jueves, 7 de agosto de 2025

A Cuello De Botella


La primera vez que me vio La Zoila Berenjena yo bebía a cuello de botella de un whisky de cristal verde.   Me miró como se mira a un animal cautivo. Ciertamente este animal mío se siente muy encerrado y no se violenta como de costumbre. Durante aquella reunión desabrida la Berenjena no me quitaba los ojos de encima y yo no se los quitaba a ella del escote e intentaba en vano no mirarle su culo respingado. 
     Cuando la anfitriona -una amiga común que por las noches ofrecía su piel en Sullivan- se puso nostálgica y nos despachó con una tanda de baladas melosas pero bailables; yo, entonces me animé ,y dejando el cuello del Black and White por unos minutos, le invite a bailar, sepa por qué ,si yo no bailo ni cuando tengo ganas de cagar y no me aguanto.
     Entonces la Zoila se dejó llevar por mi intento soso de pasos que buscaban inútilmente algún tipo de ritmo lento, al parecer ella traía a su vez un aletargamiento de algún tipo de pastas que no vi en que momento ingirió, y se soltó a decirme que sólo cogeríamos por esa noche, que no le importaba establecer ningún tipo de relación y que ademas no le gustaba ni poco (más bien nada, lo dijo con sus ojos), que lo que sucediera sólo era por pasarla bien. Le digo muy digno yo,  que a mí eso  me parecía muy inteligente porque a su vez yo era un borracho sin oficio (bueno soy poeta) y cuyo  única virtud era el  apego al cuello de la botella, en especial al Black and White. 
     Ya no dijo más y pues nos pegamos demasiado el uno a la otra, en especial ella sintió el arma con que había de puentearle su deseo insaciable. Sucedió lo que esperábamos y nos largamos muy de madrugada cada cual por su lado, pero a la semana siguiente la Berenjena me hizo una llamada, no recuerdo haberle dado el número de mí celular, pero ahí la tenía como dentro del teléfono, invitándome a una encerrona con  Black and White y con su coño, te invito yo dijo, y salía así una música de su voz cachonda que me empalagaba el oído y el fierro. Me imaginé de nueva cuenta bajándole las ansias y la pantaleta blanca a la Berenjena, y bebiendo a cuello de botella entre sus piernas largas apretándole sus respingadas nalgas y sus tetas melocotonas. 
     Nos vimos en un apartamento de la Guerrero donde al parecer vivía muy sola, pero sin preocupaciones de dinero. Me puse cómodo y en seguida me pegue al cuello de una de las cuatro botellas de Black and White que tenía en el refri. Me dijo que sólo me invitaba porque no tenía con quien beber ese fin de semana y porque estaba muy aburrida y yo le divertía con mis arranques de improvisación, de borracho. Me quedé la semana siguiente completa a ese fin de semana con ella y no la pasábamos de la cama a la sala bebiendo y cogiendo. Comíamos comida exprés que ella pedía por teléfono, y no salimos ni a su terraza a que nos diera el sol. Las cortinas siempre estaban cerradas y las piernas de Zoila, invariablemente abiertas al goce.
     Sucedió que me quería ir ya porque mi animal se sentía cautivo, y yo también me sentía en prisión, como encarcelado entre sus pezones de piñón y sus largas piernas que abrazaban mi espalda con furor, que succionaban mis entrañas; quería huir como un lirón asustado. Porque era un conejito al que dócilmente le daban su sacatito. Entonces me salí sin darle aviso, me fui a seguir mi oficio a solas. 
     Ha pasado un mes y no he respondido a sus insistentes llamadas y nuestra amiga, puta por profesión y pasión, me cito en Sullivan y con engaños allí me la puso nuevamente frente a frente, no he de decir que no deseo su cama, pero la Berenjena es una pócima muy caliente y yo ya bebido soy como una nevera sin Black and White. La llevé a un hotel de paso que recomendó nuestra Celestina come pollas. No sin antes recordarle: “que sólo cogeríamos por esa noche, que no me importaba establecer ningún tipo de relación y que ademas no me  gustaba ni poco (más bien nada, lo dije con la botella de Black and White en la boca), que lo que sucediera sólo era por pasarla bien. Pero no fue ni es así, nos seguimos lamiendo nuestras soledades sedientas de algún vano vislumbre de felicidad, mientras a cuello de botella intento en vano no verle nunca más su culo respingado a la Zoila.

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