Torre de Babel Digital
Nadie sabía quién fue el primero que lo dijo, pero corrió como pólvora entre los pasillos de la secundaria: “la Torre de Babel ya no está en los cielos, sino en el ciberespacio”.
Los adolescentes lo repitieron como si fuese un meme viral, convencidos de que aquella frase era más profunda que cualquier hashtag filosófico.
Se reunían cada tarde en el parque, aunque cada uno tenía la vista clavada en la pantalla de su celular. No se hablaban con palabras, sino con tuits, emojis y stickers, como si la voz fuese un vestigio arcaico del siglo pasado.
—¿Ya me tuiteaste la tarea de mate? —preguntó Fabián, sin levantar la mirada.
—Te la mandé en un wasap, pero no lo abriste… seguro estabas feisbuqueando —contestó Mariana, que tenía un don especial para instagramear hasta el más insignificante de los momentos: una paleta derritiéndose, un perro bostezando, un cuaderno en blanco.
Los demás rieron. Aunque la risa fue breve, pues alguien les notificó un nuevo reto viral: “Hackea tu desayuno”. Nadie entendió en qué consistía, pero la consigna era clara: tomarle foto a los huevos fritos y subirla con un filtro vintage.
En ese instante, los chicos comenzaron a hablar en una lengua que sus abuelos habrían considerado incomprensible:
“Ya lo subí al insta con hashtag #EggHacked”.
“Yo mejor lo mandé al feis, con música de reguetón”.
“¿Y si lo hacemos trending en Twitter?”.
El ruido de las notificaciones reemplazaba al murmullo humano. Era la nueva Torre de Babel: un templo erigido no con ladrillos, sino con likes.
De pronto, un anciano que vendía helados se les quedó mirando. Parecía querer decir algo, pero los adolescentes ya estaban ocupados en la siguiente discusión: si era mejor tuitear o instagramear un meme de gatitos.
El viejo suspiró y murmuró en voz baja:
—El mundo se perdió cuando empezaron a confundir palabras con íconos.
Nadie lo escuchó.
La Torre de Babel Digital seguía creciendo, piso tras piso, emoji tras emoji, hashtag tras hashtag
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