domingo, 2 de noviembre de 2025

Lucila a las dos de la tarde


Lucila se mira en tus ojos. Te absorbe. Está y no está. Te lleva como en un sueño a sitios 
líquidos inimaginables. La encuentras en cada uno de estos sin faltar a la cita. Luego se 
va como siempre para volver en cualquier momento y lugar sin importarle nada: ni tú le 
importas. 
La otra vez estaba en una isla sin su Robinson -es decir sin ti- ni su Viernes -es decir, sin el 
otro. Estaba jugando con la arena a inventar relojes de tiempo que no funcionan a 
propósito. A construir naves en las que nunca se embarcan. 
Son las dos de la tarde menos cinco. Lucila no llega. Siempre ha jugado con el tiempo. Con 
todo juega. En una ocasión jugó a que contaran hormigas que salía de su comunidad, y 
que las siguieran en su odisea. Se fue la tarde, también Lucila.
Son las dos menos cinco. Lucila se mira en el espejo y se gusta, se mira y ríe. Saca un 
conejo de su boina bolivariana. Después te sorprende con una lluvia de papelitos de 
colores varios. Luego vuelve al espejo y se desprende de sus ropas delante ti y de quien 
este, sin importarle un bledo su naturaleza, ni la tuya, ni la de nadie. 
La tarde de un día cualquiera juegan a ser personajes de esta historia, que escriben sin 
darse cuenta. Luego, por la noche de un mes indescriptible, la ves nadando en tu pecera, 
se confunde con los peces de colores. Después la ves en una película muda: actúa al lado 
del diminuto hombre del bombín y el bigotito. 
Son las dos menos cinco. Lucila no ha terminado de enterrar a su madre y hace una tarta 
de manzana en la cocina de tu apartamento. Más tarde llora desconsolada leyendo a 
Neruda. Fuma dos cigarrillos sin filtro que ella misma fabrica, y toma luego, un café; 
mucho café, más amargo que la vida de Frida.
A la Lucila, la han confundido con diferentes actrices y le han pedido autógrafos por la 
calle. La noche de un jueves un promotor de talentos le ofrecía un papel protagónico en 
una telenovela venezolana. Ella le dijo que le llamaría: no llamó. No te llama a ti. 
Son las dos menos cinco. Lucila tarda horas entre las piernas de Viernes, días encerrados 
en sus cuerpos y sin comer siquiera, solo beben cerveza fría de bote. Aún sigo aquí, 
esperándola y no llega, siempre la espero, indistintamente pasa el tiempo y no llega.
Son las dos de la tarde, Lucila duerme y sueña que tiene una cita conmigo, a la que no 
llego. Yo me encuentro escribiendo este cuento.

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