:
—Somos como estas canciones: se cantan con huevos en la peda, pero en la mañana nadie se acuerda… salvo la policía, que inventará otra historia absurda.
Todas rieron entre tos y dolor. Marly se abrazó a Crícy y murmuró:
—No quiero volver a casa.
—Pues aquí estamos, chamaca —contestó Crícy, con media sonrisa—. Y mientras no nos maten, seguiremos cantando.
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