Hoy día el contexto político internacional ha dado lugar a la reformulación de pasados paradigmas en la concepción del Estado Moderno; con la caída del socialismo real se vislumbra, en el ejercicio del poder político, un futuro no muy esperanzador para las ideas colectivistas y socialistas, en oposición al liberalismo individualista; y se presenta a la democracia como un mal menor que evitaría el surguimiernto de sistemas autoritarios, dictaduras o totalitarismos; en nuestro país la democracia ha oxilado entre los ámbitos de lo político y lo jurídico; esto es, una democracia mínima sólo de papel y que, desde la constitución del diecisiete, quiso abarcar el terreno de lo social; lo que muchos hoy denominan democracia sustantiva.
Retomar el tópico de la democracia no es asunto de un sólo ensayo, se han escrito cientos de libros sobre el mismo y su análisis no se escapa a una serie de límites desde el punto de vista analógico y su adecuación al caso particular de nuestra realidad política.
El concepto es un legado del pueblo griego como una forma de gobierno que identificaba al pueblo con la organización de la polis, en donde las funciones de estado estaban en manos del ciudadano como despositante y depositario del poder público.
Esta era una concepción de lo que denominamos la "democracia directa" y que en el tiempo iría desapareciendo en la medida que la vida social se hacía cada vez más compleja; lo que daría pie a la aparición de las ideas de la representatibidad democrática ya que en los Estados Modernos sería imposible que el pueblo ejerciera por cuenta propia el poder; lo que lo obliga finalmente a elegir de entre "los más aptos y capacitados", "los más éticos", a sus representantes.
En principio, fueron varios los siglos que habrían de pasar para conquistar de entrada el inicio de la "soberanía popular" y, así, arribar a las fórmulas representativas.
En el medievo la lucha se dio entre imperios, reinos, feudos y clero; dando paso al nacimiento del concepto de Estado y soberanía; y más tarde a la de las ciudades Estado y su ciudadanía.
La dualidad Estado-soberanía dio inicio a la disputa por la titularidad del denominado "poder soberano", poder perpetuo del príncipe en Hobbes; y de su titularidad concentrada en el pueblo de Rousseau, como un poder soberano que emanaba de la "voluntad general". Doctrinas que construyen en la tradición jusnaturalista del estado natural sus ideas y que se materializan en el "Leviatán" y "El Contrato Social" respectivamente.
Las ideas hobbesianas señalan que el hombre por naturaleza es un ser antisocial, enemigo de sí mismo: el "hombre como lobo del hombre"; desconfiado, egoísta y dominado por sus instintos, los que sólo encuentran freno en el poder.
En Rousseau ésta concepción sufre un giro de consideración, esto es, los hombres son libres e iguales por naturaleza, y es, precisamente en las instituciones donde encuentran su desigualdad, por lo que se hace indispensable retomar la libertad que por esencia les pertenece; por lo que en él y por su voluntad se debe concebir a la soberanía, en este sentido popular.
Las ideas rousseaunianas de soberanía se apoyaron en dos ideas fundamentales: 1)la del estado de naturaleza, y 2)la del contrato social.
En el estado natural los hombres gozan de un estado de paz; pero, cuando se ven obligados a convivir en "sociedad civil" inicia la opresión y la guerra, lo que hace necesaria una nueva organización fundada en la "idea del contrato social"; por el cual cada uno uniéndose a los otros, queda tan libre como al principio; pues han sido las instituciones y en especial la propiedad privada las que dan paso a la desigualdad civil. De aquí la idea de que el hombre renuncia a su libertad natural y adquiere en cambio una libertad positiva que asegura la integridad personal y de sus bienes. Es una suma de fuerzas.
[Es] ...una forma de asociación que defienda y proteja de toda fuerza común a la persona y a los bienes de cada asociado, y por virtud de la cual cada uno, uniéndose a todos, no obedezca sino así mismo y quede tan libre como antes (Rousseau,1990:27)
El "poder público" como un derivado del contrato social existe, de esta manera, en el interés de los miembros que integran a una nación que debe tener el establecimiento y control de un gobierno; y una soberanía fundada en la razón y el derecho natural como producto de un hecho social.
Identifica Rousseau así a la voluntad de todos y cada uno, y considera que la voluntad general es el poder soberano. La libertad y la igualdad representan el deber de cada uno y de todos.
Hasta aquí todo parece estar bien, sin embargo, cabe preguntar si se ha conquistado ya el principio de la democracia y la representatividad ¿El pueblo debe conservar su poder soberano o puede éste transmitirlo o delegarlo?
Por situaciones más que obvias ¡bueno, desde el punto de vista de las preocupaciones maltuserianas y de el crecimiento exponencial de las poblaciones¡ en los Estados Modernos, muchos politólogos combaten el gobierno directo y se inclinan por el gobierno de la representatividad . Algunos encuentran en ello dos clases de vicios: a)en cuanto a su forma, y b)en cuanto a su contenido. En cuanto a su contenido, se considera que la gran mayoría de los ciudadanos son incapaces de conocer las leyes y proyectos a que se les somete; y por lo que toca a su forma, hoy día no es posible reunir a todos los ciudadanos en la plaza pública para deliberar con respecto al ejercicio de gobierno. En las Repúblicas antiguas se contaba por algunas decenas, quizá un ciento ; hoy día se hablaría de multitudes.
