Me escribes, sí, hablas de mi ficción como si cualquier cosa. Dices que soy el señor W, ¿qué? No alcancé a leer mi apellido. Que soy un tipo aislado y que vivo aquí en tu mundo. Entre letras que narran mi existencia, que es la tuya, digo, tú me creas o crees crearme, pero te equivocas. Fui yo quien salto aquí, o más bien asalté a tus letras e ideas, a tu mente. Veo que te la pasas escribiendo, ideando un lugar que te guste (que me guste a mí, acaso, o a tus lectores o mujeres) sí, uno más humano tal vez; pero hablas de mí vida como si me conocieras de siempre, que si el señor W es un tipo más gris y más desamparado que las nubes de julio: un bilioso cornudo, y demás tonterías venales y banales.
Mira, amigo G; sí, señor G, porque así firmas tu narrativa, tus cuentos ¿o, no?, tus poemas. No soy tan alto como lo supones, y tengo mi lado luminoso que desconoces. Efectivamente me he aislado de este mundo y me recreo aquí en tu narración fingida y llena de mujeres. Detesto el maquinismo del funcionamiento humano y me resisto a la manipulación de la que tú huyes, y de la que ahora me quieres hacer objeto en la ficción de tu existencia llena de flores y aromas; la que recorres en tu poética amorosa, en tu prosa.
Mi iluminación me viene de las letras precisamente, porque has de saber que soy un hombre de conocimiento, sí, de letras precisamente; y por otro lado, veo que tu te la pasas con las narices entre los libros, entre las páginas que van y vienen por tus ojos de escritor (¿De mujeres, los llenas? ¿Sí, tus ojos?) y tu departamento está anegado precisamente de le-tras, sí, de li-bros (y de e-llas): grandes nombres se pueden leer en tu menú literario, enormes los hombres de letras que se pueden ver por aquí rondando tus libreros, tus ideas y tu vida -¿será sólo el pensamiento de ellos el que anda flotando aquí, sus almas (el de ellas y sus perfumes)? Ocupan al azar sus escritos los entrepaños de tu biblioteca apartamento, me parece (ellas tu vida, considero). Veo que duermes abrazado a tus libros como a la almohada, a las ideas (a e-llas), ¿acaso arrullan tus sueños, tus ficciones.
¿Qué lees ahora, G (quien de ellas duerme contigo, qué escribes, qué lees)? Ese argumento es muy obvio, los personajes debería ser más revolucionarios que la revolución misma, sí, se tiene que acabar con todo esto.
Mucho costumbrismo me parece, mucho determinismo simbólico: imitación. Eso otro que pende por ahí, es muy romántico, sí, un poco de inconformidad e inadaptabilidad, de rebeldía y retiro, pero ¡uh!. No, y sí; aquello otro es muy verosímil, muy real; ¡acaso un ingrediente exótico lo salvaría!, pero tampoco. Eso que ya leíste por allá señor G, ya cayó en desgracia, peca de incomprensión y niega su realidad: eso del “progreso” pues es mera realidad-ficción. Eso de la evolución es ficción-realidad. Eso de los ambientes y de la carga genética, es pura psicología...
Ora que, hacer incisiones precisas es masoquismo puro o ingeniería o medicina literaria, psicoanálisis: ficción-ficción. Eso de la sórdida existencia es sólo drama. ¿Acaso la degradación humana, no es humana señor G? La minucia de la realidad es sadomosoquismo, no ficción. El arte por el arte es un desperdicio del artista, el hombre no es simplemente un minusválido de la burguesía, un aborto del capital. ¡Hay mucho abandono ya, por supuesto! ¿Qué alegato se traen ahora con los sentidos, con el ojo y la plástica literaria? Qué diantres con las onomatopeyas y las sinfonías auditivas, con los neologismos, o con el compromiso simbólico...
¡Caracoles! No señor G, no y no. Eso de los sabores locales es menú a la carta, miscelánea de más realidad-ficción: política, economía y sociedad. Ora que aquello de preocuparse tan sólo por la estética, la psicología y la filosofía, irá bien, le pregunto Don G, lo cree así usted...
¿Regresarse al individuo, qué hay con eso de aventarse; de esos romances idílicos con la fantasía, con las vacas ilustradas y sagradas? Eso de los ismos es ficción-ficción, muy destilado y añejado ya por cierto. ¡Qué el lector se creé el fondo que desea, qué viva el Boom, las novedades! ¡Pamplinas! ¿será, señor G? ¡Pess, pess, no se me duerma G; yo no lo sé, ni lo sabe usted mucho menos tampoco! ¡Aquí huele a flores, a dama, si!...
