Cáscara de luz altiva que nos envuelve.
Dura de pelar pero de tacto que acaricia el lienzo ebrio;
miradas disueltas en anhelo,
en hojas que se agitan solas,
silenciosas y bajo la lluvia mueren.
Asumo cielos violeta,
días de guardar azul cobre.
De un tinto en copas ebrias que cato a diario.
Tardes de encierro en ti, en tu cuerpo desnudo;
el que hace líneas y se pinta solo en lienzo inmaculado y puro,
senos en curva infinita y púrpura,
en amarillos, blancos, verdes; y en azul.
Noche de puerta cerrada y ventanas llenas de sombras.
Divina,
la corriente de tu cabello que galopa a toque oscuro de cedras.
Cuerpo que se quiebra y pinta
al toque de dedos curiosos e insensatos;
pincel de un tal, Amadeo Modigliani;
ebrio de ti, Jeanne
y sin propósito ni arte sacro alguno.
Profana la caricia tuya,
mi pincel húmedo y etílico.
Asumo la noche despierta que sufre girando;
como si parlara allende el mar y a la lluvia
picada de derivas y alegrías, de furias de rocas mudas.
Acepto tu beso de trino agridulce,
de vuelo suspendido e impuro.
Días de guardar tras tu puerta risueña,
bajo tu falda,
desprendida de ti,
ahíta en vinos y locura.
Días de guardar, Jeanne,
cuando lo único que cazas
es un pez de mármol, de diamante
que se agita en el mar que abrigas,
sola,
la mirada que acaricia;
el largo de tu cuello
de tu beso de cisne,
y tus ojos. Tus ojos nocturnos.
Tus ojos siempre tristes;
y, bajo tu cuerpo
cae cae y cae
muy deshojado, y ebrio mi mundo.
(A un tal Amadeo Modigliani, a Jeanne)
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