miércoles, 8 de octubre de 2025

*Entre la realidad y el sueño: dos umbrales de luz y sombra*



 

I. Umbral de nieblas
Entre las tinieblas del pensamiento y las claridades de la vigilia se extiende un territorio ambiguo, una frontera sin aduanas donde los relojes se disuelven como en los lienzos de Dalí y la lógica cede ante la intuición. Allí, en ese intersticio que algunos llaman “ensueño” y otros “revelación”, el ser humano vacila: ¿es el sueño una máscara de la realidad o la realidad una sombra del sueño?
En la penumbra de la madrugada, cuando el mundo calla y sólo la respiración acompasa el silencio, el yo se desdobla. Se abre una grieta: de un lado, la materia, el cuerpo, la razón; del otro, la bruma, la imagen, la libertad sin consecuencias. Esta grieta no es solo psicológica: es cultural, literaria y filosófica. Como escribió Borges: “La vigilia es el más lúcido de los sueños” (Borges, 1952), y con esa sentencia invirtió la jerarquía entre ambos reinos.

II. El tejido invisible: el sueño como narrativa subterránea
Los sueños, desde las tablillas mesopotámicas hasta el psicoanálisis freudiano, han sido interpretados como mensajes, síntomas o metáforas. Pero más allá de la interpretación, el sueño opera como una narrativa subterránea que no obedece al tiempo lineal ni a la causalidad aristotélica.
En el sueño, la identidad es líquida, las fronteras se confunden, la lógica cede ante la condensación simbólica. Freud habló del “trabajo del sueño” como un mecanismo de desplazamientos y condensaciones; Jung lo entendió como manifestación del inconsciente colectivo; y los surrealistas lo convirtieron en laboratorio estético, derribando la puerta que separaba lo onírico de lo cotidiano.
El sueño, entonces, no es negación de la realidad, sino su subsuelo: un idioma que la conciencia no habla, pero que el cuerpo recuerda. Es literatura sin gramática, filosofía sin silogismos.

III. La realidad como arquitectura compartida
La realidad, por su parte, se presenta como un edificio de consensos. Su solidez depende menos de su esencia que de la repetición colectiva de sus códigos. Lo real es aquello que la comunidad valida: la calle por la que caminas, el idioma que hablas, la moneda que usas. Pero, como han demostrado tanto la fenomenología de Husserl como las ficciones borgianas, esa arquitectura puede resquebrajarse si se altera la percepción.
La realidad es, en cierto modo, una convención bien elaborada, una coreografía de signos en la que participamos sin advertirlo. Cuando soñamos, abandonamos el escenario; cuando despertamos, retomamos el papel.
En este sentido, la “realidad” es menos un absoluto que una escenografía compartida, sujeta a mutaciones históricas y culturales. Lo que hoy llamamos real, mañana puede ser un vestigio arqueológico de nuestras certezas.

IV. El choque de las dos esferas
La tensión entre realidad y sueño no es sólo metafísica: es estética. La literatura latinoamericana del siglo XX, especialmente durante el Boom, hizo de esa frontera un territorio narrativo. En Pedro Páramo, de Rulfo, los muertos hablan con más nitidez que los vivos; en Cien años de soledad, los sueños anticipan los acontecimientos; en Cortázar, el protagonista de La noche boca arriba oscila entre un accidente moderno y un sacrificio prehispánico, sin saber cuál es la verdadera vigilia.
Estas obras no intentan resolver el dilema, sino habitarlo. Realidad y sueño no son enemigos, sino dimensiones que se reflejan mutuamente, como dos espejos enfrentados que multiplican las imágenes hasta el vértigo.

V. El eco interior
Cuando despertamos de un sueño intenso, a veces sentimos que la vigilia es la impostora. Y cuando estamos inmersos en la cotidianidad, los sueños parecen una fábula personal sin consecuencias. Pero ¿y si ambos fueran verdaderos en distintos planos?
La filosofía oriental ha sostenido, desde hace siglos, que la distinción entre sueño y vigilia es ilusoria: “La vida es un sueño dentro de un sueño”, diría Zhuangzi, aquel sabio que soñó que era una mariposa y despertó sin saber si era un hombre que había soñado ser mariposa o una mariposa soñando ser hombre.
Así también nosotros: habitantes de un doble reino, condenados a no saber cuál de los dos nos habita más profundamente.


Apéndice teatral: El sueño en el café de la Realidad

(Escena única. Un café atemporal. Julio Cortázar, Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes conversan mientras cae una lluvia invisible)

Cortázar: —Yo siempre pensé que los sueños eran como esos pasillos secretos entre habitaciones. No hay que derribarlos, basta con caminar con los ojos cerrados.

García Márquez: —En Macondo, los sueños anuncian la peste del insomnio, la lluvia interminable o el nacimiento de los hijos con cola de cerdo. No son símbolos, Julio, son profecías.

Fuentes: —Y sin embargo, caballeros, la historia —esa señora severa— exige documentos, fechas, nombres. La realidad necesita papeles.

Cortázar (riendo): —¿Y quién los firma cuando soñamos?

García Márquez: —Tal vez el subconsciente. O el destino.

Fuentes: —O el novelista, que traduce el sueño en arquitectura verbal.

(Los tres brindan con café humeante. La lluvia se intensifica, aunque ninguno se moja.)


Palabras clave

Sueño – Realidad – Filosofía – Literatura latinoamericana – Surrealismo – Fenomenología – Onírico


Bibliografía

  • Borges, J. L. (1952). Otras inquisiciones. Buenos Aires: Sur.
  • Cortázar, J. (1956). Final del juego. Buenos Aires: Sudamericana.
  • Freud, S. (1900). La interpretación de los sueños. Viena: Franz Deuticke.
  • García Márquez, G. (1967). Cien años de soledad. Buenos Aires: Sudamericana.
  • Husserl, E. (1913). Ideas relativas a una fenomenología pura. Halle: Niemeyer.
  • Jung, C. G. (1944). Psicología y alquimia. Zúrich: Rascher Verlag.
  • Rulfo, J. (1955). Pedro Páramo. México: Fondo de Cultura Económica.
  • Zhuangzi. (s. IV a.C.). Zhuangzi. Traducciones varias.


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