No, no, por otro lado; yo no idealice a ninguna mujer como usted lo escribe, soy más práctico de lo que supone. Tú, en cambio, señor G, presumes que has encontrado a la mujer ideal, o al menos la has visto por aquí, a la señorita V, ¿o, es qué la leíste en una de estas novelas asidas a tus libreros o que se abrazan a tu sueño como ellas (¿Cómo puedes idealizar a una, si has sido hombre para muchas?); o, es que la encontraste en otra nivola o en este cuonte.
¿Es tu acción o mi acción de la que he o hemos de hablar y escribir en esta obra, o es la simple acción humana, de la realidad-ficción o de la ficción-realidad o de la ficción-ficción, o será en cambio, de la no-ficción, o dime, poeta, de qué trata este cuonte, la vida (¡únicamente de mujeres!) No lo sabes, porque no eres tú el que me escribes, soy yo el que te escribo o quizá, somos ambos la ficción o la vida y nos escribimos a la vez. Cuando yo era un niño, tú ni siquiera habías nacido. ¿Cómo puedes contar de mi niñez, qué has de decir de mi juventud y madurez, qué han de leer aquí de tu vida, de la mía o de la nuestra (de ellas)? El señor W no tuvo una infancia de miseria, el señor W niño pertenecía a una clase aristócrata y no era de este país, sino extranjero; era lo otredad. Te diré algo más: el señor W también era un escritor y poeta. El señor W, escribía...
G. había dejado los pasos andados y por andar, y seguía los pasos de hoy, de aquí y ahora. El diario hablaba de un mundo por demás retórico y en el desasosiego él se leía. El señor G escribía sobre un tal W que no soy yo, pero que en su empeño de escritor pretendía emparentarme con él; con el señor W, y de las correrías femeninas de que G gusta, por supuesto. Con un señor W alto, encorvado, desaliñado, cornudo y gris me emparenta. ¡No!
Volviendo a la mujer ideal poeta, no será que amas o que te gustan ‘las niñas malas’; o aquellas danzas de encuentros y desencuentros mundanos en que se traían al Ricardito limeño aquél o, será ese amor prematuro por La Mariana de Carlitos y sus batallas en el desierto. Ora que, puede ser que te seduzcan las mujeres de ojos grandes de una escritora poblana; como la tía Valeria y su aparente locura o paz interior. Ora que, a la mejor te interesan más las mujeres de Tomás: quizá Teresa, Sabina... Será que te gustan las que a mí me apasionan: Elicia, la puta, por ejemplo. O la Susana, por la que desfallece el mamarracho de Eligio. Pero prefiero a la Maga o a la Helena de Ludvik...
No señor G, usted estaba en esa banca del jardín frente a la iglesia aquella, cierto, de una aristocrática ciudad de la que usted no era parte, menos ella. Había citado allí a la supuesta señorita S, que también era de una clase por debajo de lo popular, era del lumpen: vivía su infierno y era como mí Elicia, ciertamente y lo arrastraba a usted, que era su arrastrado a voluntad ciega, sí, su perrito faldero. Y le ponían a usted los cuernos y las banderillas a modo (incluso con su propio tío, de ella, si, ¿acaso también con el tío suyo?, ¡por Dios, eso es el colmo!), y en las correrías bravías en que no corría sangre se le veía (a ella por lo visto, de usted ni sus luces) y sí , mucha miel se derramaba allá, pero para todos los otros toros, los más avisados que usted.
Yo en cambio, ya hablaba con la señorita Incógnita a quien sólo conocía usted por su sensual voz a través del teléfono (le pasaron una llamada por accidente, buscaba a un señorito G, que no era usted pero, que se hizo su amigo secreto), y que nunca idealicé o idealizó usted, se lo aseguro G. Y ella tampoco era señorita (me lo confeso en una llamada nocturna llorando a mares...), pero era más como la Susana de Eligio o la Maga de Oliveira, nunca como mí Elicia...
Bueno sí, en parte te doy razón y no, pues en realidad nací yo en estos lares y soy un granjero: el señor X y no W; y, tú no eres el señor G, ni vivimos en una ciudad, ni en este tiempo; sino que eres tú el señorito P que no esta ciertamente enamorado, ni de las ‘niñas malas’, ni de las mujeres de ojos grandes, ni de Teresa o Sabina, menos de Elicia, Susana, Maga o la otra Helena; quizá, no de la señorita V siquiera, sino de la señora Y; o será, que más bien amas a la señorita Z, o que...
(De Narraciones fingidas cortas)
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