Soy Bill, no sé realmente cómo fue que
inicio aquello. Lo cierto es que sólo sucedía. Más de una ves me pregunté. No
había remedio. Era inútil preguntarse más. La vida quizá era así, al menos la
mía, creo. Sólo sucedía de noche porque de día era un sujeto normal. Me iba al
trabajo y discutía con los proveedores y clientes, con mi jefa, en especial con
mujeres.
En
casa nunca había sido buena mi relación con ellas. En especial con quien decían
era mi madre, con mi abuela e tías, ella sólo tuvo hermanas, muchas y muy
escandalosas. De niño fui una especie de juguete y para algunas el hijo que no
tuvieron. En el colegio invariablemente las veía, al fin niñas y rehuía de toda
falda. No sé porque el destino me las ponía ahí, siempre mis maestras eran la y
no él.
Me
ocultaba, y no era que jugara a las escondidas, no quería saber de ellas y
cuando fui adolescente llegaba hasta muy entrada la noche y me dormía para muy
de mañana salir, o me encerraba en mi cuarto argumentando que estaba enfermo.
Ellas
cambiaban de pareja como sus calzones y ellos me apretaban los cachetes, <<que
hermosura de creatura, parece una nena. Me purgaba todo aquello, aún ahora me
purga mucho más. Siempre me vestían de pantalón corto y me dejaban crecer el
cabello, que por ser rizado me daba una apariencia que no resisto al espejo
hoy. Por eso uso el cabello muy corto y mucha vaselina.
En
verdad que me volví insociable, porque con ellos tuve ciertos afectos que les
incomodaba y muchas veces me patearon o me señalaban. Me excluía de sus juegos
y me decían marica. Fui aceptado por seres raros, tan extraños como yo.
Fue entonces que una noche tome sus ropas y su maquillaje, zapatillas y
medias, una peluca. La falda más corta que encontré y quedé por mucho tiempo
frente al espejo. No me fue difícil imitarlas, caminar y hablar, mover las
manos, los ojos y la boca, actuar como ellas y mover las nalgas igual, ser una
más de las hermanas de mamá.
La primera noche no tuve que caminar mucho, el auto se detuvo y me
invitó a subir con su puerta que se abrió con un clik. El tipo era maduro, fue
un hombre de voz muy ronca y con mucho bello, me lastimó cuando me montó
desesperado y hasta que terminó dejó de gemir, y me lanzó unos billetes, no era
mi intención cobrar, pero en lo sucesivo paso lo mismo, luego se quedaban muy
tranquilos -quietos- y yo me volvía a mi vida aparentemente normal. Me ponía la
máscara habitual de personita responsable y decente. Ya no discutía tanto con
ellas, e intentaba charlar, luego me traicionaban mis actuaciones nocturnas y
ellas lo notaban y se reían, pero me fueron aceptando entre risas y no pocos rumores.
Mi nombre de noche era Vilma. Cada noche lo hacía y llegaba exhausta a
dormir y desvelada me apostaba en mi obligaciones matutinas, pero hubo errores
y más de una ocasión tuve que remediarlo perdiendo parte de mi sueldo y aún
pagando algo adicional de lo que ganaba por la noche, pero no me importó, me
creía y sentía feliz finalmente.
En la Rúe del Parnaso eran mis andanzas nocturnas, y ahí los dejaba muy quietecitos
cuando terminaban y yo también hacía lo que sin remordimientos quería, pero
luego tuve que retirarme de allá y me moví a la Rúe de Fátima, allá me hice muy
popular pero mi fama no tuvo limite en la Rúe de Lisandro Fuerte, allá mi
felicidad y éxtasis no tuvo freno
Cuando finalmente fueron,
llegaron con violencia por mi al trabajo y me aprendieron, llevaban una orden
de arresto, yo ciertamente ya acumulaba muchos crímenes y era noticia en los
matutinos y vespertinos de la ciudad, no me arrepiento, los volvería a dejar
muy quietecitos, pero siempre después de que dejaran de gemir como cerdos, y por
supuesto no dejaría de apuñalarlos hasta que dejaran de respirar, hasta el
último suspiro.
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