miércoles, 5 de noviembre de 2025

*El bicho* Gabriel Núñez Palencia


 

No puede decirse que nadie lo hubiera visto. Se paseaba vanidoso por todo sitio. Era una alimaña sin forma definida, atroz y letal. Los otros animales le rehuían siempre, muchos habían sido devorados por el bicho. Cuando yo lo vi por  vez primera, tuve noción de su hórrida presencia, la  que me habría de señalar y zaherir  en todo momento,  y no había salida alguna.

 

Todos los días tenía que enfrentarlo (vivir mi suerte y destino), en una lucha de sol a sol; día y noche me aterraba verle a mi paso. Intenté por todo medio renunciar a la idea de su existencia que como sombra me seguía a mis  costados y espalda: torturándome, asfixiándome y respirando mi aire y viviendo mi vida.  Cuando salía de casa, lo hacía con mucho sigilo como si fuera posible evitarlo, pero al primer paso ahí estaba:  con sus fauces terroríficas, su boca de mil filos, sus mil brazos de fiera que todo lo trituraban, sus ojos de fuego; de un amarillo o verde o rojo que te inyectaban un veneno ancestral de odio en el alma.

 

Con el paso del tiempo empecé a ver en mi imagen una cambio que me atemorizaba, el bicho me estaba transformando en un ser indiferente, egoísta, ruin, malvado... Los otros me parecían simples objetos, marionetas de mis deseos; y a ella, ya le había causado mucho daño (demasiado sufrimiento), permanecía a mi lado por temor, me tenía el mismo miedo que yo profesaba al bicho.

 

Una noche  tuvimos un susto fenomenal ambos. El bicho dormía con nosotros y socavaba el cuerpo de ella, lo ultrajaba a antojo, nos arremolinábamos  en un deseo infernal que nos arrastraba a su vez; era una entrega insaciable de lujuria que me aterraba y aterra, y aún nos consume  en nuestras relaciones  odiosas y sin amor.

 

Era por demás que yo hiciera un movimiento que conspirara contra su presencia, contra su designio. Cada uno de mis pensamientos le pertenecían al bicho, mi voluntad era la suya. Estaba condenado a perecer como un ser sin libertad ni deseos propios, encadenado al bicho y a  su perversidad.

 

Empecé por devorar a cada uno de mis hijos e hijas por puro placer, luego a ella la despedace en sus extremidades y deshice  el tronco de su cuerpo en trozos que mascaba sin terminar de deglutirlos, era que quería anularla aún sin vida, y causarle un dolor que ya muerta no sentía. Y cuando  en casa  ya todo estaba perdido, salí y volqué mi violencia y maldad contra la casa de mis  vecinos, y luego, todo debía ser destruido, ¡ya!; pero, mis vecinos ya habían hecho lo propio con sus hijos y esposas, el bicho ya  había corrompido en extremo a todo el vecindario (sus espíritus), a la ciudad, al país...

 

El bicho en realidad era y es un personaje con vida pública, una alimaña legendaria. Emitía y emite  todo tipo de discursos por todos los medios posibles y existentes,  y su dominio era y es  tal, que regía y rige como soberano absoluto del poder. El bicho era y es  el Estado. El bicho era y es la religión, el arte, y la cultura en general... No ha de decirse ni hacerse nada si no es a título del bicho. No puede afirmarse que nadie lo hubiera visto. Se pasea con toda desfachatez  por tu espejo y tu vida. Es atroz y letal, y adquiere personalidad y  rostro: el bicho eres tú mismo. ¡Muérete!


 

 

 

 

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