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La vieja posada de arte de la Romita era poco conocida, pero muy concurrida por los artistas del pincel. Algunos retirados, otros de alguna fama, los que iniciaban su aventura, y los fracasados con cierto aliento y jubilo por el color y la forma.
La dueña del lugar que un par de décadas atrás era una casa de citas para las liviandades de la gente bien, era una puta retirada: Dolores de la Ruana. Rubia natural, su cuerpo aun dejaba ver las señas del oficio, del ser un sitio común para los hombres necesitados o infieles, o para los inevitables edipos.
Rufino Silverio -pintor surrealista- otro pintor y un escultor bebían café en la terraza y vino tinto, el escultor además, fumaba un grueso abano, haciendo del entorno un espacio muy pestilente. El lugar estaba rodeado de flores y plantas de ornato. A unos metros de su mesa un pequeño grupo de jóvenes aprendices dibujaban al carbón el cuerpo de la mujer desnuda que tenían enfrente. Los tres artistas hablaban del oficio.
_Haré un cuadro trágico, pintaré en el lienzo a la Dolores Ruana de ahora - decía Rufino Silverio dandole un trago desesperado a su tinto.
_Yo -decía su colega- pintaría a la Dolores Ruana en sus años de esplendor y fuego, a la puta por todos solicitada.
_Lo estético no es necesariamente bello -decía el escultor Medina alisando su grueso bigote- a la fealdad del cuerpo envejecido de la Ruana yo le agregaría un toque de grotesco, y si fuera pintor como ustedes, le dotaría de un color irreal amoratado...
_Imagino a la Dolores Ruana frente a mi paleta iluminada por una luz pálida, como su piel, delirante y con el fuego en sus ojos esmeralda -decía Díaz Toledo de la Cruz, el otro pintor, mientras que Rufino Silverio seguía bebiendo el tinto desesperadamente y los jóvenes pintores cuchicheaban mostrando sus dibujos al carbón.
_A mí, me deleitaría como compañera de alcoba, aún ahora -decía el vejete de Medina masticando un poco del tabaco de su abano.
_No lo imaginen y no se los recomendaría, Dolores es y era lo que nos declara su nombre, y a mí me ha llevado algunas décadas comprender a esa mujer que sigue siendo un asunto de mi obra y vida, como ya lo saben.
A la vieja casona de la colonia Roma asistía en la época de auge Rufino Silverio, con la intención de no solo perderse en los humos del licor, sino en los cuerpos de las putas, en especial el de la Dolores de la Ruana, que ahora se acercaba a la mesa de los artistas luciendo un vestido rojo y demasiado maquillaje, destacaba el rojo intenso aplicado a sus labios deshidratados.
_¿Me convidas de tu botella Rufino?
_¡Por supuesto querida! -hablaba mientas acercaba una silla a su lado para que Dolores se sentara junto a él.
_No estarán hablando de las mujeres que vivieron en esta casa o de mí, que ya han pasado mis días de gloria. Me queda el consuelo de haber vivido lo mejor o peor de mi vida al lado de Rufino. No pretenderás seguir compartiéndome, ofreciendo mis placeres, ahora con ellos, que no me importaría, no me importó antes, pero hoy no queda mucho de lo que ayer tanto gustaban los hombres, como pueden ver ustedes -decía mientras abanicaba sus manos aludiendo a su cuerpo envejecido y flácido.
_No Dolores, hablamos sobre desnudarte, pero no para compartirte como antes gustabas, no, sino para hacerte un nuevo cuadro, ¿te desnudarías ante la paleta de Díaz Toledo de la Cruz?...
_Para la de él sí, pero no más para la tuya, nunca lograste colocar en ninguna galería alguno de los muchos cuadros que me hiciste y que tienes botados por todos sitios de esta casa. Jamás te he comprendido como artista y mucho menos como hombre, Toledo tiene toda su obra montada en Europa, ¡por su puesto que me desnudaría, y si tuviera treinta años menos lo haría gemir placenteramente!
