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Abril, 2017
Imagen de portada e interiores: Erick Gabriel Núñez Rangel
Prólogo
En Infierno el asunto es lo humano ya que no es sólo uno el tema que nos ocupa en su lectura. Todo gira en torno a la figura enigmática y poética de Luz María Regio Montero, y a partir de ella se suceden los demás personajes, nudos y tensión: Un narrador personaje, Rocaendo, Ceferino Epifanio, Ventura, ldalecio, Antonio Chucho; Ester, Francisca, Azucena Vidriera, La Serrana; en fin, una polifonía de voces que como sueño o canción se escuchan en un sitio cuyo signo es la desventura y su eco: El Salitre.
El tiempo y el lugar parecen eternos; una eternidad de seres inmortalizados por su desgracia y sino predecible, condenados a consumirse irremediable en la nada: el peso. Acaso, es la levedad del alma inmortal lo que los salva del abismal destino humano: la destrucción. Promiscuidad, incesto y miseria: violencia y poder; como amalgama, como un cuadro o estampa dramática. Arte por donde quiera que se mire, se lea o interprete. Una pieza única que no pierde unidad, aún si se le tiene de cabeza. No se puede dejar de ver si se le pone boca abajo; o contra la pared, o si se cuelga como un retrato de familia; seguirá siendo, de cualquier manera, un ejemplar en una sola pieza, de ahí, su magia y su arte; sus infinitas lecturas e interpretaciones. Narratología y narraturgia, porque mantiene al lector en el umbral mismo de la conciencia del personaje principal; de su mirada y de los personajes que encierran su drama.
En esta novela la narrativa fluye libre y nos arrastra en su río de significaciones conmovedoras, en su fuerza expresiva con tintes líricos que nos lleva inevitablemente a seguir leyendo – no es la simple fábula; el autor entonces, emula a las vacas sagradas, a un legado o quehacer literario, que es herencia que se ha imitado a lo largo del tiempo, y que nos enriquece y nos llega desde la misma poética aristotélica o isabelina con Shakespeare; y que, arriba hasta la narrativa actual; se nos muestra así, un relato moderno ambientado en un contexto rural de desgracias humanas.
No es sólo el asunto el que arrastra al lector o a los personajes en la ación narrativa donde escuchamos ese eco o leimotiv; o la voz del relato en algunas de sus modalidades discursivas; o, del personaje central que ha de vivir su drama y someter la trama del relato a su antojo o a su caída: es la vida trágica, la trágica vida. Un juego narrativo ya viejo, de 1963; un laberinto de posibilidades de fabular; o quizá y sí, esa idea de un lector activo; un infinito de caminos y encuentros y desencuentros de narrar y narrarnos , de ser narrados; de reinventarnos, y que mientras haya memoria y exista el género humano y la historia, entonces vivirá la literatura; o por otro lado, la discusión del quizá irremediable fin de la novela o de la historia ya que todo ha sido contado o vivido: ¿Será...?
Aparece aquí, la idea filosófica o el trasfondo literario de levedad versus peso; de romper con la linealidad del tiempo del relato y la acción, o de la lectura. Encontramos un quehacer literario que no pude eludir al arte de contar y contarse en su narratividad o dramaticidad, ni en su contenido social tan determinista como nuestro lenguaje; y mucho menos, dejar de lado, la reflexión de lo metaliterario y lo metalingüīstico.
Gabriel Núñez Palencia, nos deja ver en Infierno –novela que ha de expandirse como pólvora- que es tiempo de seguir experimentando con el legado y la herencia de esos grandes mounstros del quehacer literario americano, latinoamericano u occidental; pues empero, nada está acabado en el trabajo de contar y contarnos, mientras existamos como especie que significa; y, en tanto que, el lenguaje se siga experimentando como una realidad inagotable de posibilidades de relatar e interpretarnos.
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