Los relojes del andén
Gabriel Núñez Palencia
En la estación, los relojes estaban siempre desfasados: uno adelantaba cinco minutos, otro atrasaba diez, y el tercero parecía no haberse enterado jamás de que existía el futuro. Los viajeros, resignados, corrían sin saber si llegaban tarde o demasiado temprano.
Un anciano decía que aquel desorden era obra del tiempo mismo, que jugaba a esconderse detrás de los trenes. Una mujer, en cambio, sostenía que era un truco de la modernidad: “Así nos tienen, corriendo sin sentido, como si viviéramos de prisa para alcanzar un destino que ya partió”.
El jefe de estación, con su gorra desteñida, insistía en que los relojes no estaban mal, sino que cada uno marcaba un tiempo distinto, porque cada viajero merecía su propio atraso.
El tren llegó, como siempre, en silencio, sin anunciarse. Subieron los que creyeron llegar a tiempo, se quedaron los que dudaron de sus relojes. El andén volvió a quedar vacío, excepto por los relojes, que seguían discutiendo entre sí la hora correcta.
Nadie supo nunca si el tren llevaba a los viajeros al futuro, al pasado o a la mera repetición de lo mismo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario