martes, 26 de abril de 2022

Ciudad de Idiotas


 

 

Cuando el señor  Ordaz preguntó a su esposa si nuevamente estaba preñada, un escalofrío helado recorrió su espina dorsal: con dos idiotas era suficiente, un inútil más en casa era inaudito; insoportable, pero en la ciudad sólo nacían idiotas, quizá designios de una postmodernidad o el vaticinio del fin de la racionalidad humana.

 

Los Pérez decidieron no tener hijos, sin embargo, la ciudad se estaba llenando de bebes idiotas y en algunas décadas dejarían de existir personas cuerdas e inteligentes. En las escuelas iniciaba ya la primera generación de idiotas y los profesores no sabían cómo lidiar con esta  situación alucinante.

 

La señora de Peña había intentado un aborto desesperado y lo único que logró fue no solo tener un idiota más en casa, sino que además, el neonato se malformó dando a luz, sí, un idiota, pero  irreconocible como humano. Por las calles aún quedaban algunos ancianos cuerdos, pero la ciudad ya se encontraba plagada  de idiotas y los hábitos, costumbres y valores ya se había alterado. Se había transformado la sociedad en una masa de acciones humanas sin sentido y caóticas. 

 

Los idiotas  no sabían conducir, así que por calles, parques y avenidas sólo se les veía ir sin acierto de un lado a otro, y en los centros comerciales tomaban productos de manera arbitraria sin pagar  por ello un solo centavo. Era esta una ciudad de idiotas nómadas que iban de un lugar a otro tomando lo que una pizca de intuición, tal vez animal, les exigía: alimento, pero sin respetar un tiempo adecuado para alimentarse.

 

Los idiotas de Salinas desollaron a sus abuelos y se los dieron de comer a los perros de casa, y a los que se  encontraban en su aleatorio andar. En el Colegio Imperial, en que asistían los idiotas hijos de la gente bien, cada día había saldos de idiotas ahorcados o degollados por otros idiotas -lo mismo sucedía en las escuelas públicas- todo se había salido de control, los noticieros que muy pronto dejarían de existir, pronosticaban que la racionalidad humana estaba condenada a desaparecer de la faz de la tierra.

 

Un ochenta por ciento de la ciudad estaba ahora compuesta por idiotas y el veinte por ciento restante estaban muy cerca de perder la cordura, ya que los idiotas no hablaban ni poseían, al parecer, ningún contenido significativo en sus testas enmarañadas y sucias.  En esta ciudad de dementes empezaron a sucederse una cadena de accidentes: incendios, ahogados, ahorcados, atropellados, fracturados... Obviamente no había ya la posibilidad de atender estas emergencias, así que empezaron apilarse cadáveres por todos sitios, y esto propicio plagas y más miseria y enfermedades.

 

Se decretó una alerta generalizada en las ciudad y un estado de sitio, pero los idiotas no entendían nada de ello: la industria se paralizó, lo mismo que  toda actividad  administrativa, política y económica. No había a quien gobernar y explotar, el tráfico de drogas y la delincuencia organizada era un vago recuerdo de la gente aún cuerda; y la corrupción, el clientelismo partidista y el neopotismo, dejaron de ser practicas civiles nefastas, ya que lo nefasto había a su vez  acabado, y  adquirido en los sucesivo un sentido absurdo de ser.

 

Los idiotas deambulaban como indigentes por la ciudad y pernoctaban donde les llegaba la noche,     a veces se refugiaban, en días de lluvia o frío, en las casas de la ciudad, que ahora invariablemente se encontraban con las puertas abiertas de par en par.  Las áreas vedes lucían descuidadas y como una maleza boscosa, y en medio de la indigencia idiota se escuchaba en todo momento un murmullo sin sentido como croar de ranas, y lapsos de carcajadas sosas, lentas y babosas.

 

Los instrumentos humanos: teléfonos, televisores, autos...;  todo, era ahora inservible, y más absurdo que la masa de idiotas. Desapareció toda institución humana y la ciudad se transformó en un poblado animal. Los idiotas hacían sus necesidades de forma erecta, y todo olía a orines y mierda.

 

Cuando aún quedaba una decena de gente inteligente, estos se  lamentaban por la humanidad, ya que se daban cuenta del uso equivocado que invariablemente hicieron con su  intelecto; con esa chispa cósmica de luz, y  al mirar a la masa de idiotas, comprendían el absurdo en que habían caído y  vivido  a su vez durante los últimos veinte siglos: destrucción, guerra, explotación y miseria  humana.

 

Entonces esta decena se dispersó...,  y se fue confundiendo con la masa de idiotas, perdiendo finalmente lo que de cordura e inteligencia les quedaba: se acabó en la nada esa chispa cósmica del designio evolutivo de lo que alguna vez fueron, se extinguieron los que alguna vez fueron amos y señores del paraíso.

 

 

 

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