Lucila se mira en tus ojos. Te absorbe. Está y no está. Te lleva como en un sueño a sitios
líquidos inimaginables. La encuentras en cada uno de estos sin faltar a la cita. Luego se
va como siempre para volver en cualquier momento y lugar sin importarle nada: ni tú le
importas.
La otra vez estaba en una isla sin su Robinson -es decir sin ti- ni su Viernes -es decir, sin el
otro. Estaba jugando con la arena a inventar relojes de tiempo que no funcionan a
propósito. A construir naves en las que nunca se embarcan.
Son las dos de la tarde menos cinco. Lucila no llega. Siempre ha jugado con el tiempo. Con
todo juega. En una ocasión jugó a que contaran hormigas que salía de su comunidad, y
que las siguieran en su odisea. Se fue la tarde, también Lucila.
Son las dos menos cinco. Lucila se mira en el espejo y se gusta, se mira y ríe. Saca un
conejo de su boina bolivariana. Después te sorprende con una lluvia de papelitos de
colores varios. Luego vuelve al espejo y se desprende de sus ropas delante ti y de quien
este, sin importarle un bledo su naturaleza, ni la tuya, ni la de nadie.
La tarde de un día cualquiera juegan a ser personajes de esta historia, que escriben sin
darse cuenta. Luego, por la noche de un mes indescriptible, la ves nadando en tu pecera,
se confunde con los peces de colores. Después la ves en una película muda: actúa al lado
del diminuto hombre del bombín y el bigotito.
Son las dos menos cinco. Lucila no ha terminado de enterrar a su madre y hace una tarta
de manzana en la cocina de tu apartamento. Más tarde llora desconsolada leyendo a
Neruda. Fuma dos cigarrillos sin filtro que ella misma fabrica, y toma luego, un café;
mucho café, más amargo que la vida de Frida.
A la Lucila, la han confundido con diferentes actrices y le han pedido autógrafos por la
calle. La noche de un jueves un promotor de talentos le ofrecía un papel protagónico en
una telenovela venezolana. Ella le dijo que le llamaría: no llamó. No te llama a ti.
Son las dos menos cinco. Lucila tarda horas entre las piernas de Viernes, días encerrados
en sus cuerpos y sin comer siquiera, solo beben cerveza fría de bote. Aún sigo aquí,
esperándola y no llega, siempre la espero, indistintamente pasa el tiempo y no llega.
Son las dos de la tarde, Lucila duerme y sueña que tiene una cita conmigo, a la que no
llego. Yo me encuentro escribiendo este cuento.
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