Universidad Autónoma de la Ciudad de México, UACM
Tú, en la cama, encendida. Tú cabello oscuro y suelto como río
creciente. Ese vestido rojo tuyo caído, y tus ojos, tus ojos iluminando la
noche también desnuda, como tus senos, y la breve cintura: las ventanas, las puertas abiertas, lo mismo que tus piernas, y una prenda
única, cubriendo celosa, la joya de mi deseo.
A la ventana, una desbandada de aves y corceles
blancos en irrefrenable vuelo y carrera. De nuevo el vestido rojo en el suelo,
y tus ojos, tus ojos iluminando mi
cuerpo expuesto al frío, a esa hoguera
de tu cuerpo, de tus piernas. Cascos de caballos desbocados, a galope a pelo, aves
al viento.
Luego tú ahí, prendida, expuesta, sin nada, sólo mordiendo mis labios,
una manzana roja y jugosa, dulce como tu boca, blanca como tus dientes que me
muerden. Tus labios entreabiertos saboreando mis ansias, sin palabras. Después
tu mano, en tu sexo y en el mío lujuriosa, lasciva. Tus movimientos rítmicos,
los corceles, las aves blancas aún en
vuelo, la carrera irrefrenable. Yo y mi
lluvia de besos y caricias y envestidas, galopando a pelo. Tú al vuelo. El
fuego se aviva, nos abraza, nos consume. Tu alcoba se incendia, los
caballos siguen en su carrera infinita. Tu cabellera explota, aves salen de tu
boca, se desborda el río inundándolo todo, flotamos en una cama y sobre un mar
tranquilo y azul profundo, como tus ojos, y vienes a mi oído y dices: te amo, muchas veces lo dices, hasta que se
duerme la noche y se cansa tu boca, y despierto sin alcobas encendidas o camas que
flotan en aguas tranquilas.
Al suelo, ese vestido rojo tuyo que
imagino caído, y tus ojos iluminando la siguiente noche, y la siguiente, y la
siguiente; todas las noches desnudas de todos los días y meses y años, como tus
senos y tu breve cintura, que ahora palpo en el vacío y bajo las sabanas huérfanas de mi sueño. Las
ventanas y puertas cerradas, herméticas
y sin llamado alguno, sin te amos a mi oído; la noche a secas y sin corceles ni aves blancas, ni hogueras, ni joyas ocultas, ni
viento, ni pieles expuestas, ni ojos azul profundo, ni palabras que se cansan
en tu boca. Solo un silencio frío y sin
correspondencia ni remitente ni giro postal alguno.
Sólo, sólo es que tengo frío,...sólo es qué:
te sueño, solo, que imagino que te amo en una cama encendida, y aún sin
conocerte, y sin saber quien eres... Tú. Yo, soy el iluso que te escribe esto,
a lo que algunos y algunas que escriben llaman y llamaremos, por los siglos de
los siglos, letras.
Gabriel Núñez Palencia