martes, 24 de marzo de 2026

La otra Susana


 


 

Irse, quedarse? No, no hay manera de ir a ningún sitio. Cargar mis huesos sin sentido, ir a ningún lugar. Susana no lo sabe, desconoce  que me embarco en mi mismo, naufragando en el pasado, en mis escritos; coqueteándole al futuro, fugado en el presente.  Ella quizá estará besando al aire el recuerdo de mis besos;  deseando mis manos huérfanas, las que ahora  la recorren en su totalidad desnuda, marina y aún distante y sombría, en  su nada ¿Cuántas susanas sin ropa? ¿Cuántos yo  a la deriva y embarcados en mareas sonoras y equivocas?

 

Debería dejar de llenar estas maletas inútiles y estas líneas con letras  -este cuento en que me leo y la leo-  y viajar con lo puesto, llegar desnudo como en un nuevo parto. Salado como los habitantes  de la costa,  de mi ficción; como estas aguas inútiles para la sed; indiferente como las nubes, efímeras como el vivir y morir juntos  ¡No Susana, no! Aún hay fuego en esta hoguera sólida de piedra. Aún no termina la novela  ni la muerte  en que te escribes.

 

¿Qué les he de decir a ustedes de todo aquello, a ellas cuando me desnudan? Que fue un amor entre ruinas, pero con la carne encendida, siempre ante el asador que abrazaba hambriento los sentidos, el deseo consumado, las pasiones confusas e idas. Sí, distante y lejano; que no hablan y que habitamos. ¿Habitarla? Sí,  con esa furia violenta de que ella harto gustaba.

 

No me digan que debía o no hacer, se parecerían a Susana. Cuando la escribo o cuando la leí en un libro viejo  y  luego, en otro de un escritor  contemporáneo, lo  supe con seguridad. Era ella con su cuerpo soberbio y siempre desnudo, y con mi corbata y mi sombrero puesto ante el espejo, paseándose  a pequeños saltitos por el apartamento atestado de libros  -incluso en el suelo- o leyéndose a su vez ella, en algún cuento argentino o en éste, en el que el escritor juega a que juega, y no solo como un enano, sino que se divierte con el tiempo, la vida, la muerte y su ficción; y que también juega ese juego que todos jugamos y  en el que todos perdemos, y en el que ella sale ganando  invariablemente.

 

Aquella noche en que Susana se desnudaba de la piel que ya le conocía a ciegas, y en que se quitaba algo más que la ropa;  yo la habitaba con esa furia desmedida en que me desconocía y, sí , la trataba como si fuera una puta, como si fuera la última Susana de mi vida.

Me morí, pero ella me resucitó con sus pechos y su lengua. Y una vez en sus adentros, ella me comía, me deglutía entre sus piernas largas y esbeltas, me absorbía todo, y yo la sufría, en serio;  me quedaba en una oscuridad vaginal eterna y me aterraba estar ahí dentro,  encerrado como en una lápida hirviendo,  y más y más caía  en las  profundidades oscuras de ellas, que bien me reconocían, solo en  ellas,  muy lejano entre todas las susanas. Entonces, despertaba de esa mala pesadilla, que siempre soñaba, que siempre tenía. Despertaba sudando frío y con la trusa hecha nata y escribía.

 

Susana se me cruzaba por la ficción y sin más por  las calles, parques y avenidas -por los museos y librerías y cines y teatros- en cualquier chica le veía, en cualquier mujer  le besaba; las habitaba rabioso a todas  pensándola, respirándole.

La tarde de ayer, la saboree en ese helado de fresa que tanto le gustaba y el sábado próximo, me la bebí en una botella de ron muy añejo. La otra tarde del año que viene me la fume desesperado y me la volvía a beber  en el año 2028 en un par de cervezas obscuras, y en un café aromático -caliente- y la volví a leer en una novela que aún escribe el escritor novel. Era una niña muy mala y picara. A la semana siguiente le hice el amor en una camarera que acababa de conocer en el hotel en que me refugiaba -para escribir o leer o jugar con la creación narrativa.

 

Es inútil, siempre en movimiento, siempre voy a algún sitio, pero ahí esta ella:  aún desvistiéndose distante para mí,  no le importa mi destino;  no importa a donde llevo mi esqueleto y los libros en que la releo y reescribo. Cuando estuve con ella en el infierno y nos matamos, ambos nos quemábamos,  y no nos importaba arder de esa manera, y cuando la retuve en el paraíso, pues cambió su nombre por  otro -siempre ha cambiado su nombre- no importa como se llame ahora Susana -o cual sea su nuevo sueño.

 

Sé  que cuando desembarque  y despierte de este viaje y trance náutico o lunático, aún sin estas maletas -siempre preferí llevar las de ellas- Susana estará ahí abajo - y yo arriba- ella al pie de la  embarcación sonriendo muy  monalisa, deleitándome con algo más que sus labios y mentiras. Y me volverá a llevar a ese lugar sombrío y solitario de sus pesadillas,  donde nos matamos y renacemos en literatura y letras  -yo la escribiré en un ciento de cuentos, poemas y novelas más - me ha de arrastrar a ese lugar  en que todos arden desnudos y solos, a ese otro infierno en el que inevitablemente nos consumiremos a diario todos ya sin piel, cenicientos y lunáticos.


Gabriel Núñez Palencia

 

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