martes, 26 de mayo de 2020

Greñas crucificado



Lo saludó amablemente con una  amplía sonrisa en sus labios carnosos. Le pidió, entonces,  que se pusiera  cómodo. Que hablara de lo que quisiera. Ella escucharía y  mientras lo hacía, tomaría algunas notas. 
     Me han confundido – dijo él-  repetidas veces con nuestro Señor me confunden; tanto que ahora, el confuso soy yo.  En realidad no creo tener mucho en común con Él, no lo sé. Bueno, las barbas y el cabello; pero, soy más joven. Soy irreverente, sí...; dicen que Él, fue un rebelde, que hizo una revolución, que la historia reinicio a partir de sus pasos; antes de y después de Él. 
     Magdalena tomaba notas. Se dejaba llevar por esa voz melodiosa de él, por el  lenguaje amoroso de sus manos, que también hablaban, por sus ojos; su cabellera de sirena y sus labios, o más bien la barba o su rostro iluminado o toda su estampa. No es correcto enamorarse de tus pacientes -se dijo para sí; pero ya era tarde, estaba prendada de él. Ahora el dilema era si pecaba o no, al enamorarse de Nuestro Señor, al violentar su ética profesional con esos pensamientos que cada vez eran más cálidos.
     Me han crucificado tantas veces –continuaba él- que ellas, sí ella;  se deprimía después de hacerlo. Tenía en la universidad un séquito de seguidores, ella les llamaba mis discípulos. Escuchaban atentamente mis discursos, mis discusiones y divagaciones  literarias. Mis fábulas existenciales, mis escritos surrealistas. Mi poesía Que nunca entendió ni entendí yo. 
     Ni doy limosnas, ni ayuno; quizá oro, cuando doy una vuelta entre mis pasos antes de dormir como pelón de hospicio. Todo lo han complicado, lo sé; Bacon hizo una tela con mi cuerpo, pero es demasiado violenta y no tengo cara que admiren ellas; quién me ha de reconocer así,  y Gibson le puso mucha sangre al asunto. Todas las chicas con quienes he salido; toditas, terminan en suicidas potenciales, la culpa les mata; han pecado de palabra, obra y omisión. 
     Mientras tomaba sus notas le desnudaba. Le quitaba la túnica. Le veía desnudo y quería ser su cruz, crusificarle sin más. La verdad, y siendo sincera, ya se había echado a un Elvis y a un Lenon. Al mismísimo Marcos, que no se quitó el pasamontañas aún encuerado en ese mismo sillón, se lo echó rapidísimo: tenía que regresar a la selva lacandona. Al Rey lagarto se lo despachó en un dormitorio de hotel, después de un concierto que dio en Insurgentes. A Hitler si lo bateó, por eso del holocausto. 
     Si no es molesto para usted – la interrumpió él- le invito a las actividades que me ocupan toda la Semana Santa en Iztapalapa; le espero, al menos, el vienes para que viva y sufra mi cruz. Después nos echamos unas frías, unas bolas oscuras o claras; ora que si prefiere, pues un curado de melón o de lima. 
     En las revistas Arteando y Revoltura escribí la historia –seguía él. Ella terminaba lanzándose a un abismo. Que, qué abismo. Da igual si era de drogas o ninfomanía, o de la Torre Latinoamericana. Sí, si lo hicimos antes de que se lanzará o la tirara yo de un sexto piso. Que no fue así, obvio, no, soy loco...; más no pendejo.  
     Después de tres rondas de oscura ella habló y Él escucho. Lo de Elvis –refería ella mientras él fumaba tras dar dos tragos a su clara- fue por mera calentura, no resistí sus movimientos pélvicos en mi cara. Lenon me gano con Woaman, y pus le aflojé  la ropa.  Marcos me habló de Durito, por eso también le di chance. De Jim, pues es un lagartón, lo despache más rápido que al comandante, porque se puso a mear en mi cama la última vez.  Entonces, cada cual pagó su ronda – por sus bolas-  y se fueron al cinco letras; luego, Magdalena, a seguir pecando y Él, a seguir cargando su Cruz en Iztapalapa.

(CDMX Ángeles o demonios, 
2017)

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