miércoles, 24 de noviembre de 2021

El otro Adán

El otro Adán

Bajo los árboles tupidos de misterio, anhelo y deseo, Adán intentaba comerla sin prisa y no dejar para luego lo que pudiera comer hoy,  al pie  de ese viejo árbol silencioso, sabio y muy verde, comía.
 Ella rodeaba a puntitas el tronco para no romper el encanto, dando pequeños saltos  y sonriendo, riendo esquiva y seduciendo a su paso todo con sus labios entreabiertos al viento fresco. 
 Él trataba de rodear a su vez el talle al natural, a toda ella en su esplendor muy florido en perfumes, su  piel, su panal en  miel.
Ella insistía en su juego, su correr, columpiase con sus manos suaves sobre aquel tronco firme. 
El viento estaba tibio. La esfinge y sus redondeces hechas frutas: melocotones duros  y dulces. 
La diva y sus pies, sus hombros breves, sus rodillas y nariz de fino acabado. La diosa y sus juegos y jugos deliciosos que se le escabullían a Adán,  a su boca y a su tacto de escultor nato, de pintor de óleos coloridos y recargados en color rojo.

Ella y sus rodeos, sus deseos de furor caliente.  Ella y sus pasiones risueñas de agua dulce y salada. Ella y sus cauces serenos, sinuosos y vacilantes: su río caudaloso, su mar en furia.
 Ella, su sedante y brillante estrella, la que ciega el deseo. 
Ese pequeño montículo de luz y vida. Y sus ojos, sus ojos que hablaban  sin palabras, su signo de luz, sombra  y promesas muchas.
El aire estaba caliente. El árbol verde verde; verde y demasiado sabihondo y firme, les ofrecía su fruto verde verde verde. 
Ella en su danza de fuego y vino transpiraba cielos y estrellas fugaces; el beso embriagador de las altivas copas.   
El día, el atardecer  y la noche nacieron de su piel como días de calendario. Adán desprendería de éste y sin prisa, cada hoja de su grata vida; de sus días plateados, naranjas, y de uvas.
Eva dejó de ser ama, doncella y virgen del jardín del Edén sobre ese tronco que rodeó y le abarcó feliz en el juego perenne de la vida. Comieron entonces, el fruto aún verde y sin más rodeos, sin empacho alguno; danzando al ritmo de sus corazones y lenguas. Sus miradas se fundieron como sus cuerpos. Fueron siglos y siglos de entregas y ríos,  hasta hoy.
Por ello o si ello, todos nosotros  y todas ustedes, hemos de comer  manzanas: verdes, dulces o maduras. ¡Crac!... ¡A morder el fruto se ha dicho, aunque prohibido y verde verde  o maduro maduro, ha de ser siempre grato y muy dulce! ¡Crac! !Crac!

Gabriel Núñez Palencia 
Septiembre, 2015

miércoles, 3 de noviembre de 2021

El ronroneo


Toda la tarde estuviste insistente ronroneando en su oído suave, pero ella seguía estudiado para su examen, ensimismada en su libreta y descifrando sus notas que no entendías, y muy parecidas a tus patas flacas, tu condición no te permitía ser más que un diminuto ser al que en definitiva ella nunca haría caso, te seguiría ahuyentando con la palma de esa mano tan blanca como su cuello, como sus piernas, hombros y espalda. 
 Ese día no hubo más remedio que volar por otros sitios, pero siempre muy cerca, acechando, acechándola con celo. No había remedio. Te quedaste muy quieto adormilado, como tratando de asimilar tu condición, tu existencia y tu insistencia, tu terquedad de robarle un beso. Fue ese siseo tuyo que tanto le molestó, pues no la dejaste estudiar con tu insistencia, y ella estuvo a punto de acabar contigo esa tarde, cuando de forma muy digna emprendiste una retirada oportuna.
  Clara no estaría dispuesta o al menos de manera voluntaria, a tu alcance, aunque ya hubieras decidido tú ser el verdugo que buscaría saciar un deseo incontenible. Así era con todas y siempre en el primer encuentro querías saciarte con ellas, que nunca estuvieron de acuerdo con tu insistente e impertinente vuelo fugas. Sí, porque en cuanto ellas te rechazaban te retirabas de manera muy inteligente. Algunas veces se descuidaban y vacilabas con sus hombros, sus espaldas, pero cuando te acercabas a sus piernas, sus manos te ponían un rotundo alto (un estate quieto), y no estabas dispuesto a renunciar a tu naturaleza aunque en ello te fuera la vida, y eso Clara y las otras chicas de tus atrevimientos lo tuvieron claro, y tú nunca lo aceptarías. Al menos el murmullo de tu presencia fue siempre muy molesto para ellas, y no lo entendiste a tiempo.
  Siempre entraste como un ladrón por la ventana que Clara te dejó abierta, eran sus descuidos que parecía no importarte, o lo hacía con toda la intención de provocar, de provocarte. Un día te cerró la ventana en las narices, y ahí estuviste muy digno esperando a que te dejara entrar al menos un momento, querías cantarle tu canción al oído, algo que no sólo  le molestaba a ella, ninguna de tus chicas gustaba de tu música monótona y estridente, molesta.
 Una noche Clara lloraba y dejó toda la  noche encendida la luz de su alcoba y no tuviste oportunidad de acercarte ( de decirle ni hola al oído), te vería y te ahuyentaría sin remedio. Así que esa noche decidiste dormir oculto por algún sitio en que no te viera, pero otra más viva que Clara te atrapó ahora sí, en su enredijo de telaraña y fuiste su cena, ahora Clara no tiene que preocuparse por tu presencia e insistencia, por el siseo, el zumbido tan molesto de los insectos como tú, quizá en sus descuidos deje abierta su ventana y otro terco como tú o más que tú, tenga que irse con su música a otra parte, a otro oído. 


Ángeles o Demonios, 2019
Antología de cuentos