domingo, 3 de agosto de 2025

***Los Patos Son Azules (ensayo)

***Los patos son azules:
Ensayo sobre la ficción lúdica, la irreverencia narrativa y el juego intertextual en Gabriel Núñez Palencia


La narrativa breve de Gabriel Núñez Palencia, en su cuento “Los patos son azules”, se instala en el terreno de la ficción lúdica con una audaz combinación de lenguaje coloquial, onirismo urbano y provocación literaria. Esta pieza, tan breve como disruptiva, articula una estética del desparpajo —casi beatnik— para construir un espacio ficcional donde la literatura, el deseo y el alcohol se cruzan en una esquina literal y simbólica. En ese cruce, el narrador invita a figuras míticas como Borges y Cortázar a participar no sólo de la charla filosófica, sino de la ebriedad, del juego erótico, y de una especie de bacanal postmoderna que subvierte la lógica de la narrativa tradicional.

Desde su inicio, el relato abre con una voz narrativa directa, casi desencantada, que recuerda al estilo confesional de Charles Bukowski o a la urgencia urbana de Roberto Bolaño: “Le dije que no estaba bien que se parara en esa esquina...”. No hay ornamento retórico, sino una sequedad deliberada, una apuesta por el lenguaje oral como núcleo expresivo. Como señala Wolfgang Kayser, “el arte de lo grotesco se apoya en lo disonante, en lo que perturba el orden lógico del mundo” (Kayser, 1957), y es precisamente esta disonancia —entre la presencia “literaria” de Borges y Cortázar y el lenguaje callejero del narrador— lo que confiere al cuento su potencia simbólica.

La presencia espectral de Borges y Cortázar, no como maestros distantes sino como cómplices ebrios de una noche cualquiera, constituye una forma de metanarrativa lúdica: el autor se ríe de los cánones, los humaniza, los erotiza. Cuando el narrador dice: “Tampoco le importó que estuviera esperando a Borges ni a Cortázar...”, introduce el primer quiebre de la lógica narrativa tradicional: estos próceres literarios no son recordados con reverencia, sino esperados como compañeros de parranda. La escena recuerda los cuentos de ficción lúdica de autores como Italo Calvino, en especial “Si una noche de invierno un viajero”, donde la figura del lector y del autor se disuelven en el artificio de la narración.

El tono juguetón se acentúa con frases que rompen el pacto de la verosimilitud: “Serán los patos azules o serán mis calzones”, aulló lunática mi puta de ojos grandes. Esta línea resume la estética del cuento: la sinrazón, lo grotesco, el color como sinestesia del absurdo. Aquí cabe recordar a Macedonio Fernández, precursor del humor filosófico y del delirio metafísico en la literatura argentina, cuya obra inspiró a Borges. En su Museo de la novela de la Eterna, también asistimos al juego de disolver las fronteras entre autor, personaje, lector y mundo narrado.

El erotismo, lejos de lo romántico, se despliega como experiencia sensorial, compartida, y a la vez caricaturesca. La caguama, el whisky, el sudor, las caricias explícitas: todo forma parte de una orgía verbal donde la literatura misma se embriaga. “La pelirroja estaba anonadada con la humanidad de Julio -sus enormes manos- y se imaginaba el gran aparato de mi amigo entre sus piernas…”, dice el narrador sin tapujos, pero no por afán pornográfico, sino por voluntad de transgredir lo que Roland Barthes llamaría el “placer del texto” (Barthes, 1973): ese momento en que el lenguaje goza consigo mismo, sin moral, sin censura.

Desde una perspectiva comparativa, el relato puede leerse junto a otros ejemplos de ficción lúdica contemporánea como “La autopista del sur” de Cortázar, donde el absurdo cotidiano se convierte en símbolo existencial, o incluso con “El perseguidor”, donde la figura del artista se desdobla entre el genio y la ruina. Pero Núñez Palencia elige otro camino: desmitifica, ridiculiza, baja al barro a esos dioses literarios y los convierte en protagonistas de una noche cualquiera en la ciudad. Esta operación es irreverente, pero también profundamente postmoderna. Como lo explica Linda Hutcheon, “el pastiche y la parodia no son meras bromas, sino formas críticas de relación con el pasado literario” (Hutcheon, 1989).

La estructura del cuento también responde a esa lógica de fragmento y velocidad. No hay clímax ni desenlace, sino una sucesión de imágenes que, como una borrachera bien narrada, culminan en la confusión deliciosa del sinsentido. En este sentido, el cuento de Núñez Palencia guarda un parentesco lejano con “Fiesta” de Ernest Hemingway, donde el vacío existencial se llena de vino y de cuerpos cansados.

Finalmente, “Los patos son azules” propone una poética del exceso. No sólo del exceso de alcohol y deseo, sino del exceso narrativo, de la mezcla de registros, del absurdo como manifestación de lo real. Si la literatura busca hoy nuevos modos de representar lo cotidiano sin caer en la solemnidad, este cuento responde con ironía, con humor corrosivo, con una apuesta formal tan libre como provocadora.


Bibliografía:

  • Barthes, Roland. El placer del texto. México: Siglo XXI, 1973.
  • Bolaño, Roberto. Putas asesinas. Barcelona: Anagrama, 2001.
  • Calvino, Italo. Si una noche de invierno un viajero. Barcelona: Siruela, 1979.
  • Hemingway, Ernest. Fiesta. Barcelona: Debolsillo, 2005.
  • Hutcheon, Linda. The Politics of Postmodernism. London: Routledge, 1989.
  • Kayser, Wolfgang. Lo grotesco. Su realización en literatura y pintura. Madrid: Gredos, 1957.
  • Macedonio Fernández. Museo de la novela de la Eterna. Buenos Aires: Corregidor, 1967.
  • Núñez Palencia, Gabriel. Los patos son azules. Manuscrito inédito.


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