Se construye así la doctrina de la "democracia representativa" que es inherente a los estados modernos que hacen imposible la democracia directa, al menos en las grandes urbes .
Encontramos entonces una nueva dualidad de ideas: representación y democracia, en donde la soberanía del pueblo y el poder del pueblo se confunden.
Según Madison, en "El Federalista", la "República" es el gobierno donde tiene efecto el sistema de la representación que da solución y promete perspectivas a lo que venimos desarrollando. En este sentido encontramos una tercera dualidad: democracia y república.
Sus diferencias serían: 1)que ésta última delega la facultad del gobierno a un grupo escogido de ciudadanos que tengan por virtud el patriotismo y la justicia; lo que haría posible que la voz pública se expresara en sus representantes; y 2)que hombres siniestros ocupen el poder e impongan intereses contrarios a los del pueblo depositario de la soberanía.
A lo anterior se sugiere que los representantes deben estar en función de cierto número, para de esta forma evitar las maquinaciones de unos pocos; pero, deben limitarse las cifras para evitar la confusión que produce la multitud (Madison:1787).
Los federalistas parten de la idea de la unión para evitar la presencia de grupos facciosos y la diversidad de intereses en pugna; y se centran en el cumplimiento constitucional y la división de poderes. Pero una constitución puede ser modificada aún si se da una "censura pública" que buscaría evitar los excesos de poder.
Aquí se retomaría necesariamente la discusión sobre el gobierno en sí; es decir, sobre su ejercicio y funcionamiento.
¿Pero qué es el gobierno sino el mayor de los reproches a la naturaleza humana? si los hombres fuesen ángeles, el gobierno no sería necesario [...] Al organizar un gobierno que ha de ser administrado por los hombres para los hombres, la gran dificultad estriba en esto: primeramente hay que capacitar al gobierno para mandar sobre los gobernados; y luego obligarlo a que se regule así mismo. El hecho de depender del pueblo es, sin duda alguna, el freno primordial indispensable sobre el gobierno (Hamilton et. al, 1974: 220-221)
Aquí se puede señalar que el régimen representativo puede no ser acorde con la teoría política que, como bien señalan los federalistas, tiene como fin la justicia y se pueden presentar, entonces, una serie de inconvenientes; a saber, vicios en las elecciones y reelecciones; en sus programas electorales que constituyen en muchas de las veces a desconfigurar las instituciones políticas y el ideal rousseuniano del contrato.
Sin embargo, desde el punto de vista del liberalismo individualista, se ha considerado por excelencia a la democracia representativa como una conquista social; y se ha buscado en consecuencia la abolición absoluta de las autocracias y monarquías, y, por consiguiente, la proliferación de las repúblicas.
La Revolución francesa de 1789 ya había logrado en su favor la lucha por la igualdad y la libertad humana; muestra de ello es la famosa Declaración de los Derechos y Principios de la Soberanía Popular que reconoció al hombre, en general, y al ciudadano en particular.
En la declaración francesa del ochenta y nueve el individualismo encuentra su máximo significado, como expresión político-filosófica de las ideas jusnaturalistas. Otra parte hizo la Revolución norteamericana.
Se reconoce, entonces, los derechos públicos del hombre y se establece su igualdad; "garantizar al hombre el goce de sus derechos naturales imprescindibles", sin más límite que aquellos que aseguren a los otros el goce de esos mismos derechos. La libertad de no hacer aquello que dañe al otro; igualdad fundada en la utilidad común y la propiedad como derecho inviolable de quien nadie puede ser privado, sumando a ello la seguridad.
Irremediablemente, esto nos lleva al terreno económico y al papel del Estado abstencionista y vigilante; al "laisser faire, laisser passer" y la idea del "orden económico natural"; hoy por hoy neoliberalismo y economía global.
Los pueblos no tardaron ni han tardado mucho en darse cuenta de la situación injusta y de abandono a la que nos ha llevado la idea de la "democracia representativa" o "democracia mínima"; en su abandono de desarrollo bajo el juego de las libres fuerzas de un mercado fuerte que se impone sobre el débil.
El caso mexicano es un caso sui generis en el que, en principio, su constitución se presenta como caso único, en su momento, de respuesta a las injusticias sociales que originaron el individualismo liberalista y sus estragos porfirístas; una constitución que al menos en papel otorgaba derechos sociales.
No obstante, años más tarde prácticas del corporativismo y un marcado presidencialismo habrían de dar un cambio radical a la política y a las ideas de la "democracia social".
Ahora, y después de nuestra tan convulsionada historia, se ha hecho necesario el replanteamiento de los paradigmas democráticos y de lo que hoy denominan "transición democrática y alternacia de poder".
El reto sería no quedarse en los laureles de la "democracia mínima" fundada, solamente, en procedimientos legítimos de elección de representantes, en donde la soberanía popular termina en el sufragio y queda en manos de los que supuestamente se postularon como los más aptos y éticos representantes que han de llevar este ideal a una realidad sustantiva.
BIBIOGRAFÍA.
Hamilton et. al. "El Federalista" Ed. FCE, México 1974, 430 pp.
Rousseau, J. Jacobo "El Contrato Social" Ed. Austral, México 1990, 163 pp.
Sayeg, Helú Jorge "México: democracia social" Ed. IPN 1996, 150 pp.
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