_¡No lo dudo, sigues y seguirás siendo dolores, la Dolores de la Ruana que todos conocen! - apuntó Rufino ya con claros signos de ebriedad al hablar y apurando aún más los tragos obsesivos de su copa.
_No comprendes la obra de Rufino, por lo onírico e irreal que posee, sus fondos ultra terrenos, mágicos y fantásticos, yo soy y he sido un pintor más académico e impresionista, ¡espero no defraudarte si te desnudas para mí, Lolita!
_¡Por supuesto que no, lo haría en este preciso momento, si me lo pides, igual y Medina se decide hacerme un busto, el de mi desdicha!, ¿se animan? A este hombre no le importaría, le importa más beber tinto que pintar, como ven es un pintor que no moja la brochita, y más que retirado.
_No seas dura con él Dolores, ¿te importaría que se desnude Rufino? -preguntó Medina.
Rufino Silverio alzó la diestra y en ese momento se acercó a ellos un mozo con marcada personalidad criolla -tráenos un par de paletas, lienzos y la caja de óleos y pinceles, a este tráele un bloque de cera y sus herramientas de corte para su ensayo ¡Desnúdate Dolores de la Ruana, y aunque tu cuerpo ya no tiene luz, te demostrare que aún puedo mojar mi brocha!
Lola, sin más, dejó caer su vestido por el suelo y se despojó además de las prendas íntimas y demás aditamentos: sus joyas. Se sumaron al ensayo generalizado los jóvenes aprendices, de entre los que destacaba Ian del Fuero, discípulo de Rufino Silverio. Todos ensayaban su obra con los ojos y el alma fijos en el cuerpo de la Ruana, que aún mostraba signos de su erotismo y enigma.
El mozo sólo observaba el apasionamiento y entrega de los artistas. En esos momentos entraba García, un reportero de cultura jubilado y amigo de la casa, y en especial de la Dolores Ruana. Se sumó al grupo con el entusiasmo del reportero que busca lo sensacional para redactar la nota del día:
"A sus 60 años, Dolores de la Ruana propietaria de la Casa de Arte de la Romita, se desnuda ante un grupo de artistas en el café terraza de su Galería privada, en un ensayo generalizado que busca inmortalizarla..."
Cada pintor y los aprendices, incluyendo a Medina, representaban lo que querían ver o sentir. Era aquello un fluir de creatividad en colores, dimensiones, formas y líneas. Cada cual hacía de su composición, un arreglo, un producto estético cargado de humanidad: sublime, trágico, cómico, grotesco o feo.
Ian del Fuero, sentía asco y recelo, a diferencia de sus compañeros y maestros, Rufino Silverio en los lindes de su ebriedad lograba llevar esa esencia trágica de la Ruana combinada de un furor inverosímil. Medina representaba un busto por demás deformado y grotesco. Toledo por su parte, aventajaba su lienzo con un desnudo de la Dolores de La Ruana jovial, la que en antaño destilaba pasiones, y no el de la Lolita envejecida...
Finalmente, y no sin esfuerzos el ensayo había acabado, no el de Ian del Fuero. Rufino Silverio estaba complacido con lo que en su ebriedad había logrado, y el cuadro no le era indiferente a la Dolores de la Ruana, se diría que por primera vez aprobaba y reconocía el pincel de su hombre.
Todos durmieron complacidos esa noche, excepto Dolores de la Ruana a quien sorprendía la muerte a manos de su asesino. Al día siguiente el suceso fue denunciado y García enviaba una colaboración a la redacción de su antiguo empleo:
"Fue estrangulada por pintor aprendiz, Dolores de la Ruana, propietaria de la Casa de Arte de la Romita, que a sus 60 años quería ser inmortalizada; pasa a mejor vida después de posar desnuda para grupo de artista en su Galería privada..."
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