Cuando el señor Ordaz preguntó a su esposa si nuevamente
estaba preñada, un escalofrío helado recorrió su espina dorsal: con dos idiotas
era suficiente, un inútil más en casa era inaudito; insoportable, pero en la
ciudad sólo nacían idiotas, quizá designios de una postmodernidad o el
vaticinio del fin de la racionalidad humana.
Los Pérez decidieron no tener hijos, sin
embargo, la ciudad se estaba llenando de bebes idiotas y en algunas décadas
dejarían de existir personas cuerdas e inteligentes. En las escuelas iniciaba
ya la primera generación de idiotas y los profesores no sabían cómo lidiar con
esta situación alucinante.
La señora de Peña había intentado un aborto
desesperado y lo único que logró fue no solo tener un idiota más en casa, sino
que además, el neonato se malformó dando a luz, sí, un idiota, pero irreconocible como humano. Por las calles aún
quedaban algunos ancianos cuerdos, pero la ciudad ya se encontraba plagada de idiotas y los hábitos, costumbres y
valores ya se había alterado. Se había transformado la sociedad en una masa de
acciones humanas sin sentido y caóticas.
Los idiotas
no sabían conducir, así que por calles, parques y avenidas sólo se les
veía ir sin acierto de un lado a otro, y en los centros comerciales tomaban
productos de manera arbitraria sin pagar
por ello un solo centavo. Era esta una ciudad de idiotas nómadas que
iban de un lugar a otro tomando lo que una pizca de intuición, tal vez animal,
les exigía: alimento, pero sin respetar un tiempo adecuado para alimentarse.
Los idiotas de Salinas desollaron a sus
abuelos y se los dieron de comer a los perros de casa, y a los que se encontraban en su aleatorio andar. En el Colegio
Imperial, en que asistían los idiotas hijos de la gente bien, cada día había
saldos de idiotas ahorcados o degollados por otros idiotas -lo mismo sucedía en
las escuelas públicas- todo se había salido de control, los noticieros que muy
pronto dejarían de existir, pronosticaban que la racionalidad humana estaba
condenada a desaparecer de la faz de la tierra.
Un ochenta por ciento de la ciudad estaba
ahora compuesta por idiotas y el veinte por ciento restante estaban muy cerca
de perder la cordura, ya que los idiotas no hablaban ni poseían, al parecer,
ningún contenido significativo en sus testas enmarañadas y sucias. En esta ciudad de dementes empezaron a
sucederse una cadena de accidentes: incendios, ahogados, ahorcados,
atropellados, fracturados... Obviamente no había ya la posibilidad de atender
estas emergencias, así que empezaron apilarse cadáveres por todos sitios, y
esto propicio plagas y más miseria y enfermedades.
Se decretó una alerta generalizada en las
ciudad y un estado de sitio, pero los idiotas no entendían nada de ello: la
industria se paralizó, lo mismo que toda
actividad administrativa, política y
económica. No había a quien gobernar y explotar, el tráfico de drogas y la
delincuencia organizada era un vago recuerdo de la gente aún cuerda; y la
corrupción, el clientelismo partidista y el neopotismo, dejaron de ser
practicas civiles nefastas, ya que lo nefasto había a su vez acabado, y
adquirido en los sucesivo un sentido absurdo de ser.
Los idiotas deambulaban como indigentes por
la ciudad y pernoctaban donde les llegaba la noche, a veces se refugiaban, en días de lluvia o
frío, en las casas de la ciudad, que ahora invariablemente se encontraban con
las puertas abiertas de par en par. Las
áreas vedes lucían descuidadas y como una maleza boscosa, y en medio de la
indigencia idiota se escuchaba en todo momento un murmullo sin sentido como
croar de ranas, y lapsos de carcajadas sosas, lentas y babosas.
Los instrumentos humanos: teléfonos,
televisores, autos...; todo, era ahora
inservible, y más absurdo que la masa de idiotas. Desapareció toda institución
humana y la ciudad se transformó en un poblado animal. Los idiotas hacían sus
necesidades de forma erecta, y todo olía a orines y mierda.
Cuando aún quedaba una decena de gente inteligente,
estos se lamentaban por la humanidad, ya
que se daban cuenta del uso equivocado que invariablemente hicieron con su intelecto; con esa chispa cósmica de luz, y al mirar a la masa de idiotas, comprendían el
absurdo en que habían caído y vivido a su vez durante los últimos veinte siglos:
destrucción, guerra, explotación y miseria
humana.
Entonces esta decena se dispersó..., y se fue confundiendo con la masa de idiotas,
perdiendo finalmente lo que de cordura e inteligencia les quedaba: se acabó en
la nada esa chispa cósmica del designio evolutivo de lo que alguna vez fueron,
se extinguieron los que alguna vez fueron amos y señores del paraíso.
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