lunes, 31 de agosto de 2020

Amores Gatos



Gatita gruñe y bufa, va de un lado a otro, se siente presa, desde niña buscó salir, a dónde, aún no lo sabía, ir, irse y ningún gato era o sería lo suficiente. Bufaba, quizá por la llegada de un gato más, lo bañaría con su humedad,  arañazos en su espalda, le arañaría el alma, los huesos de ser posible. Ir sin reparo de un apartamento a otro, de un olor nuevo a uno más, siempre más. 
Gatita era el capricho, decir intensidad era evocar sus desdenes y agresividad, sus berrinches y gritos. Le gustaba su piel, ojos y boca; pero los gatos además de gustar de su piel de piñón, bebían de sus bondadosos pechos la dulce y tibia leche de la vida, besaban y lamían siempre con devoción de esa boca con sonrisa ilegible. Se hundían con ahínco en la oscura maleza de su indescifrable encanto y magia. Ningún gato era suficiente, y Gatita terminaba bufando por algún tipo de dolor de muy dentro, porque acababa por aceptar que el nuevo gato invadía su espacio y era una amenazaba a su libertad.
El primer gato se apostó en su vida y se montó en ella y su ideología de forma muy complaciente, pero la ideología no tiene nada que hacer con la cama, ni la cama sabe de abstracciones,  acaso sólo de alguna constelación muy animal, quizá de un poco de antropología, no hay filosofía que valga cuando el amor felino se araña y luego con un dolor indescriptible huye. Se pierde como llegó, se va.
Pero era inevitable, como su amor a las ideas y abstracciones, su ailurofilia terminaba por atraer más gatos a casa, de toda raza, Ragdoll, Maine Coon, Ragamuffin, Cheetoh, Selkirk Rex… Todo felino era bienvenido, por un tiempo muy relativo. Luego huían presos de un deseo laberíntico. 
Ragdoll llegó una tarde de lluvia a casa, Gatita lo bañaba con delicadeza y con el fervor que se debe al juguete recienllegado. Después ese fervor se hacía frío, tibio e incrédulo. Ni siquiera los rollos  teóricos, ni los libros devorados por Ragdoll fueron motivos suficientes, además este gato resultó bebedor y fumador empedernido y solía no llegar o entrar muy tarde en casa. 
Maine Coon llegó una noche de pasión y como la noche partió, y de día llegó  Cheetoh, un día cualquiera se fue también y sin gruñidos dijo bye. Ragamuffin, fue distinto y Gatita creyó que era el gato indicado y así  se lo hizo saber a su adentro y a sus féminas y felinas amigas y demás colegas, y todo iba como se pensaba y su cama y habitación eran un rin de acrobacias y de acuerdos muy húmedos, de rasguños y se gruñía y bufaba por el aparente amor de queso, vino tinto y mucho filete frito. Pero las notas y las lecturas se cansan y si se releen, ya no son las mismas, y minina ya no quiso releer esas notas mojadas, ni beber de ese vino.
Selkirk Rex llegó cuando no se le esperaba, simplemente entró sin pedir permiso y se quedó una noche y luego otra y otra, cuando Gatita se percató ya había un gato más en su vida y casa. Las encerronas eran prolongadas y un bicho como este se apostó sin más cuán largo era en su alcoba y adentros, recorrió sinuoso su oscuro pasado y deseo, discutieron noches enteras letras y letras, vidas ajenas e ideas clásicas y escucharon mucho jazz y rock. Bailaron juntos cada media noche, cada mañana y tarde. 
A Gatita entonces no sólo le empezaron a crecer las ideas, sino que las uñas se le afilaron y le crecieron en demasía. Empezó cada noche de entrega con bufidos cada vez más prolongados, tan largos como sus huidas a sitios ignotos y vírgenes, no había noche que no exigiera a su gato el rezo, se desnudaba con esa prontitud en que apuraba su vino o café. Arañaba tan profundo y lamía todo rincón, lo exigía una extraña manía y se lamía, su pelaje blanco, tan blanco y abundante como su acervo de gatos y letras, daba el brinco increíble, uno más, otro y otro. Bufó y gruñó; gruñía y bufaba como nunca por su nuevo gato, que ya no era Rex, por su espacio y libertad bufaba una vez más.

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