El otro Adán
Bajo los árboles tupidos de misterio, anhelo y deseo, Adán intentaba comerla sin prisa y no dejar para luego lo que pudiera comer hoy, al pie de ese viejo árbol silencioso, sabio y muy verde, comía.
Ella rodeaba a puntitas el tronco para no romper el encanto, dando pequeños saltos y sonriendo, riendo esquiva y seduciendo a su paso todo con sus labios entreabiertos al viento fresco.
Él trataba de rodear a su vez el talle al natural, a toda ella en su esplendor muy florido en perfumes, su piel, su panal en miel.
Ella insistía en su juego, su correr, columpiase con sus manos suaves sobre aquel tronco firme.
El viento estaba tibio. La esfinge y sus redondeces hechas frutas: melocotones duros y dulces.
La diva y sus pies, sus hombros breves, sus rodillas y nariz de fino acabado. La diosa y sus juegos y jugos deliciosos que se le escabullían a Adán, a su boca y a su tacto de escultor nato, de pintor de óleos coloridos y recargados en color rojo.
Ella y sus rodeos, sus deseos de furor caliente. Ella y sus pasiones risueñas de agua dulce y salada. Ella y sus cauces serenos, sinuosos y vacilantes: su río caudaloso, su mar en furia.
Ella, su sedante y brillante estrella, la que ciega el deseo.
Ese pequeño montículo de luz y vida. Y sus ojos, sus ojos que hablaban sin palabras, su signo de luz, sombra y promesas muchas.
El aire estaba caliente. El árbol verde verde; verde y demasiado sabihondo y firme, les ofrecía su fruto verde verde verde.
Ella en su danza de fuego y vino transpiraba cielos y estrellas fugaces; el beso embriagador de las altivas copas.
El día, el atardecer y la noche nacieron de su piel como días de calendario. Adán desprendería de éste y sin prisa, cada hoja de su grata vida; de sus días plateados, naranjas, y de uvas.
Eva dejó de ser ama, doncella y virgen del jardín del Edén sobre ese tronco que rodeó y le abarcó feliz en el juego perenne de la vida. Comieron entonces, el fruto aún verde y sin más rodeos, sin empacho alguno; danzando al ritmo de sus corazones y lenguas. Sus miradas se fundieron como sus cuerpos. Fueron siglos y siglos de entregas y ríos, hasta hoy.
Por ello o si ello, todos nosotros y todas ustedes, hemos de comer manzanas: verdes, dulces o maduras. ¡Crac!... ¡A morder el fruto se ha dicho, aunque prohibido y verde verde o maduro maduro, ha de ser siempre grato y muy dulce! ¡Crac! !Crac!
Gabriel Núñez Palencia