Estaba sentada
frente a un río seco, y ante un árbol sin sombra, sin hojas. Un sol
insoportable consumía su espera. Habría querido darle un poco de mi agua, acaso un
beso dulce, pero no, ella y su hermoso cuerpo, sus ojos claros y sus senos
redondos; su cintura de avispa y su llana cadera y labios rojos, que se mantenían cerca y muy lejos de mí, como
si estuviera ella o yo en el fondo de un abismo, cayendo ella o cayendo yo, o juntos yo y ella.
Sabía que se
llamaba Claudia Rincón y que su padre había sido la causa de la ruina del mío,
pero eso no me importaba ni tantito, me importaban si y más, todos esos
encantos redondos de los que les he hablado ya y sus ojos que me perdieron en
la desesperación, y lo del abismo creo que desde los inicios lo sabía todo el mundo, menos Claudia y yo. ¡Dios lo
sabía ya de antes que naciéramos los dos!.
El señor Rincón
había comprado el amor de la mujer por
la que mi Tata se perdió en el aguardiente, luego el señorito Rincón desgració la vida de mi
hermana menor y también de la
mayor; y muchas más vidas en todo el pueblo quebrantó, y sin miramiento alguno;
incluso la mía, ya que también deshonro a Claudia, su propia hermana, en el
pueblo no solo el cura lo sabía.
_No me importa lo
que te haya hecho tu sangre Claudia, no fue tu gusto, pero si es mi gusto quererte, y me
parece que también tu tienes ese gusto, ¿qué no?
_Si, te tengo ley, pero yo ya no soy mujer para nadie, ni para
nada: ya estoy muerta y seca.
_No le aunque
Claudia, ¡con eso me basta y me sobro para quererte!
Y fue todita mía después de haber sido del señorito
Rincón, su hermano, y no me importó que me miraran como al bicho feo del pueblo,
ni tuve que confesarle nada al cura que ya sabía de nuestra desgracia
por confesión o labia.
Pero las lenguas
de la gente son muy largas y salameras, y nos traían en su platica de aquí para allá, y de allá para acá -más a
Claudia que siempre lloraba y caminaba con la mirada muy baja- ni a mí se atrevía a mirarme largo, luego
luego sus ojos claros se perdían en ese abismo suyo o mío o de todos; ese abismo del que ya les he platicado y que
nos hundió, y que ya se palabreaba desde los inicios, desde que los tiempos
fueron tiempos lejanos.
Estaba sentada sí,
y me quería aún, sentadita y con sus
frutas muy suyas y muy mías, cerca a un
río seco y a un árbol sin sombra, sin
hojas; bajo el sol ese que siempre nos consumió y nos consumiría a todos, ese
deseo infernal de la carne ajena, incluso
la de casa. Se mantenía cerca, y sus ojos de suplica no se apartaban de mi,
nos hundiríamos y nos hundíamos en la muerte: ¡la mate y me mate luego, la
gente es muy salamera; los muertos por mano propia no tiene color ni perdón: a ella la perdió y condenó
su hermano, a mi me condenaba el pueblo, y me condenaría Dios!.
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