El viejo había sido un pelotero profesional, ahora la edad y la bebida dejaban ver los signos de un pasado vertiginoso; apenas probaba bocado, y bebía directamente el licor de la botella, se mantenía ebrio y parlando con los recuerdos y antiguas glorias.
John había jugado pelota con los grandes
cuando las crónicas únicamente se escuchaban por la radio de pilas, en el
momento que el chico hablo con él por vez primera, John fue el Dios, el manager
supremo. Le obsequió el bate del Triple Play que le llevó al Salón de la Fama
de la Liga Nacional de Béisbol; cuando se
robaron bases a diestra y siniestra; y
los traían a palo y palo, con batazos por todos lados; fue la noche del Hit que
lo elevó más allá del foul celestial.
Le regaló además, una manopla y una bola
de hilo de lana, y John aceptó ser al manager de los Júniors rapados, el chico
era rápido de piernas para robar bases e inició como primera base en los Júniors,
era zurdo y buen bateador, y el coach le dio el cuarto bate.
John, aquel junio del cincuenta y cinco
había bateado como sólo Dios sabe, y su equipo había llegado a la cumbre, esa
noche llenó su flamante auto de putas y de vicio, y junto con su coach, su
cachear, el pitcher y tres peloteros más se dedicaron a robar algo más que bases, pues traían a palo a las chicas
del lápiz labial rojo. La madrugada de ese domingo fatal se volcó su auto
quedando únicamente él con vida, nunca más volvería a jugar en las Grandes
Ligas de Béisbol Americano.
Aquella mañana el chico encontró al viejo
ahogado en alcohol y tendido a todo su largo sobre el piso frío de su
habitación. Le cubrió con una manta y le dejó un par de cervezas de lata, unos
cigarros y y un par de latas de atún. Más tarde los Júniors rapados jugarían la
final colegial.
John después del accidente aquel se había
refugiado en putas y el wisky y su
cuenta bancaria poco a poco se minó, algún tiempo se le miró con una rubia, luego con una
pelirroja y sus últimos brincos los pasó con una mujer asiática llamada Hana.
El temperamento de Hana era una llama intermitente y John
utilizaba la pinga como en antaño el bate en posición para meter el Hit a la gloria, para acometer batazos por doquier y pretender llegar de esta manera más
allá del foul, y así hasta que finalmente
Hana lo ponchara.
Sus noches de bares y mujeres nocturnas,
su soledad y su amor al béisbol le llevaron de encuentro a encuentro, de aquí al
infierno, y de su averno a la bondad del chico, que lo acogió como al abuelo
que no conoció, al amigo imaginario de sus cinco años, o al camarada inseparable
que sólo en él conoció. Cuando el chico llego al estadio consideró cada uno de
los concejos del viejo: rodar la bola en
el césped, hacerla botar en la pared de limite de foul, ver si no había
corrientes de aire filtradas por ahí, y todos sus demás, pero había olvidado en
casa el bate del Hit a la gloria que el viejo le obsequiara.
El encuentro era regio, estaban en short
stop y tenían un buen pelotero, pero la suerte se inclinó a favor de los contrarios
y les metieron un doble play. El pitcher era zurdo al igual que él y
esto le complicaba su bateo: un strike, otro y luego un bateo a outfielder que
perdió el fildeador.
La tarde no era para más había olvidado el
bate de la suerte, pero en su maleta traía los spikes, el guante del viejo, la
bola de hilo y la vieja camiseta roída que también le obsequió; el coach pidió
bola muerta, el chico aprovechó para hacerse de la bola que el viejo le diera y
la brotó entre sus manos, sólo eso, y regresó al encuentro con el semblante
iluminado.
Había un bateador corredor en cada base,
él se encontraba en home, lanzó la bola a las gradas con un gran estruendo de
su bate, luego primera, segunda, tercera y nuevamente a home, cuatro entradas,
ganaron por tres carreras al oponente.
John deliraba, se veía entre el fuego de su
auto volcado, llamas le recorrían el cuerpo y su garganta, su sangre; putas
mutiladas yacían a su costado y le tendían su mano y le ofrecían su boca
ensangrentada, gargantas estridentes de las gradas le gritaban ¡John! ¡John!
¡John!..., Cientos de ojos le impregnaban por la piel, y caía, caía en ellos
como en infinitos abismos rojos.
El chico buscó entre los coach al viejo,
pero no estaba, cuando regresó al apartamento lo encontró boca arriba con los
ojos desorbitados, y perdidos en su último Hit a la vida.