Gabriel
Núñez Palencia
Siempre se mofaban de ellas. Aún no había visto
alguna. Cuando vi la primera me dieron ansías, temblé y sudé de pies a cabeza.
No era común que alguien te las mostrará así porque sí. Tenías que aventurarte
tú y atreverte a tocar una, una que se dejara acariciar.
Me
dijeron que te provocan, que te devoran el vientre, que te enredan y dejan
idiota. Que era peligroso intentar
domesticarlas. Comentaban que algunas eran viudas o violinistas, pero que todas
eran oscuras, aunque las había rubias y pelirrojas. Algunas lucían en todo su
colorido, pero, me previnieron, que ello era para deslumbrarme, para llenarme
de veneno.
Desde entonces me obsesionan las arañas y me
enfermo de fiebre cada día. Tengo sueños y pesadillas a toda hora. Cuando
aquella araña llegó a casa y dejó verse en todo momento con un descuido cínico y provocativo algo raro me inquietaba y
sucedía. Quería probar ese veneno. No me importaba morir envenenado. La deje pasearse por mi cuarto, por mi cuerpo
y cama, y la toque muy lento; primero suavecito y con temor, después la
estrujaba con violencia y la besaba, y la olía y respiraba, la embestía con
furia.
La araña me empezó a visitar con harta
frecuencia y en los lugares menos o más indicados: los rincones oscuros, el
jardín de la casa, bajo la cama, el baño, debajo de la mesa, en las sillas, etcétera. Noté que el
vigor y empeño que me excita y provoca al principio cuando la tengo enfrente moría de repente, se iba y me dejaba tan débil que empezaba a creer en los
efectos efectivos de ese veneno suyo.
Yihe, trajo su hermosa araña a mi lecho y ambos
nos mecíamos en su enredo, pero cuando ella se llevó su araña tan presumida a presumirla en otros sitios, me molesté y le
pedí que le enredara su telaraña a otro,
que a mí esos enredos no me gustaban. Luego, llegó una araña muy venosa que
casi me mata y que me enseñó nuevos movimientos y me enredé con mucha facilidad
en su tela y juegos.
Después no sé cómo sucedía, o cómo se las
ingeniaban las arañas para entrar a mi vida. Las encontraba a mi paso. Con
frecuencia me las quitaba de los hombros, de los brazos, del pantalón, de la
cara... Me dijeron que no hiciera eso que era afortunado, que las arañas me darían mucha suerte, que eran dinero. Y sí,
si lo creo, las arañas me daban todo, en
especial dinero, aunque yo no les pedía nada más que juegos.
Es curioso, me siguen obsesionando y causando
fiebre y ansias. Me enredan y tengo pesadillas a causa de ellas, pero me
encantan, me seducen con su luz y
textura. ¡Vivan las arañas...! ¡Aunque algún día sé, que terminaré envenenado por una de ellas...!
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