domingo, 7 de septiembre de 2025

Error 404: Feminidad en modo avión




Gabriel Núñez Palencia (apócrifo)

Desperté sintiéndome rara, pero no de la manera en que una se siente rara cuando se olvida la agenda o el labial en casa. No, esta vez era literal: mitad humana, mitad robot. La mitad humana seguía siendo la de siempre: cabello rebelde, piel que pedía crema antiarrugas y un ojo que aún soñaba con maquillaje intacto. La mitad robot era puro metal brillante, con luces LED parpadeando como si anunciara que había recibido un millón de notificaciones y no supiera por dónde empezar.

Lo primero que pensé fue: “Chin, otra vez el destino me convirtió en versión beta… y encima femenina.”

Intenté incorporarme y la mano robot se quedó pegada al edredón, como si fuera una aplicación que se congeló. La mitad humana gimió porque el café no estaba listo, la mitad robot pitó: “Batería baja. Urgente recarga de autoestima.”

Me levanté tambaleando y, al mirarme al espejo, vi mi reflejo completo: labios pintados de un lado, puerto USB del otro. Traté de peinarme, y mi cabello humano se rebeló; la parte metálica, en cambio, empezó a sacar ventiladores diminutos que soplaban mechones como si fueran mini-turbinas. Por un momento pensé que parecía una versión femenina de un ventilador de escritorio.

Quise vestirme, pero la mano robot tenía ideas propias: empezó a abrir mi armario y a mezclar vestidos con cables USB y cargadores. Uno de los tacones terminó enchufado a la pierna metálica, y el otro se movía solo como si tuviera motor. Intenté caminar y terminé dando vueltas como un segway descompuesto, chocando con la mesa, el gato y la planta de aloe vera que, sospecho, también estaba juzgándome.

El colmo llegó cuando quise contestar mensajes. La mitad robot comenzó a escribir sola: “¿Hola…?” y de repente agregó emojis que yo jamás usaría: calabazas, robots y corazones rotos. Mientras, la mitad humana quería responder con frases motivacionales de Instagram y gifs de gatitos. Resultado: un mensaje incoherente que decía:
“Hola 🦾💔🎃… porque tú puedes, gato.”

Salí a la calle y los vecinos me miraban raro. Algunos niños gritaban:
—¡Miren, la princesa robot!
Otros más crueles:
—¡Parece Siri después de un aborto de actualización!

Intenté pasar desapercibida, pero pronto recordé mis problemáticas femeninas cotidianas: tacones que duelen, maquillaje que se corre, cabello rebelde, reglas de etiqueta social… y ahora todo tenía un extra: la mitad robot no entendía ni de tacones ni de pestañas postizas. Intentó arreglarme el maquillaje con un destornillador y un alicate. Terminé pareciendo híbrido de Pin-up futurista con Frankenstein.

En el trabajo, la situación fue igual de caótica. Mi jefe pensó que era “super eficiente” porque la mitad robot podía tomar notas, teclear y preparar gráficas simultáneamente. Yo pensaba: “Perfecto, puedo sobrevivir a la saturación de correos, pero… ¿alguien me devuelve mi identidad humana?”

Al llegar la noche, mientras trataba de dormirme, pensé en la saga del primer cyborg masculino y en cómo nos habíamos convertido en caricaturas de nuestra propia humanidad. Entre cables, pilas y luces LED, recordé lo esencial: seguimos siendo humanas, aunque a veces la tecnología nos haga sentir como objetos de laboratorio.

Me dormí con un pensamiento irónico:
—Si mañana despierto completa de metal, que al menos tenga modo selfie y corrector de cejas automático.

Y, entre luces parpadeantes y pitidos suaves, un mensaje flotó en mi mente:
“Error 404: Feminidad no encontrada.”



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