martes, 19 de agosto de 2025

'La Mujer Sin Color

Estaba sentada frente a un río seco, y ante un árbol sin sombra, sin hojas. Un sol insoportable consumía su espera. Habría  querido darle un poco de mi agua, acaso un beso dulce, pero no, ella y su hermoso cuerpo, sus ojos claros y sus senos redondos;    su cintura de avispa  y su llana  cadera y labios rojos,  que se mantenían cerca y muy lejos de mí, como si estuviera ella o yo en el fondo de un abismo,  cayendo ella o cayendo yo,  o juntos yo y ella.

 

Sabía que se llamaba Claudia Rincón y que su padre había sido la causa de la ruina del mío, pero eso no me importaba ni tantito, me importaban si y más, todos esos encantos redondos de los que les he hablado ya y sus ojos que me perdieron en la desesperación, y lo del abismo creo que desde los inicios lo sabía  todo el mundo, menos Claudia y yo. ¡Dios lo sabía ya de antes que naciéramos los dos!.

 

El señor Rincón había comprado el amor de  la mujer por la que mi Tata se perdió en el aguardiente, luego el señorito Rincón desgració  la vida de mi  hermana menor y también  de la mayor; y muchas más vidas en todo el pueblo quebrantó, y sin miramiento alguno; incluso la mía, ya que también deshonro a Claudia, su propia hermana, en el pueblo no solo  el cura lo sabía.

 

_No me importa lo que te haya hecho tu sangre Claudia, no fue  tu gusto, pero si es mi gusto quererte, y me parece que también tu tienes ese gusto, ¿qué no?

_Si, te tengo ley,  pero yo ya no soy mujer para nadie, ni para nada:  ya estoy muerta y seca.

_No le aunque Claudia, ¡con eso me basta y me sobro para quererte!

 

Y fue  todita mía después de haber sido del señorito Rincón, su hermano, y no me importó que me miraran como al  bicho feo del  pueblo,  ni tuve que confesarle nada al cura que ya sabía de nuestra desgracia por confesión o labia.

 

Pero las lenguas de la gente son muy largas y salameras, y nos traían en su platica  de aquí para allá, y de allá para acá -más a Claudia que siempre lloraba y caminaba con la mirada muy baja-  ni a mí se atrevía a mirarme largo, luego luego sus ojos claros se perdían en ese  abismo suyo o mío o de todos;  ese abismo del que ya les he platicado y que nos hundió,  y que ya se  palabreaba  desde los inicios, desde que los tiempos fueron tiempos lejanos.

 

Estaba sentada sí, y me quería aún, sentadita  y con sus frutas muy suyas y muy  mías, cerca a un río  seco y a un árbol sin sombra, sin hojas; bajo el sol ese que siempre nos consumió y nos consumiría a todos, ese deseo infernal de la carne  ajena, incluso la de casa.  Se  mantenía cerca,  y sus ojos de suplica no se apartaban de mi, nos hundiríamos y nos hundíamos en la muerte: ¡la mate y me mate luego, la gente es muy salamera; los muertos por mano propia  no tiene color ni perdón: a ella la perdió y condenó su hermano, a mi me condenaba el pueblo,  y me condenaría   Dios!.


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