La Cola del Lagarto
Gabriel Núñez Palencia
Aquella mañana no le dije nada nuevo al Greñas, la calle estaba vacía aquel día. Nada que decir, todos se habían ido ya. Se acabó el jale. Se fueron por más baro. Sin feria no hay diversión. Ni nenas que aflojen, ni pastas, ni mota, menos alcohol.
_Los cabrones conseguirán algo.
_No te la jales (me dijo él) a esos putos ya los torcieron por un kilo que deben al Rostro, madrearon a todos, se dispersaron por la madrugada, no van a caer por aquí, no son pendejos.
Me fui y dejé al Greñas, la ciudad estaba fría y las calles del Eje Central daban cuenta de los primeros ojetes que le llegan a la ciudad. Le di baje a un pendejo con la navaja y lo limpié. Más tarde comí un par de tortas de pierna al lado del Moro. Luego en República de Salvador me topé con el Muelas, le di la vuelta porque no traía ganas de madrearme con él. Me chingué el último papel que traía.
_No Lagarto, no le di prenda, ni le dije que tú te chingaste a la Chiquis, ese guey ya lo sabía, su hermana le dijo que tú te la coges.
_No mames yo no me meto en pedos. (“Nada mas no le digas a tu carnal, mí Chiquis, y sin problema te veo. Tu raza es muy perra y ese guey es muy rabioso.”) Estás pendejo o qué, pinche Caracol, los papeles los tenías que dejar en la esquina de Colombia, no te la jales a quién se los diste.
_Ese cabrón se acercó, como me dijeron y me preguntó qué traía, le dije que los papeles y me extendió la mano, se los di todos con todo y morral.
_No mames, ese puto sepa la madre quién era, ya te chingaste, por pendejo, mejor te escondes o a ver de dónde sacas ese dinero.
Aquella noche le dieron para el Eje uno, por Soto, a El New York y se despacharon unos drinks y luego, se despidió y llegó al hotel Álamos, allí lo esperaría la Chiquis.
Ya estaba ella esperando al Lagarto, sus diminutas prendas dejaban al descubierto un cuerpo impecable y pecaminoso, en realidad la Chiquis era la puta de él y la padroteaba si era necesario. La usaba como al papel sanitario. Ella se dejaba usar y hacer, no le importaba mientras le diera su dosis diaria.
El Rostro estaba enfadado, era él quien surtía la mota en ese cuadro de la ciudad, y nadie, ni los Lagartos y su larga cola le verían la cara de pendejo. Caminó al Centro Histórico, no quería que le llenaran de papeles sus banquetas bien surtidas de hierba. Se ajustó su Sauer Mosquito 22 al cinto, ocultándola con la chaqueta. Caminó aún con el semblante descompuesto.
El Lagarto pidió el cuarto, le dieron la llave al momento. Era buen cliente. Por las escaleras ya le iba sobando las nalgas y las tetas a la Chiquis, aquello estaba hecho agua cuando paso las yemas de su dedos índice y medio por la rajada roja de bellos suaves.
El Rostro se topó con un par de polis y les dio su cuota. Les dijo que iba embarrar de mierda la banqueta de Colombia, “sin problema”, le respondieron.
El Caracol no tuvo ni tiempo de preguntar por el tipo que se llevó la coca, con la mosquito en la frente le mandaron a mejor sitio, y sí, si se embarró la banqueta con su sangre que poco a poco se iba haciendo densa como atole, ante la espera de algún representante del orden público.
(Fragmento inicial de mi novela 2020)
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