No puede decirse que nadie lo
hubiera visto. Se paseaba vanidoso por todo sitio. Era una alimaña sin forma
definida, atroz y letal. Los otros animales le rehuían siempre, muchos habían
sido devorados por el bicho. Cuando yo lo vi por vez primera, tuve noción de su hórrida presencia,
la que me habría de señalar y zaherir en todo momento, y no había salida alguna.
Todos los días tenía que enfrentarlo
(vivir mi suerte y destino), en una lucha de sol a sol; día y noche me aterraba
verle a mi paso. Intenté por todo medio renunciar a la idea de su existencia
que como sombra me seguía a mis costados
y espalda: torturándome, asfixiándome y respirando mi aire y viviendo mi
vida. Cuando salía de casa, lo hacía con
mucho sigilo como si fuera posible evitarlo, pero al primer paso ahí
estaba: con sus fauces terroríficas, su
boca de mil filos, sus mil brazos de fiera que todo lo trituraban, sus ojos de
fuego; de un amarillo o verde o rojo que te inyectaban un veneno ancestral de
odio en el alma.
Con el paso del tiempo empecé a ver
en mi imagen una cambio que me atemorizaba, el bicho me estaba transformando en
un ser indiferente, egoísta, ruin, malvado... Los otros me parecían simples
objetos, marionetas de mis deseos; y a ella, ya le había causado mucho daño (demasiado
sufrimiento), permanecía a mi lado por temor, me tenía el mismo miedo que yo
profesaba al bicho.
Una noche tuvimos un susto fenomenal ambos. El bicho
dormía con nosotros y socavaba el cuerpo de ella, lo ultrajaba a antojo, nos
arremolinábamos en un deseo infernal que
nos arrastraba a su vez; era una entrega insaciable de lujuria que me aterraba
y aterra, y aún nos consume en nuestras
relaciones odiosas y sin amor.
Era por demás que yo hiciera un
movimiento que conspirara contra su presencia, contra su designio. Cada uno de
mis pensamientos le pertenecían al bicho, mi voluntad era la suya. Estaba
condenado a perecer como un ser sin libertad ni deseos propios, encadenado al
bicho y a su perversidad.
Empecé por devorar a cada uno de mis
hijos e hijas por puro placer, luego a ella la despedace en sus extremidades y
deshice el tronco de su cuerpo en trozos
que mascaba sin terminar de deglutirlos, era que quería anularla aún sin vida,
y causarle un dolor que ya muerta no sentía. Y cuando en casa ya todo estaba perdido, salí y volqué mi
violencia y maldad contra la casa de mis vecinos, y luego, todo debía ser destruido, ¡ya!;
pero, mis vecinos ya habían hecho lo propio con sus hijos y esposas, el bicho
ya había corrompido en extremo a todo el
vecindario (sus espíritus), a la ciudad, al país...
El bicho en realidad era y es un
personaje con vida pública, una alimaña legendaria. Emitía y emite todo tipo de discursos por todos los medios
posibles y existentes, y su dominio era
y es tal, que regía y rige como soberano
absoluto del poder. El bicho era y es el
Estado. El bicho era y es la religión, el arte, y la cultura en general... No
ha de decirse ni hacerse nada si no es a título del bicho. No puede afirmarse que
nadie lo hubiera visto. Se pasea con toda desfachatez por tu espejo y tu vida. Es atroz y letal, y
adquiere personalidad y rostro: el bicho
eres tú mismo. ¡Muérete!
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