miércoles, 27 de agosto de 2025

El Gran Truco De Nunca Acabar


Dicen que llegó con sombrero de copa, frac reluciente y una varita que parecía hecha con antenas de televisión. Se hacía llamar El Gran Modernidad, y prometía que de su galera saldrían progreso, libertad y felicidad en cómodos pagos mensuales.

El público lo recibió con vítores. Algunos juraron haber visto, en su primera función, cómo convirtió una carreta en un automóvil y a un mendigo en obrero uniformado. Otros aplaudieron cuando hizo desaparecer la enfermedad con pastillas de colores y la ignorancia con escuelas alineadas como cajas de cerillos. Nadie reparó en que detrás del telón quedaban siempre los escombros de lo que “desaparecía”.

El mago tenía un número favorito: sacar conejos del sombrero. Pero los conejos ya no eran blancos y suaves, sino grises y enjaulados, fabricados en serie, con código de barras tatuado en la oreja.
—¡Es la magia de la eficiencia! —anunciaba mientras la multitud lo ovacionaba, medio hipnotizada, medio anestesiada.

Con los años, su espectáculo fue perdiendo brillo. La paloma que debía volar libre salió desplumada. El sombrero empezó a escupir humo negro. Las cartas que antes obedecían sus manos ahora se caían al suelo antes de tiempo. El público, sin embargo, seguía asistiendo: nadie quería admitir que había pagado entrada para un truco mal hecho.

Un día anunció su Gran Acto Final. Prometió lo nunca visto: desaparecer el hambre, la desigualdad y la soledad de un solo chasquido. Los reflectores iluminaron la escena. El mago agitó la varita, murmuró palabras que parecían publicidad de detergente y...

El telón cayó de golpe.

Nadie supo si el truco salió mal, si fue censurado por sus propios ayudantes o si, sencillamente, la Modernidad se desvaneció entre humo barato de utilería. El público quedó en silencio, esperando que el mago volviera para explicar. Nunca lo hizo.

Desde entonces, algunos aseguran haberlo visto en las calles, disfrazado de vendedor ambulante, ofreciendo ilusiones de segunda mano: teléfonos que esclavizan, libertades enlatadas, futuros hipotecados. Otros, más escépticos, dicen que nunca existió, que el verdadero acto de magia fue hacernos creer que estaba allí.

Y quizás tengan razón:
¿qué es la Modernidad sino el gran truco de nunca acabar, un espectáculo donde el aplauso siempre llega antes de descubrir el fracaso?



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