jueves, 2 de abril de 2026
El existencialismo en las sociedades líquidas: la ilusión del “ahorita” y la perversión de vivir
La vida a crédito: deuda, finitud y responsabilidad en la existencia contemporánea
martes, 31 de marzo de 2026
“Brumas del ser: la poética del desvanecimiento en Vivir de Gabriel Núñez Palencia”
domingo, 29 de marzo de 2026
La disolución de lo común: comunidad, Estado y sujeto en la era del capitalismo global tecnificado
sábado, 28 de marzo de 2026
Modelo CO-VALOR: Incentivos y Reconocimiento para la Calidad en la Pequeña Empresa
**Sin un sistema de compensaciones y reconocimiento, la calidad suele volverse un discurso vacío, porque no se alinea con los incentivos reales del comportamiento humano.
viernes, 27 de marzo de 2026
La gramática del “co-”: hacia una metodología de corresponsabilidad e integración sustantiva en la empresa contemporánea
La integración sustantiva como fundamento de la corresponsabilidad contemporánea: hacia una ética de la articulación significativa
El prefijo “co-” como paradigma de humanización laboral: hacia una ética de la corresponsabilidad en la era postindustrial
jueves, 26 de marzo de 2026
Hacia una democracia industrial: la reinvención humana de la producción en la era post-ideológica
martes, 24 de marzo de 2026
La otra Susana
Irse, quedarse? No,
no hay manera de ir a ningún sitio. Cargar mis huesos sin sentido, ir a ningún
lugar. Susana no lo sabe, desconoce que
me embarco en mi mismo, naufragando en el pasado, en mis escritos; coqueteándole
al futuro, fugado en el presente. Ella
quizá estará besando al aire el recuerdo de mis besos; deseando mis manos huérfanas, las que
ahora la recorren en su totalidad
desnuda, marina y aún distante y sombría, en
su nada ¿Cuántas susanas sin ropa? ¿Cuántos yo a la deriva y embarcados en mareas sonoras y
equivocas?
Debería dejar de
llenar estas maletas inútiles y estas líneas con letras -este cuento en que me leo y la leo- y viajar con lo puesto, llegar desnudo como
en un nuevo parto. Salado como los habitantes
de la costa, de mi ficción; como
estas aguas inútiles para la sed; indiferente como las nubes, efímeras como el
vivir y morir juntos ¡No Susana, no! Aún
hay fuego en esta hoguera sólida de piedra. Aún no termina la novela ni la muerte
en que te escribes.
¿Qué les he de
decir a ustedes de todo aquello, a ellas cuando me desnudan? Que fue un amor
entre ruinas, pero con la carne encendida, siempre ante el asador que abrazaba
hambriento los sentidos, el deseo consumado, las pasiones confusas e idas. Sí,
distante y lejano; que no hablan y que habitamos. ¿Habitarla? Sí, con esa furia violenta de que ella harto
gustaba.
No me digan que
debía o no hacer, se parecerían a Susana. Cuando la escribo o cuando la leí en
un libro viejo y luego, en otro de un escritor contemporáneo, lo supe con seguridad. Era ella con su cuerpo
soberbio y siempre desnudo, y con mi corbata y mi sombrero puesto ante el
espejo, paseándose a pequeños saltitos
por el apartamento atestado de libros
-incluso en el suelo- o leyéndose a su vez ella, en algún cuento
argentino o en éste, en el que el escritor juega a que juega, y no solo como un
enano, sino que se divierte con el tiempo, la vida, la muerte y su ficción; y
que también juega ese juego que todos jugamos y
en el que todos perdemos, y en el que ella sale ganando invariablemente.
Aquella noche en
que Susana se desnudaba de la piel que ya le conocía a ciegas, y en que se
quitaba algo más que la ropa; yo la
habitaba con esa furia desmedida en que me desconocía y, sí , la trataba como si
fuera una puta, como si fuera la última Susana de mi vida.
Me morí, pero ella
me resucitó con sus pechos y su lengua. Y una vez en sus adentros, ella me
comía, me deglutía entre sus piernas largas y esbeltas, me absorbía todo, y yo
la sufría, en serio; me quedaba en una
oscuridad vaginal eterna y me aterraba estar ahí dentro, encerrado como en una lápida hirviendo, y más y más caía en las
profundidades oscuras de ellas, que bien me reconocían, solo en ellas,
muy lejano entre todas las susanas. Entonces, despertaba de esa mala
pesadilla, que siempre soñaba, que siempre tenía. Despertaba sudando frío y con
la trusa hecha nata y escribía.
Susana se me
cruzaba por la ficción y sin más por las
calles, parques y avenidas -por los museos y librerías y cines y teatros- en
cualquier chica le veía, en cualquier mujer
le besaba; las habitaba rabioso a todas
pensándola, respirándole.
La tarde de ayer,
la saboree en ese helado de fresa que tanto le gustaba y el sábado próximo, me
la bebí en una botella de ron muy añejo. La otra tarde del año que viene me la
fume desesperado y me la volvía a beber
en el año 2028 en un par de cervezas obscuras, y en un café aromático
-caliente- y la volví a leer en una novela que aún escribe el escritor novel.
Era una niña muy mala y picara. A la semana siguiente le hice el amor en una
camarera que acababa de conocer en el hotel en que me refugiaba -para escribir
o leer o jugar con la creación narrativa.
Es inútil, siempre
en movimiento, siempre voy a algún sitio, pero ahí esta ella: aún desvistiéndose distante para mí, no le importa mi destino; no importa a donde llevo mi esqueleto y los
libros en que la releo y reescribo. Cuando estuve con ella en el infierno y nos
matamos, ambos nos quemábamos, y no nos
importaba arder de esa manera, y cuando la retuve en el paraíso, pues cambió su
nombre por otro -siempre ha cambiado su
nombre- no importa como se llame ahora Susana -o cual sea su nuevo sueño.
Sé que cuando desembarque y despierte de este viaje y
trance náutico o lunático, aún sin estas maletas -siempre preferí llevar las de
ellas- Susana estará ahí abajo - y yo arriba- ella al pie de la embarcación sonriendo muy monalisa, deleitándome con algo más que sus
labios y mentiras. Y me volverá a llevar a ese lugar sombrío y solitario de sus pesadillas, donde nos matamos y
renacemos en literatura y letras -yo la
escribiré en un ciento de cuentos, poemas y novelas más - me ha de arrastrar a
ese lugar en que todos arden desnudos y
solos, a ese otro infierno en el que inevitablemente nos consumiremos a diario todos
ya sin piel, cenicientos y lunáticos.
Gabriel Núñez Palencia