martes, 26 de octubre de 2021

Ni luz ni nada

No hay seña
ni luz de aquella,
como si se la hubiera tragado el recuerdo agrietado.
No hay destellos de nada, de sus ojos serranos,
ni de su piel el calor que abraza caliente –y sofoca-
ni río de su boca hay,
ni beso, ni mar, ni brisa;
ni el aire despeina mi cabello –con su mano suave-
ni el viento me susurra nada al oído.
No hay visos ni luz de aquella flor lejana y silvestre.
Como si se la hubiera tragado la tierra desierta y sedienta.
No hay palabras azucaradas, ni rojas,
ni puestas de sol en mí monte de piedra.
Sólo: una pisada del silencio, tenue y vacía,
un ramillo de romelias que piden lluvia:
eso sólo hay: Sí, sí . Un silencio del carajo: muy jijo.
No hay seña, no hay ni cruz ni epígrafe alguno –solo muerte-
Ni suspiros de la noche escucho, no hay ni un ay amoroso.
Como si la hubiera divagado -a ella- un polvo seco y sangrío:
de paloma herida.
Hay, en el pecho, ese recuerdo de fragancias
que se adivinan ya de noche y en mutua soledad.
Hay ilusiones sí, de una piel de leche derramada
y caída.
No hay seña pues de nada.
Ni sombra de aquella mujer serrana.
Como si se la hubiera comido el vacío, 
la sombra de un amanecer, que jamás raya el alba.

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