jueves, 28 de agosto de 2025

***Electra Del Asfalto***



Electra del Asfalto

Gabriel Núñez Palencia 

La madre no salía del cuarto desde hacía tres días. Olía a alcohol, sudor y veladora gastada. Afuera, en el callejón, los perros ladraban como si supieran que algo andaba mal desde hacía años.

Electra, la flaca, la que nunca acabó la secundaria, vendía cigarros sueltos en la esquina para sobrevivir. Miraba de reojo al padrastro cada vez que pasaba borracho con los compas del taller mecánico. Ese hombre, al que todos llamaban “el Toro”, había metido cuchillo a su padre una madrugada. Nadie habló. La policía se hizo de la vista gorda. La madre, rota por dentro, lo dejó entrar a la casa y a la cama.

Electra tragaba su rabia como vidrio molido. Decía:
—No se mata a un padre y se duerme tranquilo en su hamaca.
Pero la madre, entre delirios de mezcal barato, respondía:
—Él nos da de comer. Tu padre ya no está. Calla.

El hermano, Orestes, regresó del tutelar después de un asalto fallido. Tenía las manos tatuadas con cruces torcidas y una cicatriz en la frente. La flaca lo miró fijo y le escupió las palabras que se le habían podrido dentro:
—Si no lo matas tú, lo mato yo.

La noche siguiente, bajo el puente donde el río apestaba a drenaje, se encontraron los tres: la hermana, el hermano y el verdugo. El Toro reía con los dientes amarillos, creyéndose invencible, dueño de casa, de cama y de madre. No alcanzó a sacar la navaja. Tres estocadas en el estómago lo dejaron tirado como perro atropellado.

Electra lo miró agonizar. No lloró. Tampoco Orestes. El silencio se quebró solo cuando las sirenas comenzaron a rebotar en los muros despintados del barrio.

La madre nunca salió a reclamar el cuerpo.
Electra encendió un cigarro frente al cadáver, y dijo bajito, como quien dicta sentencia en un callejón:
—Aquí no hay dioses que limpien la sangre. Solo queda la mugre y la memoria.



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