Cinco putas de Denver
Gabriel
Núñez Palencia
Tenía aún algunos
buenos dólares. A esas horas no es problema conseguir putas y whisky en Denver.
Había a la entrada del Bar cinco de ellas columpiando sus impúdicos culos de B y sus sonrisas de C muy cosméticas y rojas. Me
rodaron, entonces, un par de tetas por
el brazo diestro.
_Nos invitas una
copa –dijo mientras mascaba una goma y fumaba derramando el humo con su boca
de O ante mi jeta.
_¡Por supuesto!
–dije mientras le palpaba su inquieto culo de B.
_¡He, Abner
alcánzanos unas copas! –el mesero en un tris llegó mientras las otras acomodaban sus complacientes y olorosos culos
a diestra y siniestra de la mesa.
Nos bebimos dos
botellas y les propuse llevármelas a todas en mi latamotor. Les brillé así el fajo de dólares y en otro tris dijeron sí,
sí, sí a varias voces. Nos cargamos cuatro botellas más de whisky y unos porros. Nos enfilamos al Boulevard en
dirección a mi cuarto de rentas ya vencidas.
Me preguntaron mi
nombre, yo no pregunte por los suyos, quizá les dije Nick, Harry o John, da lo
mismo. Me imagine entrando por donde una vez salí púber. Traía la polla latente,
de sobremirar -allende al volante- tantas tetas m.
_¿Nick, dónde están
tus vasos?– les alargue varios cubos.
_Me esperan mi
par de chicos para darles de comer –decía la más pintada con un dejo de borracha nostalgia y locura.
_Desde qué hora
te esperan –preguntó la puta pelirroja.
_¡No lo sé¡
_¡Déjate de tonterías
y sirve la otra copa! –le escupió la puta rubia.
Entonces llegó
McKelvey exigiendo el alquiler.
_¡Saca de aquí
todos estos culos apestosos, incluyendo el tuyo¡
Le di un fuerte gancho en su vientre flojo, aflojándole algo más que el aire de un sonoro ventoso. Cayó como plancha, mientras festejaban histéricas mis cinco
tristes putas.
Me empale con la
de pelo oscuro en el retrete, y luego con la de ojos azul profundo. Tenía listas
en la nevera, varias cervezas. Nos bebimos varios whiskys con hielo, o agua. Se
nos acabó la noche y los porros. Quizá
me le trepe a todas, no lo sé, también da
lo mismo.
Desperté encima
de la más loca, que se quedó varios meses conmigo. Le escribí dos docenas de
poemas y bebíamos día y noche. Otro día, se fue de pronto cargando con sus poemas
y con todas mis pinturas.
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