Dirigió el auto hacia el sur de la ciudad. Llegó al Santa Pop. Lo identificó, el sujeto estaba bebiendo su Bobby Burns, y le pegó un tiro en la cabeza. Entre la conmoción generalizada salió del antro como entró y se borró sin más. Un punto ciego de las cámaras de seguridad, el espectáculo de luces y el tumulto de esa noche cubrieron su crimen, arrojo y arrogancia; su ser violento y su familiaridad con la muerte.
_Me gusta demasiado, dile por cortesía que invito lo que quiera beber, que quiero conocerlo. Que lo que suceda después de media noche es asunto suyo. Se lo dices así, qué por lo del hotel no soy exigente. ¿Entendiste?... Sabes mi debilidad y no me importa si se entera o no El Camaro. Me-lo-ti-ro y- punto...
_A mí, si-me-im-por-ta-chiquita..., pues si El Camaro descubre que le sirvo de plato a su nalguita, ni de chiste que le vuelvas a ver la jeta a este puto.
La Nena se los tiraba con mucha facilidad, siempre y cuando le agradaran los tipejos, se los cogía con la misma frecuencia con que se polveaba la nariz de diva o con la misma ansiedad con que encendía sus cigarrillos de sabores, con la misma delicadeza con que bañaba su cuerpo de diosa. Los degustaba con la desesperación con que apuraba sus Margaritas o Palomas o sus París de noche o sus vodkas con jugo de piña: tragos sedientos y continuos.
De niña y adolescente siempre consiguió le cumplieran caprichos, en especial los hombres. El Manotas llegó al Santa sin importar si el tipo que buscaba estaba o no con la Nena. Lo vio y le pegó el tiro a quema ropa. Le voló la capa de los sesos embarrando gente con ellos a su alrededor e incluso llenándose de porquería el traje sastre recién hecho a medida, color gris plata con su corbata oscura. Sin importar sí la Nena hablaba o no con aquél y si también se embarraba de mierda; ese no era y sí su problema – llegó y lo mato sin más. Y sí, si estaba ahí la puta, muy drogada y ebria –con el vestido claro y casi transparente, que le gustaba tanto a él; untado al cuerpo y de escote exuberante, lleno para entonces de sesos y de la sangre del amante víctima; quien, después de la detonación yacía a sus pies inerte- y no cantaría, claro qué no cantaría; si rajaba sería también su condena, o al menos así lo creía El Manotas, que Camaro, después de todo, estaba celoso de su puta malagradecida, por lo que ordenó la muerte del niño bien con un plomazo en la cabeza: <<si lo ves, le pegas un tiro.
Había bebido demasiado tequila y aspirado muchas líneas esa noche. En el departamento de él se habían despojado de sus ropas como si estuvieran estas llenas de hormigas o de alimañas venenosas. La rajada de la Nena era una fuente inagotable de delicias y fluidos, y su boca no escatimaba en lamérselo –así como lamía la sal escarchada en su copa se lo lamió- incluso el culo y los huevos de éste: él correspondió con su lengua en el mismo tono por imitación, delirio o gusto.
Lo de la Nena con el hijo de papi -o puta- y sus visitas continuas al Santa Pop, se habían vuelto un hábito patológico, otro vicio o juego de ésta, lo que terminó por desquiciar el ego y celos del Camaro, sus sentimientos y pasiones imprevistas y violentas.
El Manotas había filmado esta y otras infidelidades de ella y antes de darle los vídeos al Camaro los veía él en la soledad de su vida y oscuridad de su apartamento, ya ebrio en químicos y mucho whisky; ahíto en deseos encontrados e imágenes de aquella rondándole como fantasma por su cabeza rizada y su cuerpo intoxicado de resentimiento y droga; por su miembro erguido, y frotado sin empacho por su diestra sobre la tela del pantalón sastre ajustado, mientras bebía lunático por la puta de sus desvelos; la que nunca le dirigió, si no era necesario, ni siquiera la mirada, ni palabra alguna.
El Camaro después de ver el último vídeo y de saber cumplida su orden, bebió directamente del cuello de una botella de Coñac Louis XIII; luego, respiro hondo y frunció el ceño deformándose la expresión habitual de su cara; y acto seguido, se limpió el grueso bigote con la manga de su camisa. Miró fijamente y sin parpadear a los ojos del Manotas y le dijo: <<si la ves, la matas.
La Nena aquella mañana se montó en un pantalón pintado a su cadera y una playera que dejaba al descubierto su ombligo. El día era soleado, así que se ajustó además unos lentes oscuros. Comió en Coyoacán y luego hizo unas compras en Liverpool Polanco. Pasó la noche bebiendo vodka en el Citizen y, por último, cogió y durmió con un tipo en un Holiday Inn.
El Manotas estuvo rondando por tres días a la Nena sin decidirse a la acción, fue un testigo herido por los excesos de ella; en especial, sus encuentros y encueros con al menos una decena de hombres, y sin importarle a ésta en absoluto –y al parecer- lo sucedido recientemente en el Santa. Finalmente, el Manotas se le plantó en frente a la puta indiferente, y ofuscado el rostro por el odio y la droga le vació toda la carga de su arma: <<¡puta, mil veces putaaa...! –gritó con fuerza.
El Camaro se enteró por propia boca del Manotas que su orden se había cumplido, y sintió un cierto alivio teñido por un dejo de pena y abandono; pero, cuando otras voces detallaron la saña con que fue ultimada su Nena; entonces, emitió la nueva orden a otro de sus gatos: <<si lo ves, le pegas un tiro.
(CDMX Ángeles o demonios, 2017)
AUTOR imagen, Erick Gabriel Núñez Rangel