domingo, 20 de marzo de 2022

Lucila a las dos de la tarde




Lucila se mira en tus ojos. Te absorbe. Está y no está. Te  lleva como en un sueño a sitios líquidos  inimaginables. La encuentras en  cada uno de estos sin faltar a la cita.  Luego se va como siempre para volver en cualquier momento y lugar sin importarle nada: ni tú le importas. 

La otra vez estaba en una isla sin su Robinson -es decir sin ti- ni su Viernes -es decir, sin el otro. Estaba jugando con la arena a inventar relojes de tiempo que no funcionan a propósito. A construir naves en las que nunca se embarcan. 

Son las dos de la tarde menos cinco. Lucila no llega. Siempre ha jugado con el tiempo. Con todo juega. En una ocasión jugó a que contaran  hormigas que salían de su comunidad, y que las siguieran en su odisea. Se fue la tarde, también Lucila.

Son las dos menos cinco. Lucila se mira en el espejo y se gusta, se mira y ríe. Saca un conejo de su boina bolivariana. Después te sorprende con una lluvia de papelitos de colores varios. Luego vuelve al espejo y se desprende de sus ropas delante ti y de quien este, sin  importarle un bledo su naturaleza, ni la tuya, ni la de nadie. 

La tarde de un día cualquiera juegan a ser personajes de esta historia, que escriben sin darse cuenta.  Luego, por la noche de un mes indescriptible, la ves nadando en tu pecera, se confunde con los peces de colores. Después la ves en una película muda: actúa  al lado del diminuto hombre del bombín y el bigotito.   

Son las dos menos cinco. Lucila no ha terminado de enterrar a su madre y hace una tarta de manzana en la cocina de tu apartamento. Más tarde llora desconsolada leyendo a Neruda. Fuma dos cigarrillos sin filtro que ella misma fabrica, y toma luego, un café; mucho café  más amargo que la vida de Frida.

A la Lucila, la han confundido con diferentes actrices y le han pedido autógrafos por la calle. La noche de un jueves un promotor de talentos le ofrecía un papel protagónico en una telenovela venezolana. Ella le dijo que le llamaría: no llamó. No te llama a ti. 

Son las dos menos cinco. Lucila tarda horas entre las piernas de Viernes, días encerrados en sus cuerpos y  sin comer siquiera, solo beben cerveza fría de bote. Aún sigo aquí, esperándola y no llega, siempre la espero, indistintamente pasa el tiempo y no llega.

Son las dos de la tarde, Lucila duerme y sueña que tiene una cita conmigo, a la que no llego. Yo me encuentro en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México escribiendo este cuento.

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