viernes, 4 de septiembre de 2020

X'tabay



<<No has de pasar por ese camino y menos briago, porque ahí espantan.  
Ya alegre, después de unos tragos y de un buen baile, quién nos ha de quitar el gusto. Se decía Merejildo ¡Huay, qué miedo! 

La noche había sido larga y abundante en sus placeres. A las muchachas había tocado el talle y estrechado en  el baile de esa noche, les había respirado el cuello y el cabello. 

<<Les he de decir que el Roque estuvo en otra fiesta hace algunos ayeres. Entre la alegría de aquella vez, había conocido a una mujer de la que nunca supo el nombre. Muy bella la criatura, dijo él, y de cara blanca radiante, y de un bello vestido azafrán de sol ajustado al cuerpo, y de cintura breve y nariz respingadita; y ahí, en su pecho, los frutos se le encendían nomás de puro mirarlos de tan dulces y tiernos que se veían. Bailo con ella  y tomó más que de costumbre. La mujer  se dejó tocar y hacer, besar, y bebía él de su boca. 

Roque no podía  creerlo, tan bella la flor. Su aroma le embotaba los sentidos. La mujer le decía que le siguiera, por el camino éste del que todos vienen hablando y tienen espanto. Éste que voy caminando con un poco de temor y desconfianza ya después de  media noche. 

Cuántas mujeres había estrechado él esa noche de baile, pero ninguna como la que le describió el Roque. Estaba tan borracho su amigo aquella vez, que se cayó en medio de la pista de baile. Qué lastima, no hubo poder humano que le levantara para seguir a aquella flor soleada de la que bebía vino de su beso y boca. 

Mira Merejildo, decía el abuelo, ese es el pasaje de X’ tabay, nunca se te ocurra pasar bebido a media noche por allí. Se han desaparecido muchos hombres de parranda y botella, o les han encontrado tiesos y con los ojos bien pelones, la boca bien abierta y la cara compungida por el espanto y bien castrados y sin bolas, planos pues. 

<<No, si yo le decía al Merejildo que esa mujer tenía algo que no era de este  mundo, como si fuera un hechizo de diablo de mujer, de tan   bella y ardiente  que era pues,  pero me caí  de borracho, aunque ya la había besado, tocado y bebido de su boca. Otros dicen que estoy loco, que esa noche me embriague en otro lado, y que ahí bailé solo en  la pista, que ninguna mujer como la que cuento estuvo conmigo, que hay me quedé tirado de borracho hasta el amanecer. Pero yo bebí y me embriagué de la boca de esa flor de hechizo, y aunque ellos no la vieran, yo si la vi, la sentí y me desmayó su beso de vino. 

Como venía diciendo, yo sí le creo al Roque, es borracho pero no hablador. No me importaría seguir bebiendo de esta botella que traigo casi llena, ni compartirla con esa mujer  si  se deja ver ahora por este camino de X’ tabay, como le dicen.

 ¡Huay, que espanto! Vengo que ardo por los tallos de flor que estreché esta noche, y no, no me importa que esa flor de hechizo se deje ver en este momento de luna llena, que le he de tocar, he de  besar y beber de su boca el vino, sin más.

Seguramente yo si estaba borracho, y no bailé con ninguna mujer esa noche de la que le platique a Merejildo, y con seguridad no había flor de hechizo, ni vestido de sol azafrán, ni pelotas. Ni besé, ni toqué, ni bebí  esa noche de ningún labio de mujer. Y sí,  si me quedé tirado de borracho hasta el amanecer yo también. 

El Merejildo me contó después, que él sí, que si vio a la flor ardiente y tibia en el camino de X’ tabay, y que tocó, besó y bebió de esos labios de hechizo, pero que cuando quiso ir  más lejos y tocar entre piernas, se encontró con un  fuste igual  de tieso que el suyo. Que no era una flor, sino un manfloro, y que  no le  quedó de otra,  y que pues lo mató. 
Ahora, el Merejildo se fue  y anda de malas, se perdió por el camino de X’ tabay. ¡Huay, qué espanto no!

(De Narraciones fingidas II)

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