Oscura la silueta
se contrae, y mira
un tiempo que ríe pálido,
palpa segundos
y los besa.
Acaso el hombre de gris
tiene en su mano piel ajena,
en sus labios polvo,
en sus pies esquinas sin rostro: cadenas.
La ciudad duerme,
el mundo gira a tientas,
esta noche es tan densa,
bebe segundos y ebria danza,
su baile es un rito solitario,
un eco sin voz ni nota;
hay un silencio de muerte,
una alegoría sin risas.
La noche se consume en su vigilia, en su sueño muere
y lo sabe: no duerme.
El hombre de gris tiene en su armario sombras,
siluetas que cuchichean un misterio, un rezo fúnebre.
La ciudad aun sueña,
una pesadilla ronda sus calles de tormenta,
caudales de historia la mojan y la secan,
la escriben y reescriben.
Allá afuera hay un silencio sin pasos,
acá hay una trama sin respuestas: todos duermen.
La silueta aún densa mira,
se retrae, ha perdido color
se diluye, busca unos labios,
palpa ausencia,
el hombre de gris se extraña,
sus dedos extrañan y olvidan el talle: la dicha.
Hay una muerte ágrafa,
un silencio sombrío,
una fábula sin trama.
El hombre de gris se contrae,
y pálido ríe,
la noche aún es densa,
y duerme, la ciudad todavía sueña, allá arriba la densidad
aún es más oscura; aquí
el hombre de gris lucha por su vida que es parca: es una
vela que agoniza.
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