Cinco putas de Denver
Tenía aún algunos buenos dólares. A esas horas no es problema conseguir putas y whisky en Denver. Había a la entrada del Bar cinco de ellas columpiando sus impúdicos culos de B y sus sonrisas de C muy cosméticas y rojas. Me rodaron, entonces, un par de tetas por el brazo diestro.
_Nos invitas una copa –dijo mientras mascaba una goma y fumaba derramando el humo con su boca de O ante mi jeta.
_¡Por supuesto! –dije mientras le palpaba su inquieto culo de B.
_¡He, Abner alcánzanos unas copas! –el mesero en un tris llegó mientras las otras acomodaban sus complacientes y olorosos culos a diestra y siniestra de la mesa.
Nos bebimos dos botellas y les propuse llevármelas a todas en mi latamotor. Les brillé así el fajo de dólares y en otro tris dijeron sí, sí, sí a varias voces. Nos cargamos cuatro botellas más de whisky y unos porros. Nos enfilamos al Boulevard en dirección a mi cuarto de rentas ya vencidas.
Me preguntaron mi nombre, yo no pregunte por los suyos, quizá les dije Nick, Harry o John, da lo mismo. Me imagine entrando por donde una vez salí púber. Traía la polla latente, de sobremirar -allende al volante- tantas tetas m.
_¿Nick, dónde están tus vasos?– les alargue varios cubos.
_Me esperan mi par de chicos para darles de comer –decía la más pintada con un dejo de borracha nostalgia y locura.
_Desde qué hora te esperan –preguntó la puta pelirroja.
_¡No lo sé¡
_¡Déjate de tonterías y sirve la otra copa! –le escupió la puta rubia.
Entonces llegó McKelvey exigiendo el alquiler.
_¡Saca de aquí todos estos culos apestosos, incluyendo el tuyo¡
Le di un fuerte gancho en su vientre flojo, aflojándole algo más que el aire de un sonoro ventoso. Cayó como plancha, mientras festejaban histéricas mis cinco tristes putas.
Me empale con la de pelo oscuro en el retrete, y luego con la de ojos azul profundo. Tenía listas en la nevera, varias cervezas. Nos bebimos varios whiskys con hielo, o agua. Se nos acabó la noche y los porros. Quizá me le trepe a todas, no lo sé, también da lo mismo.
Desperté encima de la más loca, que se quedó varios meses conmigo. Le escribí dos docenas de poemas y bebíamos día y noche. Otro día, se fue de pronto cargando con sus poemas y con todas mis pinturas.
(Gabriel Núñez Palencia)
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